Opinión

  • | 2003/09/19 00:00

    Por una función de bienestar

    Sabemos casi todo respecto al estar mal. Sabemos casi nada respecto al estar bien; al bienestar.

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En diez años, como de costumbre, vamos a estar viviendo "la crisis más profunda de la historia y el país estará en una encrucijada". Seguiremos pensando que necesitamos más líderes que ideas. Seguiremos pensando que los que cambian los países son los líderes, no las ideas.

En diez años, vamos a estar "viviendo una debacle presupuestal sin precedentes" y nos habrán dejado la "olla raspada", "habrá sudor y lágrimas" y "nos estaremos hundiendo como el Titanic". Aún así, persistiremos en hacer magia macroeconómica, maximizando una función de bienestar sin restricción y sin objetivo, en un modelo económico digno de Ionesco.

En diez años, los mismos individuos que promueven el Estado empresario seguirán indignados por el crecimiento de la deuda y el consecuente incumplimiento de los derechos fundamentales, como si la deuda fuese un origen y no un resultado. Bajo una concepción que sería la envidia de los sofistas, estos adalides de lo social seguirán descubriendo la noción de efecto sin causa.

En diez años, en los turcos de los clubes será aún más claro que el cáncer es lo público; que la sociedad no puede vivir sin restaurantes, sin traders, sin diseñadores de moda, sin revistas de farándula, pero puede pasar de largo de maestros, de medicina pública, de jueces y de toda esa escoria que representa ese parásito que es el funcionario público. Se les congelarán los salarios.

En diez años, el Departamento Nacional de Planeación seguirá reestructurándose a sí mismo, pensando que es el Estado y sorprendido de que el Estado no exista. Los funcionarios del Banco Mundial seguirán llegando para sobrellevar los duros inviernos de Washington y redactarán documentos con 1, 1.1, 1.1.1, 1.1.2, 1.1.2.1 y así sucesivamente, hasta que los supermercados de Bethesda los capturen para siempre.

En diez años, nuestra distribución del ingreso será igual o peor que la actual y aún así seguiremos subsidiando la gasolina a las Cherokees e incrementando aranceles agrícolas, para garantizar un buen precio a la tierra. Pobres los pobres. También dentro de diez años.

En diez años, la izquierda mediática anunciará que la catástrofe del sector eléctrico nada tiene qué ver con costos medios y marginales, que eso no es más que una coartada neoliberal, que el país fue saqueado y que los recursos fueron depositados en una cuenta cifrada en Cayman por un instructor de tenis, natural de Tulúa, Valle. Un audaz reportero investigativo ganará un Simón Bolívar y los costos medios, los marginales y todas aquellas personas que carecen de servicios públicos seguirán en el olvido de la izquierda, del audaz reportero y del país.

En diez años, seguiremos reduciendo la economía a los flujitos de caja del Fondo Monetario. La seguiremos reduciendo a esos manuales a los que se les perdió la historia, la filosofía moral, la función de bienestar, la definición de lo público. Seguiremos haciendo esa economía, que es economía pobre; que es contabilidad pobre; que es mezquina. Que por ser tan poco, es que tan poco sirve.

O de pronto, volveremos a hacer economía de verdad. Volveremos a pensar que es realmente bienestar y diseñaremos un gasto público acorde a ese concepto. Así nos podremos contestar si el bien está en el exceso, como decían Bentham y los neoclásicos; o si está en la restricción, como decía ese marginalista de curvas de indiferencia cóncavas que es Epicuro, o si está en la negación, como en el Tao.

Como no tenemos función de bienestar, no tenemos economía. Hay que inventársela; hay que pensarla. Si no, en diez años, vamos a estar en las mismas.
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