Opinión

  • | 2005/06/24 00:00

    Rentas de la tierra y TLC

    El previsible desplome de las rentas de la tierra, bajo el TLC, solo debería tener efectos distributivos, pero podría llevar a un colapso si falta una estrategia para el ajuste.

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Leo en El Tiempo del 20 de junio que mañana los arroceros del país "sacarán sus tractores, combinadas y zorros (sic) para marchar, junto con sus operarios y trabajadores, hacia Bogotá para protestar por la autorización del gobierno para importar 75.000 toneladas de arroz", 3% de la producción nacional. También leo que, como hay quienes insisten en importar el grano aun con un arancel de 80%, el gobierno les exigirá demostrar el origen lícito de sus recursos.

No tiene gracia adivinar el desenlace pues ya hemos visto esa película: hasta ahí llegaron las importaciones. Pero me pregunto qué ocurriría si, en lugar de provenir el arroz de países asiáticos, proviniera de Estados Unidos, bajo el TLC. En ese caso qué "arancel de franjas" ni qué pruebas discriminatorias del origen de los fondos, ni qué ocho cuartos. Colombia tendría que permitir las importaciones porque, en caso contrario, las represalias serían mortales. Pero debemos ir más allá y preguntarnos qué pasaría si el país tuviese que aceptar que se importe ya no 3% de la producción local, y con un recargo arancelario estrambótico, sino todo lo que desee el mercado, y a precios internacionales. Puede que bajo el TLC tardemos años en llegar a eso, pero llegaremos.

Rudolf Hommes ofreció parte de la respuesta cuando, hace unas semanas, escribió sobre las rentas excesivas de la tierra en Colombia. Los economistas hablamos de "rentas" para referirnos a los pagos a un factor de oferta rígida, como la tierra. Un aumento de la demanda de la tierra no induce ningún aumento de la oferta, solo eleva su precio. Los precios de la tierra en Colombia, que según Hommes exceden los de las mejores tierras agrícolas de Estados Unidos, son el resultado de la protección agrícola. Si en el futuro las importaciones de alimentos hacen caer los precios y tornan imposible pagar las actuales rentas los propietarios, que no pueden llevarse su tierra al exterior, tendrán que aceptar menores rentas. Y una vez caigan las rentas de la tierra algunas producciones agrícolas, que hoy no son viables por lo mucho que hay que pagarles a los terratenientes, se tornarán atractivas. En suma, tendríamos un efecto distributivo que no suena mal (menores rentas para los terratenientes y alimentos más baratos para el grueso de la población) sin que en el balance final haya menos producción ni menos recursos empleados.

Suena bien, pero como no se trata de un problema académico, cuya solución podamos condicionar a supuestos arbitrarios, hay que hacer precisiones. El mercado es un instrumento potentísimo -quizás el único que funciona en países en estadios de desarrollo como el de Colombia- pero no opera en forma instantánea ni indolora. Para que las rentas de la tierra caigan se requiere que los terratenientes constaten que la tierra no les será demandada a los antiguos precios -lo que implica que, primero, la producción se contraiga- y, además, que ello sea reconocido como un hecho irreversible, no como un accidente pasajero. En Colombia, con una tradición secular de usar la tierra como depósito de valor, y con una pésima distribución de la propiedad agraria, que hace que los propietarios de las mejores tierras puedan darse el lujo de esperar sentados, eso puede llevar muchos años.

¿Cuál es, entonces, la solución? ¿Dejar las cosas como están, esto es, bloquear el componente agrícola del TLC, bajo la presión de los terratenientes, a menos que se pacten condiciones que les permitan mantener sus rentas per secula seculorum? ¿Embarcarnos en interminables ejercicios de "agenda interna" como si operásemos bajo un sistema planificado y como si los grandes conflictos económicos pudieran resolverse por consenso? ¿O firmar el TLC, incluyendo una significativa reducción de la protección a la agricultura, en un heroico y estúpido salto al vacío, corriendo el riesgo de que los nuevos desplazados del campo, que no puedan emplearse en la producción de coca, inunden las ciudades y le den a la subversión la segunda oportunidad que estaba buscando?

Me parece que estamos ante un problema de desarrollo económico de un orden similar al que en su momento el profesor Currie intentó resolver conceptualmente en la famosa Operación Colombia, de hace más de cuatro décadas, y luego, en términos más modestos y adecuados al calibre de la política económica local, mediante el fomento de la construcción en el Plan de las Cuatro Estrategias. El común denominador de esas situaciones es la necesidad de asegurar una demanda agregada lo bastante vigorosa para permitir que los recursos que sean liberados del campo puedan ser empleados rápida y productivamente en las ciudades, para hacer viable el ajuste de la agricultura. Pero, por supuesto, en la Colombia actual, mucho más abierta al resto del mundo que la de hace tres o cuatro décadas, la posibilidad de mantener una demanda total vigorosa no es independiente del manejo cambiario. Y noto que, hasta ahora, en ese frente vamos en la dirección contraria a la que permitiría un ajuste exitoso bajo el TLC.
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