¿Pulmonía en el postoperatorio?

| 3/16/2001 12:00:00 AM

¿Pulmonía en el postoperatorio?

Hay indicios preocupantes y causas concretas para temer una recaída económica, si las autoridades no actúan con decisión para evitarla.

por Javier Fernandez Rivas

Estoy entre los optimistas. Entre quienes no creen que para salir del atolladero económico haya que modificar previamente la idiosincrasia local, recuperar el orden público, cambiar el modelo económico y tener un buen gobierno. Que podríamos volver a tener una economía decente con lo que da la tierra, sin necesidad de pedirle peras al olmo.



Pero estoy preocupado. El mísero crecimiento de menos de 3% que había proyectado para este año, que cae dentro de lo que Rudolf Hommes definió hace unos años como "recesión", y que no alcanzaría para reducir el desempleo ni para recuperar el nivel de ingreso de hace un lustro, hoy está en peligro. Ese crecimiento perrata podría no alcanzarse y --¿me atreveré a confesarlo en Dinero, que supone que los economistas debemos proyectar con seguridad lo que va a pasar?-- aunque todavía creo que la recuperación se consolidará reconozco que, si las autoridades no toman medidas para evitarla, podríamos caer otra vez en una recesión.



La dije, Dios mío. Dije la "palabra R", que según muchos trae mala suerte. La fuerza del tabú quedó demostrada hace unos días cuando algunos criticaron veladamente la baja de las tasas del Banco de la República, interpretándola como una declaración indirecta de las autoridades de que el país estaba en riesgo de recesión, cosa que podría atraer al espíritu malo. Qué le vamos a hacer. Soy de quienes creen que el curso de la economía depende de causas objetivas y que, por esa razón, mencionar el riesgo de una recesión lejos de elevarlo puede reducirlo al dificultar que los responsables de las políticas se hagan los locos hasta que sea demasiado tarde.



Una nueva recesión sería fatal para el fisco, para el sector financiero, para el crédito externo y hasta para las posibilidades de paz. Y, como la crisis anterior, pese a los pundonorosos capitanes que ahora pretenden endosarles la culpa del naufragio a los arrecifes, también sería culpa de la incompetencia de la política económica.



Pero ¿qué novedades han surgido que obliguen a hablar hoy de riesgos de recesión que hace poco lucían moderados?



Lo nuevo no es que la demanda interna siga medio muerta. Eso se sabía hace rato, pero también que estaba levantando la cabeza, como lo demostraron las cifras hasta el tercer trimestre del 2000. Lo nuevo es que las cifras de último trimestre del 2000 y las del primer bimestre de este año sugieren que la recuperación tambaleó. ¿Qué llevó la demanda a morder el polvo de nuevo?



Primero, el nuevo aumento de la carga financiera. Según cifras de la Superintendencia Bancaria, la tasa de interés promedio de los créditos se elevó siete puntos desde junio pasado. Y hoy, además, el deudor promedio está haciendo pagos netos de su deuda porque el crédito sigue cerrado. La carga financiera neta, esto es, la suma de los pagos de intereses y de las amortizaciones, después de descontar lo que al deudor promedio le entra en nuevos créditos, ha vuelto a los aplastantes niveles de 1998. Ahí hay un serio problema al cual las autoridades económicas no han querido pararle bolas.



Segundo, el aumento de la carga tributaria. Según el CONFIS, este año los recaudos tributarios del Gobierno Nacional aumentarán 31%, 23 puntos por encima de la inflación proyectada. Se elevaron el impuesto a las transacciones, el IVA, los aranceles, las retenciones sobre honorarios, el impuesto sobre la renta presuntiva y otro montón de tributos. Uno pierde la cuenta con tantos artículos e incisos pero el bolsillo no se equivoca. Puede que ese aumento sea necesario, pero es obvio que la caída del ingreso disponible después de impuestos no ayuda para nada a la demanda.



Tercero, la terrible depresión cafetera, que apenas se inicia. Todos sabemos lo que pasó: tras la pérdida de sus activos más valiosos, como Bancafé, que se fueron por el caño, de la antigua poderosa estructura cafetera no queda más que la costosa cáscara, incapaz de sostener el precio interno en medio de una sobreproducción internacional del grano. El desplome del precio interno real y de los ingresos de los agricultores ya comenzó pero se acentuará a medida que se modere la devaluación, que en el 2000 evitó una catástrofe mayor.



Cuarto, los despidos masivos en el sector público. Es el drama de una política fiscal que reconoce la necesidad de reducir los gastos como sea, tras años de expansión irresponsable, pero que carece del acompañamiento de una política macroeconómica seria, orientada a impulsar la demanda privada para compensar los ingresos laborales de los funcionarios que perdieron sus empleos.



Quinto, lo menos importante hasta ahora, una pérdida de ritmo de la economía de Estados Unidos. Su efecto ha sido resquebrajar la confianza de los inversionistas que, incluso en los sectores más orientados a las exportaciones, ahora prefieren aplazar las inversiones programadas hasta estar más seguros de cómo evolucionan las cosas.



Como pienso que lo prioritario en este momento es insistir en la necesidad de compensar, con una política económica expresa, todas esas influencias recesivas, he debido dedicar una parte desproporcionada de esta nota a una enumeración que luce muy sombría y desalentadora. Personalmente, no creo que se justifique el desaliento. Todas las influencias negativas mencionadas son reales e importantes, pero también es cierto que el país ha avanzado un gran trecho en la reducción de la inflación y en la corrección de los graves desequilibrios financieros, fiscales y de balanza de pagos que sufría hace pocos años.



Mi punto no es, ni mucho menos, que el país esté condenado a una nueva recesión o a un crecimiento mediocre. Todo lo contrario. Caer en una nueva recesión, sencillamente por la obstinación en perseguir unas metas mecánicas en materia de inflación, sin un intento serio de buscar el mejor resultado global para la sociedad, y sin reconocer la prioridad obvia de evitar un nuevo naufragio, sería la prueba reina de la incompetencia de la política económica.
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