Javier Fernández Riva

| 4/5/2002 12:00:00 AM

¿Quién responde?

"La generación desencantada" debe saber que el fracaso económico no resultó de una tara congénita, y que hay esperanza mientras se exija rendición de cuentas y corrección del rumbo.

por Javier Fernández Riva

En las últimas semanas se publicaron varios informes de origen no partidista que equivalen a un juicio demoledor sobre la política económica de los últimos años. Primero fueron las cifras del estudio del Dane y el DNP sobre el Indice de Condiciones de Vida, que documentaron con gran detalle el aumento de la pobreza en la década pasada. Luego, como para confirmarnos que el drama no era historia antigua, salió la Encuesta Social de Fedesarrollo, efectuada en septiembre del 2001, que entre otras muchas cosas tristes nos informó que 75 de cada 100 jefes de hogar del estrato bajo consideraban que su situación económica había empeorado en los 6 meses previos, cuando, según el estudio del DNP, ya debía ser muy inferior a la de unos años atrás. Y la semana pasada se supo que la calificadora Moody's ponía al país en remojo calificando su perspectiva económica de "negativa". Lastimoso y contundente porque antes de eso se podía salir con el cuento de que el aumento del desempleo y la pobreza eran un costo transitorio para recuperar la solidez financiera y retomar más adelante, con pie firme, la senda del desarrollo, y ahora nos dicen, los que saben de eso, que nos ven cada vez más frágiles financieramente.



Pero ninguno de esos informes conmueve o amarga tanto como el artículo central de la edición No. 1.039 de la revista Semana, "La generación desencantada", en el cual jóvenes de varios estratos sociales, en su mayoría con formación profesional, nos cuentan sus repetidos fracasos para tratar de obtener los empleos para los que se capacitaron, su resignada decisión de renunciar a independizarse económicamente de sus padres, su pesimismo sobre el futuro del país y su aspiración, casi unánime, de buscar nuevos horizontes en el extranjero, así sea trabajando como meseros o niñeras. La muestra de la revista no fue aleatoria y técnicamente representativa, pero todos sabemos que lo que hizo Semana fue ilustrar periodísticamente una de las tragedias nacionales que se palpan todos los días. La generación desencantada no tenía unas ambiciones enormes. Uno se asombra de lo modestas y, si se quiere, razonables, que eran las pretensiones a las que esos muchachos y muchachas tuvieron que renunciar. Un trabajo decoroso, donde pudieran aportar a la sociedad. La capacidad económica mínima para formar sus propios hogares. Y disfrutar de un mínimo de seguridad.



¿Qué puede decirles un economista a esos jóvenes, a los que solo parece retener en el país la falta de una visa o del dinero para financiar su salida? Podría decirles, por ejemplo, que el problema, aún en su componente de seguridad, es económico y que tiene solución, pues no es el resultado inevitable de una tara congénita. Que en el pasado Colombia logró superar dificultades objetivas mucho mayores que las que hoy enfrentamos. Que, por ejemplo, se mostró capaz de generar empleo e ingreso en rápido aumento cuando todavía la población de nuestras ciudades crecía a tasas explosivas de más de 6% anual, antes de la transición demográfica, y antes de que contáramos con tan alto porcentaje de la población educada como hoy.



Y así podría seguir, pero no lo haré. Ni la generación desencantada está de humor para la retórica, ni creo que, así eso fuera posible, al país le convenga que cambie su actitud antes de que cambien, de verdad, las perspectivas económicas. Pero sí convendría que su desencanto fuera complementado con la exigencia de que alguien rinda cuentas por lo ocurrido. Por Dios ¿será que, quienes durante una década manejaron con autonomía la política económica, y que tanto gustan hablar de "accountability" para otros, no tienen nada qué explicar ni corregir? ¿Que quienes hace una década nos aseguraron que, una vez superada la primitiva etapa de sustitución de importaciones el crecimiento de Colombia aceleraría a más del 5% anual pueden seguir pontificando como si nada? ¿Que tampoco tienen cosa alguna qué explicar los que hicieron o contrataron las numerosas demostraciones de que la baja de la inflación, sacrificando durante años el crecimiento económico, catapultaría al país hacia un nuevo estadio de desarrollo?
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