Javier Fernández Riva

| 12/7/2001 12:00:00 AM

Política anticíclica exitosa

En medio de circunstancias externas y de orden público muy desfavorables la nueva política económica logró salvar al país de una nueva recesión..

por Javier Fernández Riva

Me alegra poder señalar que este año económico termina mucho mejor de lo que comenzó. Nada fenomenal, por supuesto, ni una invitación al aplauso. El resultado del manejo económico de los últimos años sigue siendo lastimoso pues el ingreso per cápita es hoy menor que el de 1994 y el desempleo sigue por las nubes, para no recordar otras tristezas. Pero, que estábamos mal, y que el crecimiento del 2001 no llegaría a la mitad del que proyectó inicialmente el gobierno, se sabía hace rato. Lo importante es que la nueva tendencia es favorable. Entre el segundo y el tercer trimestre la producción global, depurada de efectos estacionales, creció al 3,1% anual. En octubre el empleo urbano creció 2,2%, muy por encima del aumento usual de ese mes. Y las noticias que llegan sobre las ventas del comercio al por menor, la edificación, las telecomunicaciones y otros sectores que solo dependen del mercado interno son alentadoras.



La aceleración de la producción en la segunda parte del 2001, basada en la demanda, tiene un mérito especial porque el entorno externo y el orden público no ayudaron para nada. Quienes insisten en atribuir la crisis económica de 1998-1999 a unas míticas circunstancias externas desfavorables y a los problemas del orden público, para salvar su responsabilidad en el disparo mortal de las tasas de interés y en el manejo "procíclico" del fisco en ese período, tendrían que torcerle el cuello a la lógica para explicar, sin señalar los cambios en las políticas, que en el segundo semestre de este año la economía colombiana acelerara en medio de una recesión mundial, un tenso clima internacional por el ataque terrorista a Estados Unidos, el derrumbe final de Argentina, la intensificación de los atentados de la guerrilla contra la infraestructura energética y el fracaso ya inocultable de las negociaciones de paz con las FARC.



Algunas de las causas del aumento reciente de la demanda interna son tan naturales como el paso del tiempo. Entre 1997 y hoy la población aumentó en casi 3 millones de personas. Después de 5 años en que casi no se construyó, por fin se redujeron los inventarios de edificaciones. Y los productores no pudieron seguir posponiendo todas sus inversiones para reposición y modernización. Pero en un entorno internacional recesivo eso no habría bastado para compensar la caída de las exportaciones, de no ser por las bajas tasas de interés y por el aumento del gasto del gobierno nacional en el segundo semestre.



Gracias a Dios en Estados Unidos a ningún economista serio se le ocurre discutir que, en medio de una recesión, la baja de las tasas de interés del banco central, incluso transitoriamente por debajo de la inflación, es aconsejable para evitar que la situación empeore. Este año el presidente de la Reserva Federal, Alan Greespan, les dio una gran lección a todos sus colegas de bancos centrales alrededor del mundo al bajar sus tasas de descuento de 6,5% a 2,0%. En Colombia el Banco de la República siguió el ejemplo, más tímidamente, y bajó sus tasas de 12% a 8,75%. Y la abundancia de liquidez finalmente quebró la resistencia a la baja de las tasas de los créditos comerciales.



Pero esa política monetaria de apoyo al crecimiento habría sido mucho menos eficaz si no se hubiera combinado con una política fiscal anticíclica. El gobierno tiene el mérito de haber decidido ejecutar en forma muy agresiva su programa de inversiones y de pago de la "deuda flotante" en los últimos meses. Y hay que decir que el Ministerio de Hacienda se lució al financiar esa expansión del gasto sin generar presiones sobre las tasas de interés.



El costo efectivo de esa política fiscal será moderado. Nuestra experiencia en 1999, cuando el déficit fiscal explotó en medio de los esfuerzos para contenerlo apretando las clavijas del gasto, y el actual drama de Argentina, cuya situación fiscal empeoró después de recortes draconianos del gasto, porque la recesión diezmó los recaudos, ilustran que a menudo la forma más eficaz de evitar el deterioro de las finanzas públicas es defender el crecimiento económico.



Nada de lo dicho implica que si el entorno externo sigue complicándose la política mencionada sea suficiente para compensar las tendencias recesivas. Pero el nuevo pragmatismo de las autoridades justifica cierto optimismo sobre la capacidad del país para mantenerse en una senda de crecimiento aun en circunstancias externas poco propicias. Para lo cual, después de todo, no se requieren supergenios ¿no fue eso, acaso, lo que Colombia logró durante siete décadas, antes del colapso de 1999?
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