Opinión

  • | 2011/03/18 00:00

    ¿Política de precios o política con precios?

    Independientemente de lo que los detractores de la política de desmonte de subsidios digan, lo cierto es que, para la sociedad, sus beneficios superan por mucho los costos de la misma.

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Por estos días el precio de la gasolina ha vuelto a ser protagonista en los medios y la política. Gracias a la reciente subida de los precios del petróleo -cuyas causas pueden ser múltiples, y que no son objeto de esta columna- el Ministerio de Minas y Energía anunció un incremento de un poco más de $200 por galón en el combustible. El aumento obedece a que desde hace ya más de diez años el Gobierno tomó la decisión de equiparar el precio del energético al del mercado internacional, con el fin de eliminar los subsidios que históricamente la sociedad colombiana había estado otorgando a los pocos consumidores de gasolina en el país.

Todos los argumentos que se esgrimen para reversar la política de eliminación de subsidios a la gasolina brillan por dos cosas a la vez: su populismo y su falta de coherencia con políticas económicas sanas y ortodoxas. Es muy fácil salir a hacer política con la gasolina, pues genera titulares rimbombantes y mucho más divertidos y fáciles de entender que las explicaciones extensas, secas e infinitamente aburridoras pero conceptualmente impecables y necesarias para comprender el por qué de la política de eliminación de subsidios.

Independientemente de lo que los detractores de la política de desmonte de subsidios digan, lo cierto es que para la sociedad los beneficios de dicha política superan por mucho los costos de la misma. Y lo que proponen hacer dichos detractores -fijar el precio como el costo más un margen, poner un techo al precio de la gasolina, entre miles de ideas muy creativas pero pésimas- implica en todos los casos retornar a los subsidios a la gasolina.

Ex ministros, académicos y economistas han explicado hasta el cansancio la política de precios de la gasolina. Entre otras, han derrumbado sistemáticamente el principal argumento de los detractores de dicha política, como es el aumento generalizado en los precios. Mirando los números y haciendo un ejercicio de matemática elemental, se puede observar que el impacto es bastante menor de lo que los titulares dicen. Mientras desde 1999 hasta hoy la gasolina ha subido 250% (un poco menos de 25% al año), los precios lo han hecho en 85% (alrededor de 8% al año). Esto obedece a que el impacto de la gasolina en la canasta familiar es de alrededor del 1%.

El otro argumento es que los petroleros se están ganando demasiada plata y que deberían transferir parte de la misma a la sociedad, vía menores precios. Sin embargo, para lograr suministrar gasolina a los colombianos, dichos petroleros han perdido cantidades significantes de recursos tratando de encontrar el hidrocarburo, sin éxito -en efecto, por cada pozo que produce petróleo, en promedio, en Colombia, se han perforado seis más-, por lo que la recompensa no solamente es merecida sino mucho menor de lo que parece. Sería bueno que algunos políticos invirtieran sus recursos en exploración petrolera para ver si por fin entienden cómo es que funciona el negocio y si se le miden al riesgo.

Lo que los detractores de la política no dicen es que los subsidios de la gasolina llegaron a sumar entre $4 billones y $6 billones al año, una reforma tributaria en sí misma. Para poner esta cifra en contexto, corresponde más o menos a 60% del costo de reconstrucción por la ola invernal, estimado por el Gobierno.

Pero el argumento más contundente para defender la política de desmonte de subsidios es la profunda inequidad que generan los mismos. En la medida en que se revierta dicha política, el grupo receptor de los subsidios sería el millón de colombianos propietarios de casi la totalidad del parque automotor que utiliza este combustible.

Es más fácil hacer política con los precios que política de precios. Pero es infinitamente más importante lo segundo.

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