Opinión

  • | 1995/02/01 00:00

    Quinta columna

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Hay una hipótesis todavía no explorada por nuestros economistas. Consiste en la asociación entre el fenómeno de la impunidad y la distribución del ingreso. En Colombia existen vastos y poderosos intereses en mantener la impunidad porque ella genera transferencias masivas de ingreso. Desde luego, están los narcotraficantes que constituyen el grupo más eficaz de concentración del mismo. A su lado figuran la guerrilla cuando cobra la vacuna y el rescate de los secuestrados y la delincuencia común que vandalaza los hogares; allí milita el contrabando que vive del lavado de dólares y la piratería terrestre que saquea los camiones; allí prosperan el soborno de los burócratas grandes y pequeños y el desfalco del erario público con toda suerte de triquiñuelas. Finalmente, la evasión de impuestos que es un deporte nacional con visos de legitimidad. Cuando el ministro Hommes propuso la cárcel para los evasores se levantó una protesta general porque un millón de contribuyentes se sentían amenazados. Se llegó a alegar que ello atentaría contra las garantías constitucionales.

Fuera del imperio de la delincuencia, en Colombia existen algunos sistemas de distribución del ingreso. El más institucional está en las tarifas diferenciales de los servicios públicos, que no es de poca monta, puesto que la distancia en costo. entre el estrato uno y el estrato seis es de cinco veces. También existen toda clase de subsidios a los agricultores, no siempre los pobres, el subsidio al transporte, que fomenta la presencia de vehículos obsoletos y el de la vivienda que ha subsistido por años bajo la forma de no cobrar la cartera del difunto ICT. Sin olvidar los distintos subsidios a los exportadores, entre otros, el que mantiene el Banco de la República para evitar la reevaluación que asciende a $300.000 millones al año. Pero ninguno de estos subsidios legítimos alcanza a satisfacer las fuerzas, esas sí salvajes, de la distribución . `

Al amparo de la impunidad ha surgido una nueva clase y se ha generalizado la opinión de que ser avispado es la mejor manera de enriquecerse. Una clase que vive en la doble moral de predicar los méritos de la justicia mientras disfruta los beneficios de su ausencia.

CIUDAD BIPOLAR

Los cachacos que veranean en Cartagena pueden elegir entre dos ciudades: la antigua rodeada de la muralla, o Boca grande, El Laguito y Castillo grande, en la península que cierra la bahía. La mayoría elige la segunda. Sin embargo, cada una de ellas es un mundo aparte que coexisten como vidas paralelas. La opción del corralito es romántica, populosa y, a veces, opulenta. La segunda imita a Miami, pero sin el orden y la perfección de los servicios públicos. En la primera sólo habitan los muy ricos o los muy pobres; en la segunda se vuelcan la clase alta y la media que se pasa el día en la playa brindando un espectáculo estéticamente poco edificante, mientras espanta a los vendedores ambulantes. Esos cachacos casi nunca visitan la ciudad antigua, a no ser de noche y en coche de caballo.

El centro amurallado no es un museo como sucede con San Juan de Puerto Rico, sino un organismo vivo inmerso en el ruido que se anida en los metederos, las accesorias, y los colegios que expelen adolescentes a borbotones. En la Plaza de Bolívar se juega dominó y se tejen intrigas burocráticas, en el Portal de los Dulces lustran zapatos, ofrecen lotería, cambian dólares y venden quince clases de dulces con recetas de la Colonia. El gentío es igual al de un zoco árabe. En el Palito de Caucho, que está en La Matuna, funciona una tertulia popular, que genera todas las noticias y chismes de la ciudad. A veces opinan diez personas simultáneamente, sobre cinco temas diferentes y todos quedan igualmente ilustrados. Vaya uno a saber si las tertulias griegas eran más ordenadas. En el rebusque que floreció en torno al viejo edificio de correos, hay un mercado de frutas, flores, joyas y sastres; se venden caramañolas, butifarras y cócteles de mariscos llamados "la bomba". En el centro hay pocos restaurantes. Sólo el clásico Marcel y Escapado, en la calle de Don Sancho, que es el mejor de la ciudad.

En Boca grande venden computadoras al lado de bandejas paisas para los ídem, y para los demás comidas rápidas preferentemente italianas. Hay edificios que se yerguen sobre la bahía con insolencia norteamericana, pero aparecen olores impertinentes cuando uno menos lo espera. Debajo de todo este esplendor se oculta el problema del saneamiento de la ciudad, que no desaparecerá por más que el alcalde y un grupo de cachacos se zambullan en el mar abierto para demostrar que allí no está pasando nada. Ahora, la ciudad vieja, que amenazó ruina durante trescientos años, es una opción más grata para vivir.
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