Opinión

  • | 2006/03/16 00:00

    ¿Productividad = Tecnología?

    El crecimiento de la productividad en países como Colombia no depende de su capacidad de crear nuevas tecnologías, sino de facilitar la expansión de sus sectores más modernos.

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Hasta hace 3 décadas, se creía que la clave del desarrollo económico era el ritmo al que los países acumulaban factores productivos, en especial maquinaria, construcciones y todo tipo de capital físico. Luego se reconoció que el buen uso del capital físico requería educación y conocimientos, y se enfatizó la importancia del capital humano. Pero en la última década, varias investigaciones llegaron a la misma conclusión: las inversiones en capital físico o humano a veces rinden mucho, y a veces rinden poco, según el país y las circunstancias.

Las tasas de crecimiento económico obedecen mucho más al ritmo al que crece la productividad de los factores productivos, que a la velocidad a la cual se acumulan. Por esto, muchos economistas concluyen que lo importante es la tecnología, es decir, la forma como se utilizan los recursos de todo tipo para producir bienes y servicios.

Aunque en principio correcta, esa conclusión crea errores. Puede hacer creer que el principal instrumento de desarrollo es la política de ciencia y tecnología y que el gasto público más importante son los subsidios a la "investigación y el desarrollo" o a los sectores de tecnología de punta. En sustento de esta posición se argumenta que los países desarrollados que más atención prestan a estos asuntos a menudo son los que más crecen.

El mayor error es creer que productividad y sofisticación tecnológica son lo mismo. Para los países más pobres, las mayores fuentes de crecimiento de la productividad (y de la economía) son el aumento de la participación laboral, en especial de las mujeres, y el traslado de trabajadores de los sectores de baja productividad (como la agricultura o la informalidad) hacia sectores de alta productividad (como las industrias exportadoras intensivas en mano de obra de baja calificación). En etapas más avanzadas, y a medida que las nuevas generaciones adquieren más y mejor educación, los aumentos de productividad pueden conseguirse moviendo trabajadores de los sectores industriales tradicionales hacia los sectores más modernos con posibilidades de expandirse, como las exportaciones con mayor contenido de tecnología y diseño, o como los servicios de información o las comunicaciones.

Durante buena parte de este proceso no hay que crear nueva tecnología. Basta con tomar y adaptar las tecnologías ya inventadas por los países más desarrollados. Por eso, los indicadores de desarrollo tecnológico que son relevantes en las etapas tempranas e intermedias de desarrollo económico no son tanto el gasto en investigación y desarrollo, o el número de patentes, sino diversos indicadores que reflejan la capacidad para asimilar la transferencia tecnológica del exterior y para mover recursos productivos hacia los sectores más modernos. Por ejemplo, es bueno si el país es receptivo a la inversión extranjera, si sus sectores exportadores son de tecnología avanzada, si se están adaptando rápido las nuevas tecnologías de comunicaciones e informática y si hay un ambiente legal y regulatorio adecuado para la expansión de esos servicios. Esto no quiere decir que países como Colombia puedan bajar la guardia en tecnología. Significa que deben proponerse metas acordes con su nivel de desarrollo. Y lo grave es que, con este patrón, Colombia no queda bien en las comparaciones internacionales (ver gráfico). Para su nivel de desarrollo, Colombia debería exportar más productos con contenido tecnológico, tener una red más densa de usuarios de internet, y tener más profesionales en las ramas de ciencia e ingeniería. Y, sobre todo, debería tener una base más amplia de trabajadores con educación secundaria completa y con mejores habilidades básicas en matemáticas, lectura y escritura. Sin estas bases, generarán poco crecimiento los esfuerzos que hagan sus científicos o sus inventores para desplazar la frontera tecnológica. Nota: El autor está vinculado al BID, pero sus opiniones no comprometen a esta institución.
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