Problema relativo

| 7/6/2001 12:00:00 AM

Problema relativo

Colombia tiene opciones para resolver el problema pensional que envidiarían los países desarrollados, pero su incompetente política de empleo las está malbaratando.

por Javier Fernández Riva

En el mundo de las hormiguitas el chorro de una manguera desata una catástrofe. Y Colombia se está ahogando en una situación pensional que envidiaría cualquier país desarrollado. Pero que el problema solo luzca colosal en comparación con las dimensiones de nuestra política económica no significa que no pueda ser fatal. Pregúnteles, si no, a las hormiguitas.



¿Cómo así? ¿No están dedicadas nuestras mentes económicas más lúcidas a advertirnos que iremos al infierno si seguimos pecando de desequilibrio entre las contribuciones y los beneficios pensionales? ¿Y no está aumentando la calvicie de nuestros economistas jóvenes de tanto mesarse los cabellos para tratar de buscarle una salida a ese problema?



No tengo nada contra ese apostolado, meritorio. Pero me preocupa la obsesión en mirar solo un lado del problema y pasar por alto otras exigencias y posibilidades. Es cierto que no habrá salida a menos que logremos equilibrar el valor presente de los beneficios de cada futuro pensionado con lo que cotizó para las pensiones durante su vida laboral. Y estoy convencido de la necesidad de acabar con las incontrolables oportunidades de estafa que crea el sistema a cargo del Estado, y de clausurar esa avenida para el abuso legalizado, que hoy lleva hasta a los más honestos magistrados, los más pundonorosos militares y los más fieros Catones, cuando se aproximan a la edad de retiro, a tratar de encaramarse sobre los hombros de los nietos de los demás, porque la ley se lo permite. Pero me parece que, aun haciendo esa corrección, no habrá salida si nos resignamos a la hemiplejía de la política económica. Hay muchas otras cosas que tendrían que hacerse para no ahogarnos en el problema pensional. En algunos países avanzados, como Japón, el problema de las pensiones no solo es grave sino intratable. Tan intratable como... bueno, como la vejez. Porque la cuestión es precisamente esa: una población envejecida, con un promedio de 40 años o más y una cola de personas mayores de 50 que luce como la de un cocodrilo, más larga que el cuerpo. Ya hay menos de 4 trabajadores por cada pensionado y se sabe que en pocas décadas cada 2 trabajadores tendrán que cargar un pensionado, que además parece eterno. Pero lo más crítico, lo que hace que la cosa más que un problema sea una tragedia, es que no hay mucho que Japón pueda hacer, distinto de cortar y cortar beneficios pensionales, porque la fuerza de trabajo japonesa ya está casi toda empleada, casi todos los empleados ya están contribuyendo para las pensiones y las tasas que pagan ya son insoportables.



¿Cómo se compara eso con Colombia? Para evitar confundir un problema contable con el problema económico de fondo es preciso usar las cifras consolidadas del sistema de Fondos de Pensiones y del ISS y las cajas previsionales de todo tipo. Porque, si se mira solo un bolsillo de la economía, subrayando el "creciente déficit operacional del ISS" (el desequilibrio de ese sistema entre los ingresos que recibe por cotizaciones y sus egresos por pagos de pensiones), se estará concediendo el punto a quienes creen, erróneamente, que todo se arreglaría si se detuviera el éxodo de afiliados al ISS y se echara para atrás la historia, obligando a muchos trabajadores a volver al ISS.



La situación global de Colombia en materia de pensiones y contribuyentes potenciales es incomparablemente mejor que la de Japón y casi cualquier país desarrollado. En total el año pasado había 604.000 pensionados por vejez, invalidez y sobrevivencia. El número de cotizantes activos al sistema de pensiones, en cualquiera de sus modalidades, era 4,9 millones. El número total de afiliados al sistema pensional, incluyendo los que en ese momento no estaban cotizando, era 8,5 millones. El número total de colombianos ocupados era 16,5 millones. Y la fuerza de trabajo, la suma de los ocupados y de quienes estaban buscando emplearse, era 19,7 millones, esto es, 32 veces el número de pensionados.



Por rápido que en las próximas décadas crezca el número de pensionados, y por mucho que suba su esperanza de vida, en Colombia la baja relación de pensionados a cotizantes potenciales otorga una capacidad de maniobra que ya quisieran para sí muchos países del mundo. Pero esa ventaja no debe malbaratarse como malbaratamos tantas otras riquezas. Es necesario diseñar, cuanto antes, una política efectiva para elevar el empleo y el número de contribuyentes al sistema pensional a fin de resolver de verdad el problema, en lugar de limitarnos a un simple remiendo para cumplir un compromiso con el FMI. Cualquier análisis aterrizado muestra que, aun las propuestas de solución más sensatas de la crisis pensional (las que no tratan, simplemente, de comprar tiempo para el ISS, arreglando un problema contable y de caja pero a costa de agravar el problema de fondo) apenas contribuirán modestamente a la corrección del desequilibrio. Ello es así porque, en el actual entorno económico, hay límites muy estrechos para subir las cotizaciones, y porque el ahorro derivado de cualquier recorte viable de los beneficios pensionales tardará lustros o décadas en hacerse efectivo, y valdrá poco en valor presente.



Pero hay una enorme brecha entre las posibilidades y lo que es probable. La usual política económica hemipléjica ha probado ser incompetente para elevar el empleo y para crear condiciones que le permitan a la mayoría de las empresas, y no solo a una fracción, pagar salarios que dejen un margen suficiente para las contribuciones al sistema pensional. Y nada garantiza que, aun si se crearan tales condiciones, los mecanismos utilizados garanticen el aumento de las contribuciones.



De manera que la cosa da para un renacer del optimismo o para más pesimismo. Uno puede alegrarse al saber que el problema pensional colombiano solo luce descomunal frente a una política económica liliputiense, y que sería un juego de niños para un país con una política económica competente. O puede entrar en una severa depresión, precisamente por eso.
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