¿Qué hacer frente al conflicto?

| 10/12/2001 12:00:00 AM

¿Qué hacer frente al conflicto?

Se requiere reconocer el papel de las emociones, las propias y las de los otros, para anticipar el conflicto, manejarlo y no dejarse dominar por él.

por Connie Cárdenas de Santamaría

Quien no recuerde una situación en la infancia en la cual sintió mucha rabia contra su hermano, una prima, un amigo al punto de querer pegarle u ofenderlo, está diciendo mentiras o perdió la memoria. Y quien no haya enfrentado circunstancias en el trabajo o en la familia que le produjeron un gran malestar por las actitudes y manejos de un jefe, un colega, un pariente, es un ser extraño. Todos nosotros hemos sentido rabia, malestar, incomodidad, inconformidad en nuestras interacciones con los demás, así no las hayamos manifestado explícitamente. Todos, por períodos, armamos listas mentales, cortas o largas, de personas que no quisiéramos volver a ver, cuyo solo recuerdo nos altera. En esto, hombres y mujeres, por igual, compartimos esas emociones. El manejo, sin embargo, es distinto. Las mujeres, que se sepa, no nos hemos lanzado a la guerra para "manejar" nuestras diferencias, imponer nuestra "razón" o darle curso a nuestra rabia.



Las relaciones entre las personas están en la base de todo. Cada ser humano es el resultado de una relación interpersonal. Las tenemos de todo tipo, con nuestros padres y demás familiares, con nuestros amigos, colegas, colaboradores, con la médica, el chofer del taxi, el funcionario del banco. En cada una de estas relaciones se manifiesta nuestra manera de ser y de concebir el mundo, nuestro carácter. Esas relaciones nos permiten crecer y desarrollarnos porque nos exigen moldear ese carácter. Cuanto más diversas sean las personas con quienes interactuamos, más abiertos seremos a la diferencia, a "lo otro".



Pero por alguna razón, con frecuencia, buscamos que ese/a otro/a termine pensando y sintiendo lo mismo que nosotros y no entendemos por qué no ve, no oye, no actúa como lo haríamos nosotros. Y comienza el forcejeo para "vencer" y no "ser vencido", con lo cual sembramos la base de la violencia porque la meta se convierte en anular lo otro.



Esta dinámica que ocurre en las relaciones interpersonales es la misma que se da en las relaciones entre grupos y entre países. Porque en la base de todas las relaciones hay unas personas concretas, con unas creencias, con unas necesidades de dominar, de imponer su razón y con unas emociones que pueden guiar sus acciones sin mayor conciencia de ello. Se requiere reconocer el papel de las emociones, las propias y las de los otros, para anticipar el conflicto, manejarlo y no dejarse dominar por él.



Entonces, cuando ante hechos tan duros como los ocurridos recientemente en Nueva York y Washington, nos preguntamos ¿por qué? y ¿qué puedo hacer yo?, si tenemos en cuenta el papel de las relaciones la respuesta se aclara: cada uno de nosotros puede manejar sus relaciones, su carácter, de forma tal que admita la diferencia y reconozca los sentimientos que siempre están en juego, y que acepte no solo que la razón no lo es todo, sino que cada cual tiene su razón. De esta forma, buscaremos incluir al otro --por diferente que sea-- y no destruirlo o anularlo. Es el mejor ejemplo que podemos dar a nuestros hijos y a quienes piensan que hay que imponer la razón a la fuerza. Las mujeres tenemos un papel fundamental en todo ello, porque la rabia nos es más ajena.
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