Opinión

  • | 2004/09/03 00:00

    Petróleo a US$50

    Los efectos favorables son inmediatos, los desfavorables vendrán más tarde por medio del comercio internacional y el costo del financiamiento externo.

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El precio del petróleo se ha duplicado en los últimos 30 meses y hay suficientes razones para esperar que se mantenga muy fuerte por un buen tiempo. Los inventarios están en un punto mínimo, la producción mundial está cerca del tope y Estados Unidos y China, los dos grandes devoradores de petróleo, no han dado ninguna seña de estar perdiendo el apetito. El mercado no tiene muchas válvulas de escape y cualquier alteración de la oferta podría empujarlo más arriba.

Dado que América Latina es exportadora neta de petróleo, el efecto inmediato sobre los ingresos externos y sobre las cuentas fiscales será positivo. Según JP Morgan, por cada US$10 de aumento en el precio del petróleo, la situación fiscal mejora 5% del PIB en Venezuela, 4% en Ecuador y cerca de 1% en México y Colombia. Estos efectos favorables ayudarán a que la región crezca por encima de 4,5% este año.

Pero un aumento sostenido del precio del petróleo a la larga puede resultar dañino para América Latina. La Agencia Internacional de Energía (una entidad semioficial que representa a los grandes consumidores de petróleo), la OCDE y el Fondo Monetario Internacional calculan que por cada US$10 que se eleva el precio del crudo, el crecimiento económico mundial se reduce en medio punto al cabo de un año. Puesto que el comercio mundial de manufacturas y los precios de las materias primas básicas son muy sensibles al crecimiento económico mundial, los mayores precios del petróleo costarán varios puntos de crecimiento de las exportaciones.

El aumento del petróleo reduce el crecimiento mundial, entre otras razones, porque induce alzas en las tasas de interés. Por supuesto, esto depende de la forma como reaccionen los bancos centrales de las grandes economías. Si quieren contrarrestar la reducción del crecimiento podrían reducir, en vez de elevar, las tasas de interés. Eso fue lo que hicieron cuando los shocks petroleros de los 70 y el resultado fue nefasto, pues propiciaron tasas de inflación mayores de lo que habría producido el solo aumento del petróleo.

En esta oportunidad no hay mucha duda de que, al menos en Estados Unidos, las tasas de interés tenderán a subir, en vez de bajar. Por supuesto, eso habría ocurrido con o sin alzas del petróleo. La diferencia es que, con petróleo en torno a los US$50, la Reserva Federal tendrá que llevar los aumentos mucho más lejos. Stephen Cecchetti, de Brandeis University, calcula que por cada US$10 de aumento en el precio del crudo, la Fed aumentará la tasa de interés al menos 50 puntos básicos para contrarrestar el efecto inflacionario.

Esto implica que América Latina será afectada también por un canal financiero, que amplificará entre dos y dos veces y media estos aumentos en la tasa de interés (en las dos columnas anteriores, he explicado que esto ocurre porque los márgenes de la deuda externa de los países emergentes tienden a ampliarse cuando se eleva la tasa de interés de la Reserva Federal).

Para países como Colombia, aunque el efecto inmediato de los mayores precios del petróleo puede ser favorable, con el paso del tiempo tienden a pesar más los efectos desfavorables sobre las exportaciones y sobre el costo de la deuda externa. Lo que termina de complicar las cosas es que los buenos efectos inmediatos aumentan la vulnerabilidad frente a lo que viene después. La razón es que la abundancia inicial de divisas y de ingresos fiscales induce la apreciación del tipo de cambio real y unos niveles de gasto público más altos de lo que habría sido de otra forma. Colombia puede verse afectada también más adelante por la inevitable destorcida que ocurrirá en Venezuela por razones semejantes.

Si alguien cree que estos argumentos no son reales, debería recordar la crisis de la deuda de comienzos de los 80, que ocurrió unos pocos años después del shock petrolero de 1979. En esa ocasión, los precios del petróleo se triplicaron y todos los canales de transmisión actuaron con gran virulencia. Esta vez los efectos serán más tenues, pero no muy diferentes.



Nota: El autor está vinculado al BID, pero sus opiniones no comprometen a esta institución.
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