Opinión

  • | 1998/03/16 00:00

    Piénselo mejor, Dr.Botero

    La Asobancaria acaba de proponer que se desmonte el seguro de depósitos. Dudo que tal cosa vaya en beneficio de la economía, de los ahorradores o del gremio.

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El nuevo presidente de la Asobancaria, Jorge Humberto Botero, curtido en cien batallas en defensa de los fondos de pensiones privados, debutó con varias propuestas audaces. Me llamaron la atención la de prohibir o limitar por ley la capitalización de utilidades de las sociedades anónimas, para revivir el interés en las acciones al hacer que los pequeños accionistas puedan contar con alguna garantía de distribución de dividendos; la de que se establezca una verdadera banca universal que permita a los intermediarios actuar como inversionistas y no sólo como prestamistas; y la de que se elimine el seguro sobre los depósitos de las entidades de crédito vigiladas por la Superintendencia Bancaria, dejando que cada ahorrador maneje su riesgo con base en información sobre la solidez financiera de cada entidad.



Sería injusto que las propuestas fueran ignoradas por los comentaristas. Pienso referirme a cada una de ellas y comenzaré con la de eliminar el seguro de depósitos. Al menos parte de la justificación de un seguro de este estilo es similar a la que ha llevado a establecer seguros mínimos para los pasajeros de las aerolíneas comerciales: para un ahorrador pequeño no es menos complicado evaluar el riesgo de una entidad financiera de lo que sería para el pasajero de una aerolínea conocer el riesgo efectivo en que incurre al utilizarla. En cambio, las entidades aseguradoras están mucho mejor capacitadas que cualquier individuo para evaluar los riesgos y además presionarán para que ellos se mantengan al mínimo nivel posible.



Tengo alguna experiencia en examinar la solidez de entidades financieras y sé que es una tarea compleja, dispendiosa y propensa a errores. Pero no hace falta acudir a elementos de autoridad cuando en los cocteles son materia de crueles comentarios los casos de entidades muy sofisticadas que compraron o adquirieron participaciones en otras después de cuidadosos estudios y "due diligence", y luego resultaron engrapadas cuando descubrieron enormes huecos que habían pasado por alto. Y hasta las más despiertas entidades de vigilancia en países desarrollados han tenido amargas sorpresas.



Pero el problema no radica sólo en la incapacidad de la mayoría de los ahorradores para formarse una buena idea de los riesgos. Aun si cada depositante estuviera en capacidad de efectuar su propia evaluación de riesgo de las entidades que ofrecen depósitos, ponerlo en esa tarea sería monstruosamente ineficiente desde un punto de vista económico, en contraste con un enfoque contable. La tarea de evaluación financiera individual tiene un costo que, como ocurre con el tiempo perdido en los trancones de tráfico, no es menos real porque nadie deba hacer un pago explícito.



Aparte de crear un interés para que la entidad aseguradora procure que los riesgos no excedan ciertos límites, el seguro de depósitos cumple en el sector financiero un papel muy similar al de un Metro en el transporte público: aumenta la eficiencia global porque hace innecesario que millones de personas pierdan tiempo efectuando una tarea que seguiría siendo dispendiosa incluso si cada ahorrador se limitara a obtener las calificaciones otorgadas por las firmas calificadoras de riesgo y a tratar de comprender su críptico significado.



En la actualidad más de 18 millones de cuentas del sistema financiero, 98% del total, son de menos de $10 millones, aunque el valor total de esas pequeñas cuentas representa menos de la cuarta parte de los depósitos del sistema. El seguro de depósito, con una cobertura máxima de $10 millones por persona asegurada (no por cuenta), cubre la mayor parte de las cuentas, pero en la práctica responde por una fracción mucho menor de los depósitos.



La prima anual del seguro, 0,09% de los depósitos en las CAV y 0,15% en los demás grupos de intermediarios, está por debajo de lo que muchas entidades gastan en propaganda y premios para atraer a pequeños ahorradores.



La crítica que suele hacerse a un seguro de depósito es que crea un "riesgo moral", porque cuando los ahorradores están asegurados pueden inclinarse a invertir su plata en entidades que les ofrecen rendimientos muy superiores al mercado porque actúan más como tahúres que como banqueros, y saben que si algo sale mal el Estado responderá. Pero esa crítica no es pertinente en Colombia porque el límite asegurado es muy bajo, apenas de $10 millones sobre todas las cuentas de una persona. Ningún inversionista mediano o grande tendrá en cuenta el seguro para escoger la entidad en la que mantendrá sus depósitos, pero la existencia del seguro sí puede incentivar a muchos pequeños ahorradores a preferir al sector vigilado, en contraste con los captadores piratas.



Es interesante que, aunque un seguro a la colombiana no crea un "riesgo moral" ­porque el riesgo sigue existiendo para los grandes inversionistas­ en alguna medida sí reduce los riesgos incluso para los depositantes grandes, porque aleja el peligro de crisis sistémicas o de contagio (corridas de depósitos) y porque, como se demostró en 1997, genera un incentivo para que Fogafín contribuya al salvamento de entidades en problemas subsidiando, hasta por el monto que le costaría honrar el seguro de depósitos en caso de liquidación, la compra de esas entidades por otras más sólidas.



Las ventajas de mercadeo de la existencia del seguro son tan importantes que, si fuera voluntario, para muchas entidades de crédito podría valer la pena comprarlo. Pero la conveniencia de fomentar entre los ahorradores una cultura de preferencia por el sector vigilado y la necesidad de reducir los riesgos sistémicos hacen preferible que el seguro de depósitos sea obligatorio y general, sin que su ofrecimiento quede librado a la política de mercadeo de cada entidad.
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