Propuesta tributaria envenenada

| 9/1/2000 12:00:00 AM

Propuesta tributaria envenenada

La idea de que mediante la ampliación de la base tributariauno puede aumentar los recaudos sin un gran costo económico es falaz. Una alternativa.

por Javier Fernandez Riva

No me extraña que el país haya recibido con alarma el anuncio de una nueva reforma tributaria, y que se haya disparado el dólar. La credibilidad del Gobierno y la del ministro Santos, que antes de ser nombrado escribió contra más impuestos, recibieron un nuevo golpe.



Ni siquiera hay claridad sobre la motivación de la nueva reforma tributaria que se está cocinando. Algunos la proponen para cubrir un faltante de ingresos o para avanzar en la simplificación y la equidad fiscal, pero el ministro Santos ha dicho que se requiere para financiar $2 billones extras de inversión pública en el 2001, lo que casi duplicaría la inversión del Gobierno Central prevista por el CONFIS. Si así fuera la reforma no tiene sentido. Si en 1999, cuando era tan necesaria para atenuar la peor recesión de la historia, la inversión pública se cortó hasta el hueso, es absurdo que ahora se proponga elevar los impuestos para duplicar la inversión cuando, mal que bien, la economía está recuperándose con la ayuda de bajas tasas de interés, un dólar alto, el control al contrabando y las obras de Bogotá.



Hay quienes, incluyendo al Contralor, plantean la reforma como una racionalización del sistema tributario, que permitiría obtener recaudos adicionales hasta $3 billones, casi la mitad de lo que hoy genera el IVA, "simplemente" ampliando la base tributaria. Ampliar la base implicaría cobrar IVA en bienes y servicios hoy exentos, aunque quienes lo proponen prefieren abstenerse de precisar que eso cubre cosas como los arriendos, la educación, el servicio de transporte público y los gastos médicos. También significaría eliminar tratamientos especiales en materia de impuesto a la renta, como el de la industria editorial.



Quienes proponen la ampliación de la base tributaria parecen creer que, al hacerlo, mejorará la equidad tributaria, pues se estarán eliminando "privilegios", con un bonito dividendo fiscal y sin producir daños a la economía en general. Esa forma de ver las cosas pasa por alto los principios más elementales sobre el funcionamiento de una economía de mercado.



Que una actividad esté exenta de impuesto a la renta no significa que los empresarios que a ella se dedican tengan, al final de cuentas, un rendimiento neto superior al de los demás, que sean unos "privilegiados". Como hace 200 años David Ricardo podría haberles explicado a quienes hoy defienden la ampliación de la base tributaria con el argumento falaz de la eliminación de "privilegios", la dinámica de una economía de mercado lleva a que los recursos productivos se desplacen entre actividades hasta que el rendimiento normal, neto de impuestos y riesgos, más o menos se iguala en todas. Que la industria editorial o cualquiera otra no paguen impuestos no implica que su rentabilidad de largo plazo sea 35% mayor que la de otras actividades (porque las empresas editoriales se ahorran eso en impuestos) sino que, precisamente por no estar gravada, esa industria puede tolerar un menor beneficio antes de impuestos, y ampliarse más de lo que haría en otro caso.



Lo mismo vale para el IVA. Que la producción de un bien o servicio esté exenta del IVA no significa que sus productores estén haciendo unas utilidades extraordinarias. Sencillamente, poder fijar un menor precio les permite vender más, pero al final de cuentas su rentabilidad será similar a la de cualquier otro negocio, gravado o no.



Puede discutirse si las exenciones tributarias que hoy existen se justifican. En la mayoría de los países, incluyendo Estados Unidos, el sistema tributario es más complejo que el colombiano, pero no descarto que algunas de las actuales exenciones locales tengan mayores costos que beneficios. Mi punto es que resulta demagógico, y es necio económicamente, identificar la existencia de exenciones tributarias con "privilegios", suponiendo que su efecto es elevar de manera permanente la rentabilidad final para el empresario, y no el nivel de la actividad.



Una ampliación de la base tributaria inducirá una reducción de la producción en las nuevas actividades gravadas hasta que su rentabilidad neta, inicialmente golpeada por los nuevos impuestos, se recupere. A pesar de que la iniciativa se presenta con pretensiones de modernidad y eficiencia puede ser una torpeza incluso en un país que esté creciendo bien, y donde sea fácil que los recursos que sean liberados en las nuevas actividades gravadas se ocupen en usos alternativos. Pero en las actuales circunstancias del país, con un desempleo masivo y canales de crédito obstruidos, lo más probable es que los recursos que sean liberados por las actividades golpeadas por la ampliación de la base tributaria permanezcan desempleados durante años, con un gran costo económico neto.



Ahora bien, no descarto que, en vista de las restricciones existentes, sea necesario elevar los impuestos para atender la brutal carga de intereses sobre la deuda pública. Si, de todas maneras, hay que elevar los impuestos, una opción mucho más sana que la tentadora pero envenenada de "ampliación de la base tributaria", que entre otras cosas llevará a un gran desgaste del Gobierno en el Congreso, sería establecer una sobretasa arancelaria transitoria, de hasta diez puntos, sobre las importaciones. Por supuesto, una condición indispensable de cualquier reforma tributaria sensata es que se pueda evitar que los ingresos adicionales vayan a elevar las transferencias automáticas.



Una sobretasa arancelaria como la sugerida podría manejarse dentro del Grupo Andino y la OMC, causaría un mínimo de distorsiones en los precios relativos --porque el encarecimiento de las importaciones sería parcialmente compensado con un dólar más bajo-- y sería muy productiva para el fisco. Además, sería la única medida tributaria realmente "transitoria", sin una oculta vocación de permanencia.



No tengo espacio para explicar con más detalle esta propuesta y sé que arriesgo, de nuevo, la crítica fácil de mis colegas, sobre todo de los más interesados en mejorar sus credenciales de ortodoxia para eventual empleo en el Gobierno, en el Banco de la República o en la burocracia externa. Recuerdo que cuando, en 1997, el ministro José Antonio Ocampo estableció una pequeña sobretasa a las importaciones, lo calificaron de proteccionista irredento, y de ahí para arriba.



Pero bueno, cosas peores me han dicho. Como dicen las señoras, es mejor una vez colorado que cien descolorido.
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