Responsabilidades de un buen jefe

| 6/8/2001 12:00:00 AM

Responsabilidades de un buen jefe

La principal: comprometerse con la formación de su gente.

por Connie Cárdenas de Santamaría

Tener un buen jefe marca para toda la vida. Pero es una experiencia escasa. Para el buen jefe ­hombre o mujer­, el trabajo es un medio para la realización de la persona y no a la inversa: la persona un medio para la realización del trabajo. Es quien vela para que sus colaboradores se formen personal y profesionalmente con su trabajo. Exige con rigor, pero respeta la libertad y la autonomía. Distingue entre errores por irresponsabilidad y fallas por equivocación, y responde con exigencia ética en el primer caso y exigencia de conocimiento en el segundo. Sabe que su responsabilidad de comprensión humana requiere más tiempo y energía que todas las demás funciones juntas. Comprender para exigir es más importante que exigir para producir.



Todas esas condiciones humanas están en el terreno de la sensibilidad, no de los conocimientos. No son una técnica ni se aprenden en los libros. Requieren vulnerabilizarse y comprometerse; tener paciencia y persistencia en esfuerzos personales intangibles e invisibles para los demás y cuyos resultados no son evidentes en el corto plazo ni se reflejan directamente en los "indicadores de gestión".



Pero, y lo digo por observación directa, a los jefes se los selecciona habitualmente por sus conocimientos, avalados en títulos, y por su capacidad de mostrar resultados tangibles. Sin dejar de ver la importancia crítica de esta dimensión, al ser la principal para evaluar la gestión del jefe, se deja de lado la de formar a la gente.



Según mi experiencia laboral, hay dos tipos de jefes: aquellos que se consagran completamente a obtener unos determinados resultados y sacar adelante una tarea ­con o sin la gente que los acompaña­ y aquellos que resuelven aprovechar los beneficios del cargo, sin mayor desgaste y con toda la parafernalia: varias secretarias, asistentes y más asistentes, chofer, mensajeros, celulares, viajes, almuerzos, comidas, cocteles (chicles, charms, colombinas).



Unos y otros, por diferentes motivos, le terminan haciendo el quite a su responsabilidad como formadores. ¿Por qué será?



Joan Shapiro, en su libro Hombres, muestra cómo a los hombres los entrenan para suprimir los sentimientos y habilitarse para la lucha, para la guerra, para ser un "buen soldado". Esto se refleja en el trabajo: priman la autoridad jerárquica vertical, las técnicas de control y las medidas 'objetivas' de resultados, que corresponderían a lo masculino, a expensas de relaciones dialógicas, en las cuales las emociones son legítimas y el apoyo mutuo es más importante que la competencia, lo cual correspondería más a lo femenino.



Pero unos y otras se han vuelto soldados. El ideal: que cualquier jefe, hombre o mujer, armonice en el ejercicio de sus funciones esa polaridad. Ideal difícil de alcanzar no solo por el esfuerzo personal, sino por las consecuencias: a los hombres que lo hacen los tachan de "blandengues" y a las mujeres de no estar "a la altura".



¡En el proceso perdemos todos! Porque no podemos ignorar que los adultos pasamos la mayor parte de la vida trabajando en organizaciones. Allí se imprimen valores. Y quienes tienen la responsabilidad de hacerlo son los jefes, hombres y mujeres dispuestos a involucrarse en las relaciones que exige el compromiso con la formación, asumiendo el costo de que esto se considere femenino.
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