Opinión

  • | 2008/08/29 00:00

    Reflexiones en vacaciones

    Al proponer el director del Partido Liberal que este debe formar parte de una 'Gran Coalición' alrededor de un solo candidato, está dando por adelantado un entierro de tercera a esa colectividad.

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Lo bueno de salir de vacaciones es que uno logra alejarse un poco de la obsesión por la noticia del día, y deja de estar pendiente de si Uribe, o Santos, o Arias, o Zuluaga, o cualquiera de los que se creen futuros presidentes dijo o no dijo tal o cual cosa.

Lo malo de salir de vacaciones es que uno pierde el ritmo de las noticias que se producen en el país y deja de seguirlas como una película y pasa a verlas solo como fotos aisladas.

Cada tema que se presenta así aparece casi siempre en función de enfoques como candidaturas o corrupción.

Pareciera, según esas interpretaciones, que en nuestra clase política no existe motivación diferente a la de aspirar a la presidencia o a beneficiarse indebidamente del poder que adquieren.

Al seguir las noticias sobre los movimientos del dólar, o sobre los cambios de precio del petróleo, o sobre las preocupaciones en torno a lo que puede suceder por la guerra entre Georgia y Rusia, o sobre lo que significa la emergencia de China como potencia económica mundial, o como el cambio ambiental deshiela los polos, se pregunta uno si nuestra prensa y nuestros potenciales dirigentes están desconectados del mundo al estar pensando únicamente en 'roscogramas' y en jugadas estratégicas para entrar en la carrera presidencial.

En este aspecto, con sus últimas declaraciones, la jugada de Cesar Gaviria parece buscar imponer un récord. Pensaría uno que, después de haber ejercido la Presidencia de la República, después de ser la cabeza del organismo interamericano (OEA) durante varios años, y que al estar actuando hoy como cabeza de un partido (y del que más peso ha tenido en la historia de Colombia) tendría una perspectiva algo más amplia que la de las decenas de candidatos que cada día aparecen y desaparecen del panorama nacional.

En el momento en el que más orientaciones necesita la política colombiana -ya sea en lo económico, o en cuanto a la reestructuración de nuestras instituciones, o en propuestas de recomposición de las relaciones sociales-, lo que parece trasnochar al director del Partido Liberal es la jugada electoral del momento. Como si no existieran estatutos, reglas de juego para manejar los temas de las candidaturas y leyes que obligan a las colectividades y dentro de las colectividades a sus representantes, el Dr. Gaviria plantea que se deben dejar de lado todas esas normas y buscar una táctica para oponerse a la reelección de Uribe, sin decir por qué o para qué.

Tal vez sea errado suponer que el objetivo que busca es su propia candidatura. Pero, si no es esta la explicación, sería aún más desconcertante la iniciativa. Se entendería que por diferencias ideológicas o programáticas se buscara una alternativa a lo que han sido las posiciones del Gobierno actual. Pero no es lógico decir que se consideran exitosas y que hasta cierto punto se deben respaldar, y al mismo tiempo proclamar que es necesario unirse para consolidar una oposición a ellas.

Sin embargo, lo grave de esta 'jugada' no es la contradicción que implica, ni las intenciones que pueden estar detrás: es el costo que significa para la institucionalidad del país el desconocimiento de la institucionalidad de los partidos. Y más cuando paradójicamente es a esto que ha jugado el mandatario al cual se pretende enfrentar.

Al proponer el director del Partido Liberal que este debe formar parte de una 'Gran Coalición' alrededor de un solo candidato porque ningún partido puede alcanzar el apoyo de las mayorías, está dando por adelantado un entierro de tercera a esa colectividad, y en una forma más inmediata a los precandidatos que están trabajando por la candidatura dentro del Partido.

Tal propuesta desconoce además el principio estatutario -y hoy legal- de que los candidatos del Partido deben ser elegidos mediante consulta interna ¿bajo qué reglas y dentro de qué proceso se escogería el candidato que satisfaría los requerimientos que considera el Dr. Gaviria necesarios para competir con quien reciba el aval del presidente Uribe? ¿si no es alrededor de la confrontación de propuestas y programas, alrededor de qué se unirían los opositores de Uribe? ¿Para qué buscar candidatos alternos si no se determina qué se pretende cambiar?

Con esta movida consolida o refuerza la triste realidad de un país en el cual los problemas internos de una sociedad mal organizada o de un Estado no consolidado o de una política exterior caótica, no cuentan ni son estudiados y debatidos para tomar decisiones al respecto, sino todo gira alrededor de quien está con o contra un dirigente, una nación que se divide, según pareciera hoy, solo entre uribistas y antiuribistas.

Es cierto que en su momento el Dr. Gaviria fue baluarte del pensamiento liberal, como cuando denunció a nombre del Partido el peligro del nacimiento y el crecimiento del paramilitarismo; pero también es cierto que, en su nueva calidad, ha tratado como trapos y harapos sus normas. Nadie le discute su derecho a buscar posibles candidaturas ni a proponer nuevas orientaciones para la colectividad que ha dirigido. Pero, a lo que no tiene derecho -ni ético ni estatutario- es a asumir una función de sepulturero sin haber recibido el mandato para ello.

Bien puede defender la posibilidad de que el Partido cambie de naturaleza, si considera -como ha dicho- que el liberalismo debe tomar una línea política de centro, que se debe acabar con los candidatos propios y la consulta interna para elegir a sus voceros, que debe apoyar el Tratado de Libre Comercio, que le conviene abandonar la afiliación a la socialdemocracia en el escenario internacional, que Colombia tiene más que ganar como socio de una potencia imperial que buscando el multilateralismo en las relaciones exteriores y que debe ser un baluarte del neoliberalismo. Pero no cuando ha sido elegido para representar e implementar las actuales directrices ideológicas y programáticas contrarias a ello.

El camino apropiado es poner el tema en discusión para que el órgano competente decida al respecto. Y, siendo el Congreso del Partido su máxima autoridad, el escenario debería ser un Congreso Extraordinario al que el Director único sí podría citar dentro de sus deberes y facultades.

Lo que está de por medio -y eso tenemos que lograr entenderlo- no es la persona misma sino la institución que representa. Si la motivación es una aspiración personal o no, es irrelevante, y no debería ser siquiera parte de las consideraciones en esta suerte de análisis. El caso no es si Gaviria debe ser director o candidato de una colectividad sino de cuáles deben ser las características de esa colectividad. Es lo mismo que sucede con el país: el punto no es si Uribe debe o no seguir de Primer Mandatario, sino de cuáles son las orientaciones que debe tener el Estado Colombiano y bajo cuáles reglas del juego se deben desarrollar los debates al respecto.

La disyuntiva es clara y es recurrente: debemos ser gobernados por personas o por instituciones; para el Partido Liberal ha sido bandera tradicional lo segundo. Lo menos que se puede esperar de su actual Director es que respete eso. Pero lo menos que se puede esperar de sus miembros es que se lo exijan...

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