Opinión

  • | 2006/04/18 00:00

    Recordando a Churchill, Hitler y Stalin

    Podemos decir que el triunfalismo electoral ha llevado al mandatario y a su equipo a mostrar su verdadera cara, o su verdadera posición respecto a hacia dónde vamos con la 'seguridad democrática'.

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El presidente Uribe ha mostrado cierta facilidad para que el gobierno exprese una posición por medio de sus funcionarios, y, si esta no tiene buena aceptación, reversarla él personalmente, adoptando la vocería de la protesta y de la oposición, y ganando así el aprecio de la ciudadanía que siente que él la protege de las barbaridades de sus subalternos. Así se ha mantenido una ambigüedad respecto a la verdadera naturaleza del gobierno en cuanto a su orientación, y una buena imagen en cuanto a su 'honestidad' o 'transparencia', en el sentido de bien intencionado y claro en su comportamiento. Unas nuevas declaraciones llaman la atención ya que, por no haber sido descalificadas, parecen ser respaldadas por el mandatario y asumidas como posiciones oficiales. El vicepresidente Francisco Santos explicó que respecto a los comandantes de los desmovilizados que se estuvieran reorganizando se daría curso a las órdenes de extradición que pesan sobre ellos. Según eso y contrariamente a lo afirmado en otras ocasiones, sí se negoció un acuerdo entre las partes para no extraditarlos. Respecto al mismo tema pero no referido ya a los cabecillas sino a los paramilitares rasos, dijo el comisionado de paz que a aquellos que reincidieran sí se les aplicaría todo el peso de la ley 'pues estos no serían autodefensas sino delincuentes'. Sería esta la expresión de la visión que se tiene en el gobierno del proceso que se lleva: los desmovilizados no son delincuentes sino, como en alguna vez se le escapara al Presidente, parte de una etapa y un ciclo cuya función ya se cumplió. El ministro de Gobierno dice a la opinión pública que para las autoridades la entrega por parte de la guerrilla de los dos policías retenidos es la prueba de que no se necesitan despejes ni acuerdos humanitarios para la liberación de quienes están pudriéndose en la selva. Es decir, comunica oficialmente que en la política y en los propósitos oficiales no están incluidas estas opciones ni esta inquietud. Y esto lo confirma la actuación de la Fuerza Pública al impedir que se produjera la entrega. Es lógico que moleste al Presidente y a muchos colombianos que ese acto que debiera responder solo a consideraciones humanitarias se convierta en promoción electoral para el candidato Álvaro Leyva. Pero es más grave (inadmisible, se pensaría) que por eso y por ser el Presidente a su vez un candidato, se sabotee tal posibilidad. Y ya como declaraciones propias del doctor Uribe, es decir, sin ambigüedad respecto al carácter de pensamiento oficial, tenemos que propone a la ciudadanía el linchamiento como mecanismo de hacer justicia, o más correctamente de reemplazar a la justicia. Podemos decir que el triunfalismo electoral ha llevado al mandatario y a su equipo a mostrar su verdadera cara, o su verdadera posición respecto a hacia dónde vamos con la 'seguridad democrática' (en la columna del número anterior de esta revista, yo había hecho el comentario de que hasta entonces no se sabía en qué consistía esa propuesta). Coincide esto con que para la ciudadanía empiezan a ser dudosos tanto los objetivos, como los medios y los resultados de esta columna vertebral del gobierno. Algunos por la gravedad y al mismo tiempo por la indolencia ante el más de un millón de desplazados; otros por la indiferencia ante lo que sufren los retenidos en la selva y la negativa a cualquier solución o alivio; otros por el fracaso en la estrategia de acabar con los cultivos de coca como fuente de financiación de los alzados en armas; otros por la desvergüenza en la cooptación del estamento paramilitar y la amnistía que encubre a todos quienes tuvieron vínculos con ellos y cobija tanto sus delitos como los beneficios obtenidos; otros por la falta de resultados en cuanto a la derrota de la guerrilla o la captura de alguno de sus dirigentes; otros por el detrimento que sufre la atención a los problemas sociales por dedicar todos los recursos a la guerra; en fin, por diferentes razones son ya muchos los que no aprecian tanto la política de la 'seguridad democrática'. Se acude entonces al recurso más conocido para preservar e imponer un gobierno de extrema derecha: asustar con el enemigo interno para producir la sensación de peligro que requiere actos de poder, y buscar un enemigo o por lo menos un problema externo que despierte la solidaridad con el gobierno de turno. Ahora se producen redadas del Ejército en Bogotá, y vemos en las calles y los noticieros cantidad de uniformados que supuestamente están impidiendo que los 'terroristas' cometan sus atrocidades: o es verdad que apareció ese nuevo riesgo, lo cual significaría que estamos peor que antes de la 'seguridad democrática'; o es una burda maniobra electoral, al igual que la de Bush cuando en vísperas de su reelección inventó poner al país en 'alerta amarilla' por un supuesto peligro de nuevos ataques de Al Qaeda y sacó a los uniformados a hacer presencia ante el público para que se sintiera la necesidad de un gobierno decidido y combativo. Y se repiten los incidentes fronterizos con Ecuador -cinco en los últimos cinco meses, incluyendo eventos mayores como la llamada a consultas a los respectivos embajadores- con la acusación de 'estar contemplando' a las Farc, y reivindicando así un derecho a desconocer la soberanía de ese país y a actuar en su territorio. Con este conjunto de declaraciones y actuaciones, poca duda queda sobre el carácter ya no solo autoritario en sus métodos sino de extrema derecha en la filosofía de quienes hoy gobiernan el país. Yo sé que aún hay a quienes las alternativas de Horacio Serpa o Carlos Gaviria les parecen peligrosas por lo izquierdosas o lo populistas; pero a mí -proporciones guardadas y esperando que no se llegue a extremos iguales- me trae el recuerdo de Churchill, prohombre reconocido por su posición vertical y radical como opositor y enemigo de la izquierda a lo largo de su vida, quien al ser preguntado sobre cómo podía apoyarse en Stalin después de haberlo considerado el enemigo número uno de la democracia y de la filosofía política que defendía su país, contestó que ante el peligro que significaba la forma de pensar y de actuar de Hitler, él, Churchill, estaría dispuesto a asociarse con el diablo para impedir que las propuestas y el pensamiento delirantes de ese hombre triunfaran. Esto en el momento que Hitler, tras haber subido democráticamente al poder y después transformado la institucionalidad a su favor para tener el poder omnímodo, lo ejercía en función de satisfacer sus obsesiones de defensa del pueblo alemán y la raza aria, que definieron el régimen nazi. Pero tal vez lo otro que vio Churchill claramente es que no eran las virtudes intrínsecas del líder soviético lo que le permitía a luchar a su lado, ni se trataba de reconocer sus virtudes como ser humano, sino lo que representaba como opción alterna a la amenaza que se cernía sobre el mundo. No deben ser las calidades personales y las condiciones como individuos las que motiven a votar aquí por alguno de los candidatos de la oposición (poco se estaría avanzando en cambiar un mesías por otro), sino lo que ellos representan como salida diferente a la que parece no ser la más deseable.
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