Opinión

  • | 2003/12/12 00:00

    Pocos riesgos a corto plazo

    Las fuentes usuales de riesgo de recesión poco menos que desaparecieron en el nuevo entorno de la política económica. Las de largo plazo son otra historia.

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La economía sigue recuperándose. Nada como para echar las campanas a vuelo, pues el PIB per cápita no alcanza todavía el de 1995, y hoy hay más miseria que entonces. Pero la producción por fin está creciendo más que la población, el desempleo cayó, la inflación sigue bajando, la inversión florece y el déficit de la cuenta corriente es manejable.

Es natural que la economía acelere después de varios años flojos. Al fin y al cabo, si se aspirara a lograr en 1998-2008 una modesta tasa media de crecimiento anual del 3,5%, el PIB tendría que crecer 5,5% cada año entre 2003 y 2008, incluyendo este que termina. Difícil, pero de ese tamaño fue la pérdida de producto potencial entre 1998 y 2002, a raíz de la "salvada" que el Banco de la República le pegó a la economía.

No hay que desgastarse buscando los "motores de crecimiento" que operarán en los próximos años. Lo he dicho aquí varias veces y quiero repetirlo: el curso natural de una economía de mercado es crecer. Con independencia de los impulsos ocasionales que puedan provenir de bonanzas exportadoras, de inundaciones de liquidez, de desbordamientos del gasto público y de otros estímulos ocasionales, que hoy no se avizoran, las fuentes permanentes de crecimiento son el aumento del capital humano y del acervo de capital físico, el progreso técnico y el interés de todo el mundo en mejorar su nivel de vida y legarles algo mejor a sus hijos.

Cuando se recuerda que la economía colombiana creció entre 1931 y 1997 a una tasa media de 4,5% anual, en medio de traumatismos tan colosales como la guerra mundial, el bogotazo, la primera crisis petrolera, la crisis de la deuda latinoamericana y tantas otras, es evidente que se requieren desastres internacionales hoy impensables, o colosales errores de la política económica, por acción o por omisión, para que el crecimiento caiga muy por debajo de esa tasa media histórica.

Por fortuna, las fuentes usuales de riesgo de recesión han desaparecido, o poco menos. No es fácil imaginar hoy una situación en la cual el banco central decida estrangular la economía para reducir la inflación. En realidad, acaba de anunciarse que la meta de inflación para el próximo año, con un techo de 6%, es casi igual que la actual, y no hay duda de que la estabilidad del dólar facilitará las cosas. Por otra parte, como hoy tenemos un tipo de cambio flotante, tampoco se ve qué cadena de acontecimientos podría llevar a las autoridades a restringir la liquidez y elevar a niveles asesinos las tasas de interés para frenar aumentos del dólar.

Sí, claro, está el asunto fiscal, sobre el que mis colegas refriegan cada vez que pueden. Personalmente no comparto el pesimismo en ese frente y quiero hacer una predicción al respecto: dentro de pocas semanas, una vez cese el interés para estimular el paso de la nueva reforma tributaria, se publicará que la evolución fiscal de 2003 fue mejor que la que se había reconocido. Para los inversionistas repito algo que he venido afirmando hace años, y sobre lo cual hasta ahora el mercado me ha dado la razón: la situación fiscal y de la deuda pública es más sólida de lo que se dice: quienes en los últimos años creyeron en cuentos de brujas y por ello no compraron títulos oficiales de largo plazo desperdiciaron excelentes oportunidades, que no volverán.

¿Quiere decir lo anterior que no se avizoran riesgos? De ninguna manera. Solo digo que 2004 luce promisorio. A mayor plazo subsisten riesgos enormes, comenzando por un tratado bilateral de comercio con Estados Unidos mal negociado. Pero ese riesgo no es inmediato y, en cualquier caso, el espacio no da para más. Quedemos, por ahora, en que 2004 será próspero. Sobre el largo plazo volveremos el próximo año. ¡Felices fiestas!
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