Opinión

  • | 1999/03/26 00:00

    Romper el ciclo de la pobreza

    La educación dirigida a padres y madres es una pieza crítica para reducir la pobreza.

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Uno de los temas centrales de la reciente reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en París fue el de cómo romper el círculo de la pobreza en América Latina. Entre los principales conferencistas estuvieron el Premio Nobel de Economía Amartya Sen, la anterior vicepresidenta del BID Nancy Birsall y Mayra Buvinic de la División de Estudios Sociales del BID. Un estudio estadístico sobre el tema realizado por el BID en 16 países de América Latina, incluido Colombia, encontró que entre las variables que más ayudan a que los hijos de familias pobres no sigan siendo pobres en su edad adulta son la educación de la madre y la atención preescolar de los niños. La educación de la madre es fundamental porque una mujer con mayor educación tiene menos hijos y, por tanto, puede dedicar más cuidado y recursos a cada uno de ellos y porque una mujer más educada se dedica más a la educación de sus hijos y es más eficiente en ayudarlos con sus estudios.



Los programas de atención a preescolares, dirigidos a niños entre 0 y 5 años de edad, tienen una gran cantidad de beneficios. Estos programas -que si están bien diseñados e implementados- combinan atención integral de educación, salud y nutrición, y desarrollo afectivo y psicomotor de los niños, lo cual es crítico para el desarrollo de la capacidad de aprendizaje en la escuela primaria y secundaria y en la edad adulta. Estos programas también benefician a las madres de los niños, por cuanto éstas pueden dedicar más tiempo a mejorar sus ingresos y a asistir a programas de capacitación, y a los hermanos mayores que muchas veces dejan de asistir a la escuela porque deben cuidar a sus hermanos menores. Por último, estos programas benefician a toda la sociedad por menor delincuencia juvenil, mayores ingresos de estos niños cuando son adultos, y mayor estabilidad familiar.



Tanto los programas de educación de las mujeres y hombres como los programas de atención preescolar son, sin embargo, muy vulnerables a las crisis económicas. La asistencia escolar de los niños y niñas de mayor edad se reduce porque los padres los sacan de la escuela para trabajar y ayudar a sostener la familia. Los programas públicos de atención preescolar sufren por las restricciones presupuestales que llevan al deterioro de la calidad y la alimentación proporcionada. Los programas privados sufren porque los padres no tienen el dinero para enviar a sus hijos a estos centros.



En Colombia tenemos el problema de los bajísimos niveles de educación de nuestra población. Al igual que en otros países de América Latina, el problema no es tanto la falta de cupos sino principalmente la altísima deserción escolar, resultado de factores como la baja calidad de la educación, sus altos costos directos y la necesidad de las familias de sobrevivir en muchos casos con el trabajo de los niños.



La pregunta importante ahora es si estamos preparados para proteger estos programas y grupos críticos de la población frente a la actual crisis económica y al fuerte aumento del desempleo que se avecina y que llevará a muchas familias pobres a enviar a sus niños al mercado de trabajo.
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