Opinión

  • | 2009/11/27 14:30

    ¿Reelección de qué?

    Para los medios y los políticos la única decisión es sobre el tercer periodo de Uribe, lo que sería la reelección de una persona por su carisma y liderazgo, y no la de unos modelos económico, político, social y ético.

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El debate nacional no gira alrededor de la parapolítica, los falsos positivos, las chuzadas, la yidispolítica, el Dasgate, la recolección de firmas y financiación del referendo reeleccionista, su trámite en el Congreso, el reparto de notarías, la corrupción en Etesa y el Inco, el rearme de "desmovilizados", la violencia en las comunas, el agro-ingreso-seguro o las promesas incumplidas de campaña. Ni de que, según el Pnud, "el ritmo al que ha venido creciendo el hambre en Colombia, supera al del promedio del mundo en desarrollo e incluso al de África subsahariana" (40,8% de los colombianos se encuentra en inseguridad alimentaria y el 63,7% presenta deficiencias en la ingesta de energía); ni de lo que pasa con la crisis mundial de la economía, ni del tema de las estrategias para enfrentar el calentamiento global, o de cómo se reorganiza el mundo alrededor de nuevos actores y nuevos conflictos.

Para los medios y los políticos, la única decisión es sobre el tercer periodo de Uribe, lo que sería la reelección de una persona por su carisma y liderazgo, y no la de unos modelos económico, político, social y ético; ni de los modelos de relaciones internacionales, de administración y de orden público que se derivan y producen esos efectos.

En cuanto a liderazgo, Uribe sí representa algo que evidentemente falta en el país; ojalá tuviéramos varios candidatos o dirigentes que tuvieran la capacidad del actual mandatario. Eso (la ausencia de competidores en ese campo) es lo que muestran las encuestas de popularidad. Pero al elegir debemos también calificar y pronunciarnos sobre los modelos que lo acompañan y sobre los resultados que presenta.

En el manejo económico hemos profundizado el modelo de subdesarrollo implantado desde la adopción de la propuesta neoliberal. En vez de aumentar la capacidad productiva, avanzando en la cadena de valor agregado como generadora de riqueza, hemos echado como el cangrejo de para atrás. Hoy dependemos más que nunca de nuestros recursos naturales no renovables; es decir, de agotar nuestro patrimonio; no hay ninguna política de ahorro o de formación de capital y, por el contrario, nos dedicamos a vender al extranjero las empresas privadas o públicas que habían representado el fruto del trabajo y del ahorro de generaciones de colombianos y solo las convertimos en una máquina de guerra improductiva. Los resultados están a la vista: somos el país con mayor desempleo de la región; los únicos renglones de la economía que muestran cifras de crecimiento son las exportaciones del sector extractivo (petróleo, carbón y níquel), la construcción y el sector financiero, todas actividades no productivas; todos los sectores industriales muestran decrecimiento (ver Andi), los renglones de formación de capital humano ven reducidos los recursos destinados a ellos (crisis de la Universidad Pública y disminución de la participación en investigación -o simple cierre, tipo Carimagua-); y la agricultura se marchita mientras se concentra en subsidios a quienes no los necesitan (al lado del AIS hay un millón de hectáreas menos sembradas, ocho millones de toneladas de alimentos importados, y hasta en el café -producto bandera de Colombia- disminución del 34% en la cosecha e importación de 500.000 bultos de Vietnam). Una balanza comercial deficitaria, compensada en base a remesas de quienes no encuentran opción mejor que abandonar la patria, a ventas al capital extranjero que producen un ingreso ocasional pero se reflejarán en salidas de carácter permanente de dividendos, a deudas contraídas para subsanar déficits fiscales y no proyectos de desarrollo y, en algo, a fuentes del narcotráfico.

En lo social, la brecha de la riqueza y la del ingreso ha aumentado, como lo refleja el coeficiente Gini para ambas; peor es la situación para los habitantes del campo respecto a la ciudad, según los indicadores que muestran lo que lógicamente se deriva del paupérrimo crecimiento de los renglones agropecuarios en comparación al resto de la economía; la tasa de desempleo es creciente y aún más la de subempleo e informalidad (a pesar de ser el país con más desempleo de la región), a más del deterioro de las condiciones laborales (610.000 hogares donde la cabeza de familia no encuentra trabajo); nada más diciente que la cantidad de desplazados (entre 3 y 4 millones) y exilados (de 4 a 5 millones). Tenemos los mayores porcentajes de población en indigencia y pobreza y con los ingresos más bajos del continente (según estudio de Hugo López, citado por Amylkar Acosta, solo el 5,9% de la población llega a un salario mínimo...), lo cual lleva a la caída del consumo de los hogares (¡10%!). Y detrás de todo esto una política económica basada en disminuir el recaudo a los ricos y repartirles prebendas (exenciones tributarias, contratos de seguridad jurídica, AIS, ICR, etc.) a costa de gravar más al resto de la población (aumento de los bienes básicos sujetos del IVA).

En lo político, se acabaron los partidos pero también las instituciones democráticas; volvimos a 'El Estado soy Yo' con todas las decisiones centralizadas en una persona; con los poderes en constantes 'choques de trenes' o, más correctamente, enfrentando a los representantes del Ejecutivo o del Legislativo a la Administración de Justicia por cualquier fallo adverso a sus intereses, y esta -que es la columna vertebral del avance de una sociedad- dividida y anarquizada al interior; el Congreso ya tiene más de 60 miembros con sentencia y otro centenar más sub-judice. La Constitución dejó de ser la Carta a la cual está sometido el gobernante y se modifica según sus intereses, y el Estado de Derecho se pretende sea remplazado por un 'Estado de Opinión' no sometido al consenso de todo el pueblo con garantías para la oposición y para las minorías, sino donde la soberanía la ejercerían sin limitación alguna -a las buenas o a las malas- las mayorías.

Y en lo ético, a imagen y semejanza de lo que sucede con Uribe, los televidentes que siguen El capo (RCN) adoran al personaje central de la serie sin importar para nada los valores que representa. Se crea la ley que santifica el transfugismo; se apoya la 'reinserción' de los victimarios abandonando a su suerte a las víctimas; se da prioridad a la guerra sobre los acuerdos humanitarios y el DIH; se instaura el sistema de recompensas para sustituir en la ciudadanía lo que debería ser motivado como deber cívico; se promociona desde la presidencia el 'voten mientras los envían a la cárcel' y la legitimidad de la compra de conciencias de Congresistas con Notarías y otra prebendas.

De todo lo anterior, un modelo de Relaciones Internacionales que se asocia y se identifica con el modelo Bush -el más rechazado del mundo-, y nos mete en conflictos con nuestro entorno; uno de Administración basado en la microgerencia y la improvisación, que trae el incumplimiento como consecuencia normal (aereopuerto, tercer canal, Runt, etc.), y/o el desmantelamiento de las instituciones como reacción a sus fallas pero no como solución para que sí cumplan sus funciones (DAS, Nueva EPS, Etesa); y uno de Orden Público donde las metas no se logran pero los costos no cuentan (ni la guerrilla ni el narcotráfico son derrotados pero el costo lo pagan desplazados, secuestrados, falsos positivos, desaparecidos, etc.).

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