Opinión

  • | 1999/02/26 00:00

    Políticas cambiarias para emergentes

    Es patético que los países más pobres del mundo sigan siendo inducidos a quebrar sus economías con tasas de interés absurdas para mantener una estabilidad cambiaria.

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Les propongo a mis lectores una adivinanza. Hay un país cuyo equipo económico venía debatiendo intensamente desde hace rato una estrategia para reanimar la producción, la cual al final del 98 entró en franca recesión, y para bajar las tasas de interés no sólo con propósitos reactivadores sino para desactivar la bomba de una crisis financiera y para aliviar el oneroso servicio de la deuda pública interna. Y un dato más. En los últimos días, el país que les pido identificar tomó, por fin, decisiones monetarias y cambiarias cruciales.



A pesar de la recesión local, de nuestra crisis financiera y de la lastimosa situación del fisco nacional, agobiado por el pago de los intereses de la deuda pública, no creo que muchos de los lectores hayan pensado en Colombia. Pero si alguno lo hizo no estaría ni frío porque, al contrario del país de mi cuento, que acaba de adoptar una estrategia para salir de la recesión, nuestras autoridades siguen esperando que las cosas se resuelvan a punta de declaraciones oficiales sobre la inminencia de la recuperación ahora que las tasas de CDT están "apenas" 13 puntos sobre la inflación.



Bueno, voy a darles más datos. El país en cuestión tiene un déficit fiscal consolidado de entre 8% y 10% de su Producto Interno Bruto, más del doble del colombiano. Y las decisiones estratégicas que sus autoridades acaban de tomar fueron las de inyectarle más dinero a la economía y darle prioridad a la baja de la tasa de interés, dejando que el dólar suba hasta donde el mercado quiera. Definitivamente, no se trata de Colombia, casada con la famosa banda.



¿Ecuador, entonces? ¿Brasil? Esos dos vecinos nuestros cumplen todas las condiciones de recesión, crisis o precrisis financiera, deuda fiscal agobiante, déficit fiscal en los órdenes señalados y devaluación reciente. Pero el país del que hablo, que también satisface esas condiciones, tiene por los menos dos diferencias de bulto con Ecuador y Brasil. La primera es que la tasa de interés que tiene tan preocupadas a sus autoridades es de 3 puntos, no de 30 ó 40 puntos sobre su inflación. La segunda es que, a diferencia de Ecuador y Brasil (y también de Colombia), el país que acaba de aceptar que su moneda se desplome frente al dólar con tal de poder ampliar su oferta monetaria y bajar las tasas de interés no sufre un déficit en su balanza de pagos en cuenta corriente, que por sí mismo pudiera hacer aconsejable una devaluación, sino que disfruta del mayor superávit corriente del mundo.



Es Japón, claro. En la semana de febrero 19, el yen cayó más de 5% frente al dólar. ¿Y cuál fue la reacción de las autoridades japonesas? ¿Acaso desespero oficial, reculada y aumento de las tasas de interés para "defender la moneda", según la receta de moda para América Latina? Todo lo contrario. La agencia Bloomberg informó que el ministro de Finanzas Miyazawa, el gobernador del Banco Central Hayami y una tanda de otros altos funcionarios del equipo económico declararon que estaban muy complacidos con la debilidad del yen, a raíz de la decisión del banco central de bajar su tasa interbancaria de 0,25 a 0,15%. Así como se lee: de un cuarto de punto a casi nada... Y hay más. A pesar del enorme superávit comercial de Japón, el jefe de Planeación Nacional, Sakaiya, se congratuló por la caída del yen que, según dijo "apoyará el crecimiento económico al abaratar las exportaciones".



Mientras eso sucedía en la segunda potencia económica mundial, al otro lado del mundo el secretario del Tesoro de la primera potencia, Robert Rubin, el mismo funcionario que tan activamente participó en el diseño de los paquetes de ayuda a Brasil para facilitarle mantener sobrevaluado el real hasta que ese país se reventó el mes pasado (y que, según entiendo, ha mostrado la mejor disposición a colaborar con Colombia en el mismo sentido) rechazó tajantemente sugerencias internacionales de buscar una mayor estabilidad entre el dólar, el euro y el yen. Las agencias internacionales dicen que Rubin dijo que "cualquier intento de contener los movimientos de las divisas corre el riesgo de exacerbar los ciclos económicos" y podría entrar en contradicción con los intereses económicos estadounidenses.



Una de las razones por las que ni Estados Unidos ni Japón están dispuestos a apuntar a la estabilidad cambiaria (lo que implicaría aceptar que las tasas de interés suban eventualmente, con propósitos cambiarios, aunque la salud de la economía requiera lo contrario) es que hoy ninguna persona seria se atrevería en esos países a sacar el espantapájaros de los "terribles efectos inflacionarios" de una caída de la moneda nacional, al estilo de nuestros inefables directores del banco central.



Voy a apoyarme en una gráfica porque la distancia entre la sabiduría convencional y la realidad es abismal, y hay que verla para creerla. En la figura se presenta la devaluación anual del dólar contra el yen y la inflación anual para consumidores en Estados Unidos. La inestabilidad cambiaria ha sido fenomenal pero su impacto sobre la inflación de Estados Unidos (o, para el caso, sobre la de Japón) ha sido imperceptible. Como lo fue el efecto sobre la inflación colombiana de la devaluación nominal del peso frente al dólar de más del 41% entre julio de 1997 y hoy, contrariando los augurios de muchos analistas locales y externos.



Tratemos de ver las cosas en perspectiva. Dentro de unos años, el que al final del siglo XX las dos mayores potencias económicas mundiales se negaran a sacrificar su crecimiento y a generar riesgos para sus sistemas financieros en pro de la estabilidad cambiaria, mientras una tanda de países de ingresos miserables, que para colmo sufrían enormes déficit corrientes, estuvieran dispuestos a encarar recesiones profundas y a destrozar sus frágiles economías con tasas de interés irrazonables con el único fin de mantener sus monedas sobrevaluadas, será una de esas deliciosas paradojas económicas que tanto fascinan a los snob académicos. Por ahora es sólo una desgracia.
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