¿Queso rancio?

| 2/16/2001 12:00:00 AM

¿Queso rancio?

A pesar del éxito de "¿Quién se ha llevado mi queso?", creo que no es muy útil para orientar los cambios.

por Enrique Ogliastri

Me ha sorprendido el éxito editorial del libro "¿Quién se ha llevado mi queso?", especialmente porque las guías que ofrece para el cambio me parecieron bastante insubstanciales. Aunque reconozco que cuando lo leí recordé alguna importante experiencia de cambio personal que había tenido, no pensé que sus mensajes triviales realmente sirvieran para dar luces hacia el futuro. En particular, me pareció que un gerente podría mejor leer alguna de las probadas guías para hacer un cambio que se han basado en experiencias organizacionales reales, o, si lo que busca es ficción, que se meta en una buena novela más sabrosa que el queso. En contravía de mis impresiones, esta semana supe de interesantes experiencias empresariales con el texto.



¿Cuál es la historia del queso? Se trata de una parábola sobre las reacciones de dos ratones y dos hombrecitos que de pronto se vieron sin la fuente de subsistencia: vivían de comer queso en un depósito laberíntico y oscuro, y se habían acostumbrado de tal manera a su vida plácida que no se dieron cuenta de lo que estaba pasando. Como tantos colombianos, que han perdido su trabajo, o a los que les han secuestrado seres queridos, bienes e ilusiones. En el cuento se ven tres actitudes ante el cambio y se derivan varias conclusiones.



La primera actitud sobre el cambio de situación la viven los ratoncitos, que sin pensarlo demasiado se van en busca del nuevo depósito del queso. Ellos son dos, y uno de ellos tiene muy buen olfato para saber dónde podría estar el queso, mientras el otro es veloz (aunque bastante torpe). Ellos hacen equipo y salen disparados sin mucho problema a encontrar el nuevo depósito del queso. Su actitud proactiva y su toma de riesgos son recompensados y se adelantan en mucho a los hombrecitos.



La segunda actitud sobre el cambio es de uno de los hombrecitos, quien empieza por considerar inaudito que se hubieran llevado el queso. Refunfuña, se niega a aceptar la nueva realidad, e insiste en que alguien tiene que devolverle "su" queso gratis; llega al extremo de no aceptar un "nuevo" queso que se encuentra el amigo, ni aceptar su invitación a salir a buscarlo.



El tercero de los personajes de esta fábula se recupera de la frustración de los primeros días y decide buscar y degustar lo que quedó de un nuevo queso. Después se mete en el laberinto, filosofa y escribe graffitis de conclusión, y termina encontrando el nuevo depósito de queso, donde promete no descuidarse en lo sucesivo.



Una opinión opuesta a la mía fue el testimonio de un primo consultor: "Muchas personas creyeron que eran dueños del puesto, y que el sindicato, el Estado o su buena estrella las indemnizarían en caso de perderlo. Ahora que de verdad la situación está tan mala, hemos leído en voz alta con algunos funcionarios y trabajadores el texto, y los resultados han sido sorprendentes: los motiva la identificación con los personajes. Al perder el puesto, ellos sintieron temor y no sabían cómo salir del laberinto pues temían enfrentarse a entrevistas, exámenes y negativas. Esta inseguridad personal los llevó a actitudes de quejarse sin hacer nada, esperando... Muchas personas han pasado más de un año buscando infructuosamente trabajo; cuando finalmente tienen la oportunidad, demuestran que son muy buenas trabajadoras, asumen responsabilidades y retos con gran motivación para volver a ser aportantes en un trabajo".



Según esta experiencia, la historia hace significativamente más conscientes a algunas personas, que empiezan a "oler el queso" y a "moverse con el queso", cuidándose de futuros cambios.



¿Pero trae algo nuevo esta historia? Creo que no. Su autor es un médico que debe conocer lo que la psicología ha estudiado desde hace mucho tiempo: las etapas en la reacción de los humanos que sufrimos pérdidas. La primera fase es la negación, un mecanismo inconsciente de defensa ante el problema: uno se convence de que no ha pasado nada, que todo sigue igual. Poco a poco nos vamos hundiendo en la depresión al saber que efectivamente algo perdimos. Después viene la rabia, echarle la culpa al muerto o a otros que no tienen verdaderamente mucho qué ver. Ya se sabe que buscar al culpable no resuelve los problemas, así que finalmente nos enfrentamos al problema con deseos de resolverlo. Cuanto más pronto pasemos por las primeras etapas mejor para tener una reacción oportuna y realista del problema. Pero aquí es donde arranca todo el proceso de cambio, desde una perspectiva activa y no meramente reactora de sufrir los cambios.



¿Sirve el texto como guía de cambio, tal como promete en el subtítulo? Por supuesto que rumiar el pasado nos puede dejar algunas conclusiones, pero las nuevas situaciones no serán necesariamente iguales a las pasadas. Creo que este libro no sería muy útil para orientar los cambios y desafíos inmensos del futuro.
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