Opinión

  • | 1999/03/26 00:00

    Razones para el optimismo

    La economía viene en caída libre, pero la baja de las tasas de interés le ofrecerá una segunda oportunidad. Y hay más razones para el optimismo.

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Es dogma del mundo de los negocios, y lugar común de los editoriales económicos escritos por legos, que el estado de ánimo de los empresarios determina el curso de la economía, las recesiones ocurren porque nos toma ventaja el pesimismo y para reactivar la producción casi basta con recuperar el optimismo.



Con franqueza, eso siempre me ha parecido una tontería. Claro que el optimismo ayuda y que el pesimismo puede aumentar las dificultades, pero el estado de ánimo de los empresarios dista de tener la influencia que le atribuyen los aficionados a las explicaciones sicológicas de la coyuntura. Más que inducir los cambios económicos, el clima empresarial suele ir a la zaga de los mismos, y más concretamente de los cambios en los estados financieros de las firmas.



Recuerdo lo que pasó hace varios años, cuando esta economía entró en recesión, por causas macroeconómicas, en medio de un optimismo empresarial desbordado. Y luego cuando se reactivó, también por razones objetivas, cuando el pesimismo empresarial era espeso. Para no remontarme demasiado, 1991, con Gaviria, es un ejemplo de lo primero y 1997, con Samper, un ejemplo de lo segundo.



Me fastidiaría que se le atribuyera a esta nota un propósito de insuflar optimismo. Creo que al actual desastre económico contribuyeron muchos dirigentes gremiales y algunos orientadores de la opinión pública que hace un año, cuando la autoridad monetaria comenzó a subir la tasa de interés, se negaron a reconocer los peligros de ese curso de acción y que, aun después de que las tasas de interés ya habían alcanzado niveles de desastre, siguieron calificando como pesimismo gratuito las voces de alarma de algunos analistas, como el que esto escribe, y afirmando que el país estaba a punto de emprender una senda de progreso por el mero hecho de haberse librado de Samper.



Hoy la economía está hundiéndose. El primer trimestre de este año fue peor que el último de 1998, que tenía el récord de la mayor caída de la producción en seis décadas. Pero afirmar que eso nos pasa por pesimistas sería como decir que al infeliz peatón al que acaba de atropellar un bus, la desgracia lo arrolló por su incapacidad para ponerle fuerza positiva a las cosas.



Las ventas de las empresas se han desplomado porque la demanda está casi muerta. Pero la demanda no está casi muerta porque seamos un atado de pesimistas sino porque el brutal disparo de las tasas de interés y el cierre del crédito hicieron que el poder de compra de la persona común, después de servir sus deudas, se fuera al suelo. Porque los exorbitantes costos financieros quebraron a muchas empresas y porque muchas otras, atrasadas en sus pagos, perdieron su acceso al crédito. Porque, vía renta presuntiva y nuevos impuestos, el fisco ahora les está quitando lo que les había quedado. Porque, debido a la pérdida de competitividad cambiaria, nuestros exportadores están siendo sacados a empellones de los mercados externos. Y porque todo eso ha generado un círculo vicioso de desempleo, caída de los precios de la propiedad raíz, empobrecimiento, menor consumo e inversión y más desempleo...



Las presuntas explicaciones de la crisis actual por las fallas del modelo económico, sea por demasiado neoliberal o demasiado poco, no tienen sentido. Con ese mismo modelo, pero muy distintos costos financieros y ritmos de crecimiento del crédito, en esta década hemos tenido varios años de auge y dos recesiones.



También me parecen poco serias las afirmaciones de que la salida de la crisis se lograría profundizando el ajuste fiscal. El ajuste fiscal es inevitable, pero a corto plazo no hará nada para aliviar la recesión y más bien tenderá a empeorarla.



La semana pasada el Banco de la República hizo lo único con capacidad para detener la caída libre de la economía: bajó sus tasas de interés. Con eso, y teniendo en cuenta que la demanda de crédito está boqueando, creo que antes de seis semanas veremos una tasa DTF efectiva anual del 23%. Y, como la inflación seguirá bajando, la autoridad monetaria volverá a bajar sus tasas porque por fin se dio cuenta de lo que le corre pierna arriba. A quienes manifiestan escepticismo sobre la capacidad de una menor tasa de interés para reactivar la economía, quisiera recordarles que esa misma incredulidad era común hace dos años. Y en 1997 la economía se reactivó, con Samper y todo.



Sin embargo, reconozco que en 1997 la DTF bajó hasta situarse a unos 4 puntos por arriba de la inflación y aquí todavía estamos muy lejos de eso. Además, si bien la tasa de interés es muy importante, no es la panacea. Con lo golpeada que está la economía y con lo duros que se pusieron nuestros mercados externos, nos vendría de perlas un mayor tipo de cambio real. Pero no voy a insistir en eso por dos razones.



Primera, porque no creo que sirva de nada, vista la terquedad del Banco de la República. Y segunda, porque creo que, una vez empiece la recuperación económica, el aumento de las importaciones se encargará de hacer que suba el dólar, consolidando la recuperación con un mayor tipo de cambio real. Sólo espero que, cuando ello suceda, las autoridades no rematen la economía con una nueva "defensa exitosa del peso" elevando nuevamente las tasas de interés.



Como la paz es tan importante para la economía, no quisiera terminar sin señalar que en los últimos tiempos ha surgido otra razón sólida para el optimismo sobre el futuro del país. Después de tantos ríos de babas, los recientes golpes militares a la guerrilla y el aumento del presupuesto militar son las primeras justificaciones reales, en años, para volver a tener esperanzas en el frente de la paz.
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