Opinión

  • | 2007/03/16 00:00

    Regresó la volatilidad

    América Latina capeó muy bien el temporal, pero pueden venir nuevos remezones.

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Sin que nadie la esperara, la volatilidad regresó de repente a los mercados financieros internacionales el 27 de febrero, a raíz de una corrección en el mercado accionario de Shangai. Igual habría podido surgir en cualquier otra parte, pero la caída de la bolsa china fue suficientemente grande para despertar las alertas de los inversionistas.

Razones para la alerta hay muchas. La más fundamental tiene qué ver con los llamados "desequilibrios globales", que resultan del enorme déficit externo de Estados Unidos, el cual absorbe los ahorros sobrantes de China, Japón, Corea y los países petroleros. Gran parte de ese financiamiento —que está cubriendo los excesos de gasto de los consumidores estadounidenses— está respaldado con propiedad raíz, cuyos precios están inflados.

De ahí que cuando se reventó la burbuja de Shangai todas las miradas se dirigieron al mercado hipotecario de Estados Unidos. Y como siempre ocurre después de un largo período de complacencia financiera, se ha descubierto mucha basura debajo del tapete. El 19% de los clientes con alto riesgo (subprime en la jerga financiera) de créditos hipotecarios está atrasado en sus pagos y los casos de incumplimiento en los clientes de bajo riesgo (prime) se han duplicado en los últimos dos años, llegando a 3%. Todo el mundo sospecha que las cifras verdaderas pueden ser mucho más grandes, porque los bancos refinancian a los deudores morosos para ganar tiempo. Esto simplemente aumenta los riesgos financieros ante una posible caída de los precios de las viviendas, una desaceleración económica o un aumento en las tasas de interés.

Como bien sabemos los colombianos, la mezcla de todas estas cosas (más la devaluación de la moneda) produjo la crisis colombiana de final de siglo.

La volatilidad no va a desaparecer próximamente. Los inversionistas seguirán escudriñando dónde han ido a parar los riesgos de deudas hipotecarias que han sido reempacadas por los bancos y vendidas a fondos de inversión, aseguradoras y fondos de cobertura de riesgos (hedge funds) que, a su vez, las han reempacado en otros papeles y productos. En este momento, nadie sabe dónde puede saltar la liebre.

Pero hay más fuentes de riesgo global. Muchos inversionistas han prestado recursos a tasas muy bajas de interés en yenes para comprar papeles de mayor rendimiento en otros mercados (el llamado carry trade). El negocio había funcionado, porque el yen se venía devaluando, pero los temores han cambiado esa tendencia: entre el 27 de febrero y el 8 de marzo, el yen tuvo una apreciación de 2,5%.

No hay ninguna duda de que la globalización financiera ha hecho un buen trabajo en dispersar los riesgos por todo el mundo. En su peor momento, las bolsas asiáticas y europeas cayeron más que la de Nueva York, pero a medida que se ha asimilando el impacto inicial, la "corrección" en todo el mundo desarrollado ha resultado ser muy semejante (del orden de 4%).

Los mercados latinoamericanos han capeado la tormenta bastante bien. Las bolsas de Brasil, Argentina y México fueron las más afectadas, pero no sustancialmente más que las de los países desarrollados. En Colombia, Chile, Perú y Venezuela ya no queda ningún rastro de la perturbación inicial (posiblemente porque están menos integradas a los mercados globales). Más notable aún: las tasas de cambio en todos los países se mantuvieron prácticamente sin fluctuación ante el remezón, gracias a que las abundantes reservas internacionales sirvieron de muro de contención contra los temores cambiarios.

El efecto sobre el costo del financiamiento externo será más duradero: los márgenes de los títulos de deuda argentina y venezolana se han quedado 30 y 20 puntos básicos más arriba, y los de Brasil, Colombia y Perú unos 15 puntos por encima de su nivel antes del 27 de febrero. Estos efectos son muy modestos, a juzgar por experiencias pasadas. Pero podrían venir nuevos remezones con efectos más sustanciales. No sobra recordar que en 1997 toda América Latina escapó ilesa de la crisis asiática, solo para hundirse poco después en la profunda recesión que desencadenó la moratoria rusa de 1998.

Nota: El autor está vinculado al BID, pero se expresa aquí a título personal.
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