Opinión

  • | 2005/05/27 00:00

    Poder local, democracia, globalización

    Las autoridades locales están llamadas a participar en el nuevo multilateralismo. La sociedad civil organizada y los sectores parlamentarios deben ser tenidos en cuenta.

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Hace sesenta años, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, los países victoriosos decidieron crear las Naciones Unidas con el fin reconstruir Europa y mantener la paz. Durante la Guerra Fría, este propósito se logró. En este foro de naciones se forjaron los grandes acuerdos internacionales para el desarrollo, su financiamiento y la construcción de la democracia que hoy nos rigen.

Sin embargo, el esquema parece haberse agotado y por esta razón, el Secretario General de Naciones Unidas viene proponiendo insistentemente una reforma para adaptar la organización a los nuevos desafíos que demanda un mundo globalizado. Enfrentar retos como la erradicación de la pobreza y el hambre, garantizar la sostenibilidad del ambiente, reducir la mortalidad infantil, combatir el VIH/SIDA y mantener la estabilidad y la paz, entre muchos otros problemas que aquejan a la humanidad, requerirá una apertura a otras voces para la toma de decisiones. En otras palabras, la ampliación de la democracia global a otros actores.

Una de las principales consecuencias de la globalización es la creciente interdependencia entre lo global y lo local. En el nivel local se dan los eventos cotidianos que interesan al ciudadano y sus instituciones; sin embargo, muchas de las decisiones que lo afectan son tomadas en otros escenarios ya sea de la nación o del mundo, donde su participación en esas decisiones es inexistente.

No cabe duda de la importancia que juega hoy el nivel local en lo político, económico, social y ambiental. Precisamente allí se dan las soluciones a los problemas de la gente. Sin embargo, y paradójicamente, en los niveles nacionales y globales se formulan las políticas, sin que en ellas se tome en cuenta a quienes luego deben implementarlas. Esta es una de las principales razones por las cuales muchos de los programas y proyectos diseñados a partir de políticas que no consultan la realidad local, tienen asegurado su fracaso. Se presenta así una evidente contradicción.

Por todo lo anterior, es difícil explicarse que las discusiones de los acuerdos multilaterales -y de los acuerdos bilaterales- aún continúen haciéndolas los representantes de los gobiernos nacionales a puerta cerrada, cuando afectan de manera directa a los ciudadanos en el nivel local sin que ellos tengan la posibilidad de expresar sus puntos de vista.

¿Cómo explicarse que los alcaldes y las autoridades locales tengan que enfrentar las consecuencias de las decisiones que estos acuerdos acarrean sin que hayan tenido la posibilidad de intervenir en ellos? Pero, además, ¿cómo explicarles a los ciudadanos que los eligieron que la responsabilidad de esas decisiones está fuera de su control?

Un buen ejemplo es el de las negociaciones del TLC, en las cuales los alcaldes de las grandes ciudades se han visto marginados. ¿Cómo no tomar en cuenta ciudades como el Distrito Capital que, además de contar con una significativa población, aporta más del 25% del PIB? Este vacío seguramente tendrá consecuencias negativas en el mediano plazo.

Esta es una de las razones por las cuales los gobiernos y autoridades locales están llamados a jugar un papel fundamental en el nuevo multilateralismo y en particular en las negociaciones bilaterales. Igualmente, la sociedad civil organizada y los sectores parlamentarios deberán contar con un espacio en los nuevos esquemas de negociación con el fin de que sus voces puedan ser escuchadas y tomadas en cuenta.

Bien lo ponía de manifiesto el presidente López en una de sus recientes columnas titulada El concepto de democracia al destacar cómo en la elección del Parlamento Europeo la indiferencia de los nuevos países del Este, que por primera vez votaban, quedó demostrada por la bajísima participación de los electores que en casos como los de Polonia o República Checa no llegó al 12%. Este fenómeno, sin duda, reafirma que para los ciudadanos lo importante no está en lo lejano sino en lo que los afecta de manera directa y concreta. Subsanar el déficit de democracia es hoy más que nunca un imperativo.
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