Opinión

  • | 2009/10/02 00:00

    ¿Qué tan competitivos somos?

    No nos engañemos con el cuento de que somos el país más competitivo de la región y pongámonos a trabajar en infraestructura de transporte, investigación y desarrollo y educación, áreas en las que tenemos grandes limitaciones.

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En días pasados, el Gobierno y los medios hicieron un gran despliegue diciendo que ahora Colombia es el más competitivo de America Latina. ¿Será verdad tanta belleza?

La afirmación se basa en que Colombia fue calificado este año como el país en el que es "más fácil hacer negocios en América Latina" por el Banco Mundial. En particular, el informe dice que Colombia ha mejorado mucho en la protección de la inversión y bastante en simplificar trámites para constituir empresas, en el acceso al crédito, el registro de propiedades y el pago de impuestos. Todo eso es muy bueno, si bien el informe dice también que en Colombia es aun muy difícil hacer cumplir contratos. Mas importante aún, la facilidad de hacer negocios es apenas una parte de lo que hace a un país competitivo.

Para comenzar, ¿qué es ser "competitivo"? Quienes usan este término de moda se refieren a competir con éxito en los mercados internacionales. Pero, ¿en qué? Ningún país puede competir bien en todos los sectores y productos. La retórica de la competitividad olvida que los países exitosos se especializan en algunos sectores y productos en el comercio internacional. Las preguntas válidas son: ¿en qué sectores y productos somos competitivos? Y, ¿qué se necesita para ser competitivo en otros?

Somos muy competitivos en petróleo, carbón, níquel y otros minerales en los cuales para serlo se necesita disponer de yacimientos económicamente atractivos, haber creado un ambiente regulatorio apropiado para que la inversión privada encuentre rentable invertir en exploración y desarrollo de los yacimientos y construir sus medios de transporte para transportar el producto (oleoductos, trenes, puertos). Esas condiciones mínimas de competitividad se dan en Colombia en estos sectores.

Somos también competitivos en algunos productos agrícolas (café, banano, flores, azúcar, palma africana), siempre y cuando no permitamos revaluar en exceso nuestra moneda como está pasando ahora. Pero deberíamos serlo en muchísimos más. Tenemos muchas tierras con vocación agrícola mal aprovechadas, como consecuencia de una política agropecuaria premoderna y de la contrarreforma agraria paramilitar de los últimos años. A diferencia del Brasil, Uruguay, Chile, Perú, Costa Rica (y, hasta hace poco, Argentina), que hace rato entendieron que países con potencial agrícola tienen que desarrollarlo a través del comercio internacional, la inversión en investigación y desarrollo y la provisión de infraestructura, educación y servicios básicos en el campo, el Gobierno ha mantenido una política agropecuaria dedicada a proteger a subsectores no competitivos y a repartir favores a los grandes propietarios a cambio de apoyo político.

 

Por estar dedicados a "defender" a esos sectores, el Gobierno Uribe se demoró tanto en la negociación del TLC, que sobrevino un cambio político en el Congreso norteamericano y se empantanó el tratado. Peor aún, el uso de los recursos de la Ley Agro Ingreso Seguro, que se suponía que iban a ayudar en la reestructuración de productores pequeños potencialmente afectados por ese tratado, se repartió en forma vergonzosa entre los productores más poderosos y más amigos, buscando su apoyo para una candidatura presidencial. En adición, el Gobierno se ha cruzado de brazos frente al grave problema de concentración ilegal de la propiedad rural que se presentó en los últimos años.

 

El día que tengamos una política agropecuaria moderna repetiremos los milagros exportadores de Chile, Brasil, Uruguay y Costa Rica y, más recientemente, de la llamada "nueva agricultura" peruana. Ese día seremos "competitivos" en un gran número de productos agropecuarios. El campo colombiano necesitaba seguridad, pero haberla recuperado evidentemente no es suficiente para el despegue del área rural, como lo demuestran las pobres tasas de crecimiento del sector agrícola en los últimos años. Y somos competitivos en unos cuantos subsectores industriales y de servicios, en los que la iniciativa privada ha conseguido fabricar ventajas comparativas.

 

 Pero son muy pocos. El valor de nuestras exportaciones por habitante es muy bajo en comparación con los países mencionados arriba y otros como México e insignificante en comparación con la mayoría de los países asiáticos, que sí han logrado ser competitivos en un amplio número de exportaciones industriales. ¿En qué estamos fallando?.

En primer lugar, en infraestructura de transporte. Necesitamos construir y mantener bien las "vías de la competitividad", mediante procesos de concesión bien estructurados. Pero el Ministro del ramo no cree en la necesidad de tener estudios previos ni de diseñar bien los contratos de concesión y se ha dedicado al Plan 2500, una colección de pequeñas obras que corresponde hacer a los departamentos y no a la Nación. Peor aún, ha tenido 6 ó 7 directores del Inco y de Invías en 6 años, varios de los cuales han dejado el cargo por escándalos de corrupción. Urge iniciar un proceso de modernización institucional que nos sitúe a la par de un Chile o un México en nuestra infraestructura vial.

En segundo lugar, es necesario comprender que en el mundo moderno se compite con base en conocimientos. Nuestras empresas y nuestro Estado invierten muy poco en investigación y desarrollo y lo hacen muy mal. Pocas Universidades trabajan de la mano del sector privado en el desarrollo y adaptación de nuevas tecnologías, procesos y diseños que permitan aumentar la productividad, hacernos competitivos en nuevas áreas y desarrollar nuevos productos de exportación. En este campo se necesita una verdadera revolución. En adición, si bien ha habido avances grandes en cobertura y se han dado los primeros pasos para mejorar la calidad de la educación (como la implantación de exámenes de Estado para alumnos y maestros), hay aún mucho por hacer en este campo. Muy pocos niños tienen acceso a educación en su primera infancia, en los años más críticos para desarrollar su potencial cognoscitivo, y la calidad de la educación básica es aún penosa, como lo demuestran los resultados de los exámenes de aptitud.

 

El Sena maneja bien la formación de destrezas básicas, pero ningún instituto público es capaz de proveer por sí solo la enorme diversidad de formación técnica especializada que requieren los sectores industriales y de servicios en los que aspiramos a consolidar ventajas comparativas. Es necesario permitir la libre competencia, con control de calidad, en la prestación de estos servicios.

Por último, el Gobierno actual ha creado una situación que impide una competencia sana e inhibe la competitividad, al imponer cargas muy altas a muchas empresas (tasas de 33% y gravamen al patrimonio) mientras favorece a unas pocas con tarifas bajas y exenciones, a través de las Zonas Francas Especiales y los contratos de seguridad jurídica. Arreglar este entuerto para llegar a tener una tasa moderada pero igual para todas las empresas será difícil, pero indispensable si queremos ser competitivos en muchos sectores y productos.

De modo que no nos engañemos con el cuento de que somos el país más competitivo de la región y pongámonos a trabajar en estas áreas en las que tenemos grandes limitaciones. ¿Cuál será el candidato presidencial que quiera y pueda afrontar estos retos, que no ha querido enfrentar el actual gobierno? .

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