Opinión

  • | 2004/06/25 00:00

    Reflexiones para una mirada diferente

    La reducción de cultivos ilícitos en Resguardos Indígenas y Parques Nacionales es significativa, pues allí no se ha fumigado y se han desarrollado programas sociales.

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"Reducción histórica de narcocultivos", tituló El Tiempo en su primera página haciendo referencia al informe presentado en Washington por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, el pasado 17 de junio sobre la región andina. En cuanto a las cifras que se presentan para Colombia todo parecería indicar que estuviéramos ganado la guerra contra el narcotráfico y que la política de fumigación con herbicidas fuera la más acertada. Sin embargo, cabe preguntarse ¿qué tan cierta es esta apreciación?

El informe destaca que los cultivos de coca se redujeron en 16% en 2003 y en 47% en los últimos tres años. Cifras sin duda llamativas cuando se trata de uno de los mayores flagelos de nuestra sociedad.

Los cultivos ilícitos no solo han venido destruyendo los valiosos ecosistemas del país, afectando nuestra biodiversidad, sino que han sido la fuente de corrupción en diferentes estamentos de la sociedad y han financiado a los grupos armados -guerrillas y paramilitares- que se disputan violentamente el control del territorio y el procesamiento de la coca, como lo hemos visto en la reciente masacre de campesinos raspachines en La Gabarra, una más de las tantas que confirman que la construcción de la paz en Colombia pasa por la erradicación del narcotráfico.

El informe -basado en un cuidadoso análisis de imágenes satelitales- aborda de manera detallada las dinámicas y tendencias de los últimos cinco años y está acompañado por magníficos mapas a color que ilustran las áreas de cultivo, sus densidades, la presencia de grupos armados en áreas de cultivo, las áreas fumigadas, etc.

Las cifras muestran cómo en 2002 había 102.100 hectáreas de coca y en 2003 tan solo 86.300, lo que da una reducción efectiva de 15.800 hectáreas. Pero, sin duda, la cifra que más impresiona es la que indica que para lograr este resultado fue necesario fumigar con glifosato 132.000 hectáreas.

Hoy los cultivos ilícitos están dispersos por todo el país. Son 23 los departamentos afectados y en Nariño, donde se concentra la mayoría, se fumigaron en 2003 36.000 hectáreas, pero hubo un aumento del 17% en el área cultivada.

Con una reducción significativa del tamaño de los cultivos -el 93% es menor a tres hectáreas y están dispersos en medio de las selvas-, los cultivadores han cambiado de estrategia buscando protegerse de las fumigaciones. Los grandes cultivos y su concentración en ciertas regiones son cuestión del pasado. Es tal la movilidad de los narcocultivos que al comparar las zonas cultivadas en 2001 con las de 2003, estas solo coinciden en 2,6%.

De gran interés y significación es la reducción de cultivos que se ha presentado en áreas de Resguardos Indígenas y Parques Nacionales, donde en 2001 había 11.800 y 6.000 hectáreas y en 2003 tan solo 4.000 y 3.800, respectivamente. Son regiones donde no se ha fumigado y se han desarrollado programas sociales y económicos con las comunidades. Un buen indicador de lo que podría lograrse con esta aproximación.

Colombia es el único país donde se emplea la fumigación como método de erradicación forzosa, una imposición gringa en la que nuestro territorio, su biodiversidad y la salud de muchos colombianos son los más afectados, por no decir que nuestra soberanía también.

Otros como Tailandia han logrado la erradicación total mediante métodos alternativos que han incorporado a los cultivadores -el eslabón más débil de la cadena- en procesos económicos exitosos en tanto que han ejercido una estricta interdicción y combate al crimen organizado. Esta ha sido la mejor estrategia para acabar con el flagelo del narcotráfico en ese país.

Las cifras del informe de las Naciones Unidas hablan por sí solas y nos muestran cómo ya es hora de que los colombianos tengamos una mirada diferente, revisemos la política antidrogas y de paso exijamos reciprocidad de los países consumidores. Mientras el consumo se mantenga, será imposible acabar con la producción y somos nosotros los que continuaremos aportando los muertos.
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