Opinión

  • | 2004/03/19 00:00

    ¿Por qué China nos está desplazando?

    La inversión extranjera se dirige a China, por su estabilidad macro, bajos costos laborales e infraestructura. Pero la batalla se librará en el terreno de las instituciones.

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En México, las maquilas han perdido 250.000 empleos en los tres últimos años y las entradas de inversión extranjera directa han caído de US$16.000 millones en 2000 a US$11.000 millones el último año. También en Brasil la inversión extranjera ha caído fuertemente, y en toda América Latina se ha reducido 58% en estos tres años. Quizás la región ya no ofrece las mismas oportunidades de inversión que hace unos años, quizás el ambiente político en muchos países es ahora menos atractivo. Sin embargo, también es muy posible que China sea en parte la causa de estas tendencias. Al fin de cuentas, China es el receptor número uno de inversión extranjera directa del mundo. En 2002, las empresas de Estados Unidos invirtieron diez veces más en China que en 1992. Sin duda, parte de ese aumento fue en detrimento de inversiones en América Latina.

La abundancia de mano de obra barata es la ventaja más evidente de China para atraer inversión extranjera. El salario promedio en la industria manufacturera son unos US$110 mensuales, mientras que en Colombia, El Salvador o México, los salarios mínimos superan los US$120 y hay que agregarles impuestos a la nómina varias veces más altos que en China.

Hace un par de décadas, la infraestructura de transporte, comunicaciones y energía era más precaria en China que en la mayoría de los países latinoamericanos. Pero los progresos recientes han sido extraordinarios. Por ejemplo, en los últimos doce años, China ha pasado de cero a 12.000 kilómetros de autopistas interprovinciales, convirtiéndola en el país con la mayor red de autopistas del mundo. Las instalaciones portuarias también han mejorado apreciablemente. China tiene 200 puertos, varios de ellos entre los diez más grandes del mundo. China ya tiene más suscriptores de televisión por cable (100 millones) y más teléfonos móviles (145,2 millones a fines de 2001) que Estados Unidos. Además, tiene más de 180 millones de líneas telefónicas fijas (16 por cada 100 habitantes) e internet cuenta con 36,6 millones de suscriptores. Debido a las privatizaciones, muchos países latinoamericanos también han logrado progresos notables, pero más concentrados en las áreas de telecomunicaciones y, en menor medida, en electricidad y puertos.

Otra ventaja nada despreciable es la estabilidad macroeconómica de China, que radica en la ausencia de inflación, los bajos niveles de deuda del gobierno y la solidez de sus reservas internacionales y de su balance externo.

Sin embargo, no todo en China son fortalezas. La mayor debilidad es la falta de separación entre el Estado y el mercado, lo que resulta en un sistema financiero que solo sirve para financiar las empresas estatales, y en normas corporativas y regulaciones sectoriales que -buscando proteger a esas empresas- entorpecen la innovación y la competencia. La falta de separación entre el Estado y el mercado se extiende a todos los aspectos de la actividad económica, con el agravante de que no se trata de un Estado cohesivo y centralizado, sino de una hidra de mil cabezas que opera a niveles distintos de gobierno y que crea un ambiente propicio a la corrupción y a la incertidumbre legal y contractual. Por ejemplo, recientemente un medio de prensa denunció que el 84% de las ventas de derechos de tierra en Shangai en los dos últimos años se realizó utilizando mecanismos ilegales.

China está muy lejos de tener un sistema judicial independiente que ayude a poner orden a las relaciones entre las empresas privadas y el Estado y ponga coto a la corrupción. Excepto en algunas de las grandes ciudades costeras del Este, la gran mayoría de los más de 200.000 jueces que hay en China son oficiales retirados del Ejército de Liberación Popular, que carecen de formación legal e independencia. Más grave aún, el incipiente sistema jurídico resulta extraño a la tradición cultural china.

Los costos salariales y la infraestructura son ventajas importantes, pero no decisivas. La calidad de las instituciones será el verdadero campo de batalla entre China y los países latinoamericanos.
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