Opinión

  • | 2004/06/25 00:00

    Qué atropello a la razón

    Algunas deformaciones intencionadas sobre la realidad argentina oscilan entre lo cómico y lo ofensivo a la inteligencia.

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En el número más reciente de la revista América Economía leí un artículo sobre la política económica del Presidente Néstor Kirchner, de Argentina, con afirmaciones que quiero compartir con mis lectores. Pero no precisamente porque lo considere un modelo de objetividad. Todo lo contrario, lo citaré porque ilustra una tendencia frecuente entre quienes insisten en que un país no puede ir a ninguna parte a menos que abandone toda pretensión de política anticíclica y se concentre en generar un superávit fiscal primario suficiente para tener felices a sus acreedores: escamotear los logros de la política coyuntural, atribuyéndolos al azar o cualquiera otra cosa, e insistir en augurar desastres.

Primero, unos antecedentes. Argentina, que entró en una espiral recesiva entre 1998 y 2001, y en 2002 sufrió una depresión tras el saqueo del que había sido objeto en 2001 -la víspera del abandono de la convertibilidad-, creció el año pasado 8,7% y este año va camino de crecer lo mismo o más. Después de esa vigorosa recuperación, las proyecciones más serias prevén un crecimiento de largo plazo entre 3% y 4% anual, lo que en términos per cápita es como si el PIB de Colombia creciera entre 4% y 5% anual. El fisco consolidado, que hasta 2001 sufrió de un déficit creciente, tiene hoy un superávit de 2% del PIB. Argentina también disfruta hoy de un superávit en cuenta corriente de casi 5% del PIB, después de una década de grandes déficits externos. Sus reservas internacionales, que entre 2000 y 2001 cayeron a plomo, porque fueron saqueadas -con la complacencia del Banco Central, que las vendió a precios reales inferiores a la mitad de los actuales- se recuperaron US$7.000 millones en los últimos dos años.

Pero el artículo que voy a comentar, titulado "El despilfarrador", lejos de reconocer algún mérito en la conducción económica de ese país dice que Argentina está condenada a languidecer pues "Kirchner no realizó cambios estructurales cuando la economía estaba en la cresta de la ola". Así como suena: una afortunada ola, sin conexión con las políticas ejecutadas, elevó la economía pero Kirchner, el irresponsable, despilfarró esa fortuna.

El meollo del artículo es restarle todo mérito a la política anticíclica: habla de "rebote" y de "viento de cola". No me parece sano que prospere la idea de que una recuperación tan rápida y vigorosa como la argentina es una simple consecuencia de la recesión previa. Como Keynes subrayó, el largo plazo requerido para las "recuperaciones naturales" es mortalmente largo. Si había algún "viento de cola" fue el que hizo que el PIB argentino entrara en barrena entre 1998 y 2002. El que acabó estrellándola y haciendo añicos su sistema financiero y muchas otras cosas.

Cambiar la tendencia y soldar tantos huesos rotos requería algo bien distinto de la receta fondomonetarista tradicional de elevar los impuestos y frenar el gasto público en medio de una recesión. Exigía lo que el articulista llama despectivamente "prolijo manejo fiscal y cambiario". Un intento de realizar las famosas reformas estructurales antes de volver a poner en pie la economía solo habría logrado mantenerla postrada.

Uno de los problemas que el articulista señala es que aún "está pendiente el problema de la reestructuración de la deuda". Pero esa crítica no es razonable pues la única forma de acelerar la negociación sería renunciar al gran descuento de la deuda externa que busca Argentina. Y sin ese descuento su economía no sería viable, pues el gobierno del "abuelo Carlos" la dejó endeudada un metro por encima de la coronilla.

Las razones para el pesimismo que expresa el articulista son cómicas. Por ejemplo, señala que "en los últimos dos años, tras la devaluación del peso, la economía creció solo poniendo en marcha la enorme capacidad industrial ociosa desde el comienzo de la recesión, en 1998". ¿Y qué esperaba? ¿Acaso que se invirtiera masivamente cuando todavía había gran capacidad ociosa? ¿O sugiere que los empresarios estarían más dispuestos a invertir si Argentina creciera a un ritmo mediocre, como Brasil?

No es bueno que, como en el tango Cambalache, todo sea igual, nada mejor, y terminemos "revolcados en un merengue". Una política económica debe juzgarse por sus resultados. La mayoría de los argentinos piensa así: en el mismo artículo citado se reconoce que Kirchner "tiene el apoyo de tres de cuatro argentinos", a pesar de que asumió en mayo de 2003 "con un poder escuálido". Pero claro, cabe la posibilidad de que eso no tenga nada qué ver con la recuperación de la economía.
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