Opinión

  • | 1997/11/01 00:00

    Riesgo cambiario colombiano

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La crisis cambiaria asiática, que ya ha arrastrado a Tailandia, Indonesia, Malasia, Filipinas y Singapur, ha puesto muy nerviosos a los inversionistas internacionales que hoy están tratando de adivinar dónde saltará la próxima liebre. Desde junio los países mencionados, todos de baja inflación, han visto caer sus monedas frente al dólar entre 8% y 47%. Su inesperada competitividad cambiaria, combinada con tendencias recesivas que tratarán de compensar exportando como nunca, representa una amenaza para los tigres y los dragones que todavía no han caído y para el resto de los países en desarrollo.



Al cierre de esta edición Hong Kong ya estaba enfrentando un ataque especulativo que le implicará, en el mejor de los casos, la necesidad de elevar sus tasas de interés -con el riesgo de una recesión- para defender su moneda. Y aunque hasta ahora nadie ha mencionado a China, no debe sentirse muy cómoda con la renovada competitividad cambiaria de sus vecinos. ¿Se imaginan lo que ocurriría si China decidiera devaluar el yuan? Su tradicional pragmatismo no permite descartarlo: en 1994 lo hizo en más de 45% y desde entonces ha sufrido una revaluación real no inferior a la de los tigres, antes de su crisis.



Mientras en Colombia, con el parroquialismo usual, la mayoría de los analistas sigue recitando que no hay ninguna razón para considerar que el nivel de equilibrio del tipo de cambio real haya aumentado y que a menos que se logre un superávit fiscal la reciente alza del dólar será un fenómeno pasajero, un observador tan agudo como la revista The Economist parece haber concluido que la crisis asiática hace aconsejable no dar demasiadas cosas por sentadas. En su edición del 18 de octubre publica un artículo sobre los riesgos cambiarios de varios de los países de Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, con el sugestivo título "Algo horrible allá afuera".



La revista, que durante su historia ha desarrollado varios indicadores económicos simples y sugestivos como el de la paridad cambiaria de la hamburguesa, presenta en este caso una metodología para lograr una primera idea cruda del riesgo cambiario, que tiene la virtud de emular la simplicidad de los análisis de quienes de verdad mueven el mercado.



En esencia The Economist propone 6 criterios para formarse una idea del riesgo cambiario: déficit en la cuenta corriente como porcentaje del PIB, el mismo anterior neto de la inversión extranjera directa, el monto de las reservas internacionales en meses de importaciones, la revaluación real sufrida por el país en los últimos tres años, el ritmo de expansión monetaria y el déficit fiscal como porcentaje del PIB. El país recibe un puntaje en cada una de esas variables, en orden creciente de riesgo, y la calificación final es la suma de las 6 calificaciones.



La selección de los indicadores propuesta por The Economist es intuitivamente plausible, pero respecto al déficit fiscal se requiere una aclaración en vista de la sabiduría convencional colombiana que considera que el déficit fiscal es la principal causa de la revaluación. En contraste con esa posición, The Economist usa el criterio más tradicional de la profesión, esto es, da por supuesto que un mayor déficit fiscal aumenta el riesgo de devaluación porque contribuye a ampliar el déficit corriente de la balanza de pagos y porque implica presión para la emisión monetaria.



Mi impresión es que para el mercado cambiario la importancia de la situación fiscal es menor que la que se le suele atribuir, para un lado o para el otro. Tailandia, el país donde se inició este año la crisis asiática y cuya moneda ha caído casi 30% desde junio, había registrado en 1996 un superávit fiscal de 2,3% del PIB. En Colombia, donde el indicador fiscal era casi idéntico al de Tailandia, pero de signo contrario, también acabamos de tener una importante sorpresa cambiaria.



Siguiendo la idea de The Economist, pero modificando los criterios de calificación para hacerlos un poco más severos y más parecidos a los que suelen aplicarse a los países latinoamericanos, he efectuado para los principales países de América Latina y para uno de los tigres asiáticos caídos el ejercicio que consignó en el cuadro, con calificaciones para cada criterio de 0 a 5. Por falta de información, he descartado el criterio de déficit corriente neto de inversión extranjera directa de manera que conservó sólo 5 criterios y la calificación de máximo riesgo sería 25.



El país latinoamericano de menor riesgo es México, que hace ya casi tres años se tomó la medicina. Los indicadores de Argentina también inspiran mucha tranquilidad, con la obvia reserva de que todo el mundo sabe que una devaluación de Brasil, el país de mayor riesgo regional, acabaría arrastrándola. Incluso Venezuela luce bastante sólida, a pesar de que muchos analistas de ese país se obstinan en predecir una maxidevaluación antes de 18 meses.



La calificación de Colombia no es mala en la escala de 0 a 25, pero después de Brasil es la menos favorable de la región, incluso después de la devaluación de agosto y septiembre que corrigió más de la mitad de la sobrevaluación real del peso acumulada en los últimos tres años. En realidad, la calificación colombiana es muy similar a la que habría obtenido Tailandia antes de su crisis.



No descartó que Colombia vuelva a sufrir una nueva revaluación nominal del peso, sobre todo si el precio internacional del café no se sigue descolgando, si tenemos suerte con el próximo cambio presidencial y si el mercado no anticipa un costo demasiado alto de la nueva Constituyente ofrecida a la guerrilla. Pero, después de haber analizado el dramático remezón asiático en países con indicadores cambiarios mucho mejores que los de Colombia, me parece exagerado afirmar que la reciente alza del tipo de cambio real será temporal y que mientras no se corrija el déficit fiscal el peso está condenado a una revaluación perpetua.
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