Opinión

  • | 2004/05/14 00:00

    Reflexiones que genera el paramilitarismo

    El proceso de paz con los paramilitares desencadenó la crisis interna de esas organizaciones y evidenció los problemas de la concepción política y económica del gobierno.

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Bastante confusa la situación del paramilitarismo (o autodefensas) en el momento. Y no por la misteriosa desaparición de Carlos Castaño, puesto que esta es apenas la consolidación de un proceso que, aunque no bien comprendido, sí estaba a la vista.

Diversos elementos de información señalaban un conflicto interno de mayores proporciones. El más evidente, el de la guerra o guerras internas que entre diferentes facciones, se venía desarrollando en Antioquia inicialmente y después con mucha más fuerza en los Llanos Orientales. La cantidad de muertos y enfrentamientos sobrepasan largamente los que en cualquier período hayan tenido los mismos paramilitares con la guerrilla o incluso la subversión contra las fuerzas oficiales.

Pero más profundas pueden haber sido las diferencias en las cúpulas. Aparentemente, la mayor división ha sido alrededor del tratamiento que se debe dar a su vínculo con el narcotráfico, existiendo posiciones tan encontradas como la de quienes se oponían a cualquier asimilación de las dos 'actividades' en la negociación de un eventual proceso de paz, y la de quienes, por el contrario, habían encontrado que ese proceso al tiempo que cobijaba a los narcos los inmunizaba ante cualquier riesgo que ellos mismos pudieran correr, pero que además era fuente de ingresos al 'vender' como una especie de franquicia algunos de los frentes guerrilleros ya existentes.

Sin negar que pudo existir algún buen deseo detrás de lo que el gobierno llama 'proceso de paz' con ellos, lo evidente es que este factor desencadenó la crisis interna, presumiblemente porque hubo más improvisación y manejo de imagen que análisis y preparación para enfrentar un tema tan delicado.

Es sorprendente que quienes han respaldado esos grupos pensando que algún día podían ser la solución del país no hayan comprendido que inevitablemente el desarrollo de una 'defensa' o 'protección' de esa naturaleza termina siempre en que los 'protegidos' acaban siendo sometidos, y los 'protectores' confrontándose para asumir a su turno ese papel.

Valdría la pena que esto nos pusiera a reflexionar un poco y a hacer una pausa para entender más y mejor el conjunto de nuestra problemática.

Porque más sorprendente aún es la expectativa de que no es sino integrar ese paramilitarismo al Estado para lograr así la 'seguridad democrática'; es decir, legalizar esos grupos y tratar de imponer un régimen autoritario que los reemplace. Y no porque sea inconveniente que el monopolio de la fuerza esté en manos del Estado (puesto que así debe ser) y mucho menos porque esta se ejerza dentro de los marcos legales.

Lo que pasa simplemente es que la seguridad no puede depender de que exista la capacidad armada para imponerla. La tranquilidad de la ciudadanía no puede consistir en que en condiciones de guerra, las fuerzas 'amigas' u oficiales la protegerán del enemigo, sino de que no haya situación de guerra ni enemigo interno. La seguridad existe -así como la paz- no cuando depende de los fusiles sino lo contrario, cuando no depende de ellos. Decir que son seguras las carreteras porque se puede andar en caravana detrás de unas tanquetas es una contradicción en los términos; habrá seguridad cuando se pueda circular sin necesidad de esa protección.

O sea, cuando haya un cierto nivel de armonía social que permita no que unos colombianos derroten a otros, sino que todos podamos convivir bajo unas mismas 'reglas del juego'; reglas que incluyan la posibilidad de delincuencia (que existe en toda sociedad) y su consecuente control, pero que además no estén estructuradas en tal forma que la promuevan.

Hoy tenemos un modelo de Estado político y económico, que no contempla la inclusión de todos los colombianos, orientado a excluir sectores de la ciudadanía, donde no caben los ineficientes (ni los delincuentes), donde solo los 'competitivos' pueden convivir armónicamente. Pretendemos tener una sociedad basada en que el extremo de la confrontación que representa el modelo neoliberal (donde el Estado solo garantiza el libre mercado o competencia de los diferentes poderes) sea compensado por el uso de la fuerza oficial que 'blinde' ese modelo contra la oposición de quienes no se benefician de él.

Si la organización de la sociedad mediante ese instrumento que llamamos 'Estado' no tiene por función propiciar la convivencia de todos los miembros de la comunidad, sería una casualidad infinita que esta se lograra; en sentido contrario parecería lógico que si su único propósito es el llamado 'desarrollo económico' debería poder lograrlo.

En este nivel debería comenzar nuestro análisis: ¿cuáles son las causas de la guerra y en qué medida el modelo de Estado que tenemos tiene la capacidad de acabarlas (única forma de lograr la paz) o, por el contrario, está impedido para lograrlo? Y ¿por qué el mismo modelo, que no tiene por propósito la armonía social y que incluso la sacrifica para alcanzar el objetivo del 'desarrollo económico', no tiene éxito en lo que persigue?

Una respuesta es la que se ha vendido para sacar adelante el 'orden' que hoy vivimos, o sea la que dice que el modelo, la teoría que lo respalda y, sobre todo, las personas que lo promueven son perfectos, y que 'la corrupción y la politiquería' de otros no permiten gozar de esa perfección. Como es un argumento eminentemente emotivo y no analítico, no requiere sustento para difundirlo y así se ha impuesto.

Una contrarrespuesta es la que propone una tesis igual de absoluta y universal, pero atribuyéndola a la perversidad de algunos grupos dominantes que supuestamente imponen consciente y deliberadamente un modelo que produce esas consecuencias, pero porque los benefician.

Otros adherimos a una respuesta tan simple como la del bobo, que sabía que quienes se robaron la custodia de la iglesia fueron los ladrones. En cuanto a la paz, el modelo y, en consecuencia, el Estado colombiano actual nunca la traerán porque no están hechos para ello y porque, por el contrario, al basarse en la exclusión de los no competitivos, crean y alimentan la subversión contra él. Y en cuanto al desarrollo económico, puede tener algunos puntos qué mostrar (?), porque al fin y al cabo nada es completamente bueno ni completamente malo; pero es un fracaso en cuanto a que el terrible costo social (empobrecimiento de clases media y baja, y aumento de las brechas internas y externas) y político (exclusión y confrontación) no fue correspondido por los resultados que se esperaban: los daños previstos se causaron pero los beneficios buscados no se obtuvieron; la deducción lógica es que la teoría ha fallado.

Lo grave es que ni los teóricos o 'sabios', ni los poderosos, son caracterizados propiamente por la virtud de saber reconocer sus errores. Por el contrario, tienen la tendencia a creer que reconocer una equivocación les rebaja su pedestal y los descalifica en sus funciones (lo cual en algo es cierto); consecuencia de ello es que, a menos que las decisiones emanen de sistemas de reflexión colectiva (como suponen ser por ejemplo los parlamentos) y no de la capacidad de mover emociones (mesianismo o caudillismo), solo la tozudez de los hechos y la dimensión de los fracasos permiten corregir los caminos errados.
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