Opinión

  • | 2006/10/27 00:00

    ¿Por qué se pagan las deudas?

    La economía es solo una parte de la explicación, el resto es política y psicología colectiva.

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Las deudas se pagan porque sería más costoso no pagarlas. Esta es la respuesta que siempre han ofrecido los economistas, y que parece ser bastante acertada para el caso de las empresas e incluso de las familias. Para una empresa tiene sentido dejar de pagar cuando la deuda vale más que los activos ofrecidos en garantía. Para una familia que tiene una hipoteca, carece de sentido seguir pagando cuando el precio de la casa hipotecada es menor que el de la deuda (de ahí la crisis hipotecaria que estalló en Colombia en 1998).

Pero las cosas no son tan claras en el caso de los gobiernos. No hay un activo ofrecido en garantía a los acreedores y en la actualidad no es factible que un país sea invadido o colonizado, o que sus ingresos externos o fiscales sean incautados para cubrir las obligaciones externas. Visto de esta forma, es sorprendente que la mayoría de los gobiernos pague cumplidamente sus deudas.

Este es uno de los temas más apasionantes que se tratan en el informe del BID Vivir con deuda, que acaba de ser publicado en Washington. En la abundante literatura teórica sobre este tema se han propuesto diversas explicaciones, que en esencia buscan demostrar que, aunque no haya una garantía tangible, incumplir las obligaciones de deuda acarrea costos.

Los costos del incumplimiento pueden ser financieros o comerciales. Por ejemplo, el gobierno puede perder acceso al crédito posteriormente o puede verse obligado a pagar elevadas tasas de interés. Estos problemas pueden afectar también al sector privado, el cual además puede verse afectado si los acreedores externos consiguen que sus países impongan restricciones al comercio con el país deudor.

Aunque todos hemos oído alguna vez este tipo de explicaciones, la verdad es que carecen de sustento empírico. Estos costos pueden existir, pero la experiencia ha demostrado una y otra vez que son muy pequeños y pasajeros. En los 90, todos los países que tuvieron incumplimientos recuperaron el acceso al crédito en condiciones bastante normales poco tiempo después de haber reestructurado sus deudas. Y aunque los exportadores se vieron afectados por falta de crédito comercial, sus dificultades fueron temporales y de menor cuantía frente al tamaño de las deudas del gobierno.

Para entender por qué se pagan las deudas públicas quizás es útil preguntarse por qué los gobiernos están dispuestos a recortar gastos que parecen más necesarios, y a estrangular a las empresas y los contribuyentes con mayores impuestos, antes que incumplir los compromisos con los acreedores. De hecho, la mayoría de los casos de incumplimiento ocurre después de que los países se han hundido en recesiones brutales, que a menudo arrastran a la crisis a los sectores financieros y a numerosas empresas. En otras palabras, los gobiernos incurren en costos adicionales por tratar de pagar las deudas, más que por no pagarlas. Algunos países continúan pagando sus deudas en forma indefinida aunque tal cosa implica una carga fiscal y financiera que paraliza la inversión y el crecimiento. ¿Por qué?

Una razón es que al asumir estos costos, los gobiernos tratan de darles claramente el mensaje a los acreedores de que si dejan de pagar es porque no pueden, no porque no quieran. De esta forma, buscan evitar los posibles costos financieros y comerciales en que incurrirían con un incumplimiento estratégico. Pero, como hemos visto, estos costos no son muy grandes, al menos para los incumplimientos que tienen lugar en la práctica (muy pocos de los cuales deben ser estratégicos). En cualquier caso es difícil que ahí esté toda la explicación.

Como suele ocurrir en los asuntos de gobierno, la economía es solo una parte de la ecuación, el resto es política y psicología colectiva. En algunos casos, las élites en el poder son los mismos acreedores o están capturados por ellos. Más comúnmente, los presidentes y ministros de hacienda están tratando de defender su propio prestigio y el de sus partidos (en 18 de 19 casos recientes de incumplimiento, el partido de gobierno perdió las siguientes elecciones), y no están dispuestos a aceptar el fracaso que implica romper los compromisos financieros, sino cuando ya es obvio que no hay otra opción.

Por irracional que parezca a primera vista, hay una lógica profunda en este comportamiento: la política está basada en la delegación del poder a los políticos y a las instituciones de gobierno, y esa delegación se basa en la confianza. Si los políticos rompen contratos tan visibles como los compromisos de deuda, ponen en peligro no solo su propio pellejo, sino toda la red de instituciones pública. De ahí que los incumplimientos de deuda anunciados e intencionales solo suelen darse entre los políticos antiestablishment. Pero incluso ellos, una vez logran entrar al club del poder, tienden a ser los más fervientes conversos. ¿Se acuerdan de Alan García, o de Lula, o de tantos otros? ?


Nota: Las opiniones de este artículo no comprometen al BID ni a los autores del estudio citado.
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