Opinión

  • | 2007/02/16 00:00

    Perdiendo la carrera

    Por qué México se está quedando atrás de China y cuáles son las lecciones para los países aspirantes a nuevos TLC con Estados Unidos.

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En los 90, las exportaciones de manufacturas mexicanas fueron el único caso de América Latina de éxito comparable al de China. A partir del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos se transformó la geografía económica de México. Las actividades industriales se desplazaron de los centros de consumo interno, como Ciudad de México, a los corredores carreteros y a la frontera con el mercado más grande del mundo. Casi dos terceras partes del crecimiento de las exportaciones se concentraron en cuatro estados del Norte. Las desigualdades salariales en los estados más integrados a la economía global se redujeron, aunque se ampliaron las brechas de ingreso entre estos estados y las regiones pobres del sur.

La transformación industrial y regional perdió su fuerza desde 2000, cuando el crecimiento en Estados Unidos se detuvo en forma pasajera. A partir de ahí, las cosas han sido distintas. Las exportaciones industriales pasaron de crecer 17% anual en la segunda mitad de los 90 a solo 2% en esta década (más allá de la variación de precios). Sin este poderoso motor, el crecimiento económico pasó de un respetable 5,5% entre 1995 y 2000 a un lánguido 2,1% anual después. En 2007, México posiblemente será la economía de menor crecimiento entre los 7 países más grandes de América Latina.

Quienes estaban acostumbrados al progreso están desilusionados, y quienes aún estaban esperando subirse al tren de la modernidad, hoy están más resentidos que nunca. El país está dividido social e ideológicamente. El nuevo gobierno de Felipe Calderón está forzado a mostrar resultados rápidamente, en un ambiente muy sano macroeconómicamente, pero corroído en forma preocupante por las mafias de la droga y la inseguridad.

Entretanto, las exportaciones chinas a Estados Unidos han conquistado los mercados de tecnologías medias y avanzadas, como máquinas, piezas electrónicas y computadores, en los que hasta hace poco tenían ventaja las empresas localizadas en México, muchas de ellas con capital estadounidense. Hoy China vende a Estados Unidos más productos tecnológicamente avanzados que México, a pesar de que los mexicanos deberían tener todas las de ganar por la cercanía geográfica, la familiaridad con la cultura y, comparativamente, la mayor disponibilidad de trabajadores calificados.

La explicación convencional del éxito chino es el bajo costo salarial. Pero con salarios que crecen año tras año casi 8%, la competitividad china debería estar disminuyendo, no aumentando. Las causas hay que buscarlas en el aumento de la productividad, que aporta más de 6 puntos porcentuales al crecimiento industrial chino, y menos de un punto al mexicano. Parte del secreto es la velocidad con que las empresas asimilan nuevas tecnologías, pero las empresas mexicanas demostraron ser tan capaces como las chinas durante los 90.

Otras fuentes de aumento de la productividad han operado mejor en China. Los trabajadores se mueven más rápido de las regiones e industrias decadentes hacia las más dinámicas y las diferencias de productividad entre unas y otras son mayores. A medida que se renuevan tecnológicamente para responder a las demandas de los mercados más atractivos, como el de Estados Unidos, las empresas exportadoras cuentan con el colchón de otros mercados, donde pueden vender los productos más consolidados, y adonde pueden hacer outsourcing para reducir costos de producción. Aunque el acceso al crédito en China es poco transparente, nunca falta para las empresas de éxito que tienen la bendición estatal. Y, lo más importante, el Estado chino dedica cerca del 10% del PIB por año a inversiones en infraestructura portuaria, carreteras, comunicaciones y electricidad.

México tiene limitaciones para aprovechar estos canales potenciales de transformación y renovación industrial. La proximidad a Estados Unidos es un arma de doble filo. Sus exportaciones están tan orientadas a ese país, que no tienen válvulas de escape para los cambios en la demanda o en la dinámica de ese mercado. No ha desarrollado lazos de producción integrada con otros países, ni con los estados del sur. La inversión en infraestructura, menos de 1,5% del PIB desde mediados de los 90, es insuficiente para integrar el país y moderar los altos costos de la electricidad y las telecomunicaciones. El surgimiento y la expansión de las empresas medianas y pequeñas están entorpecidos por la falta de crédito (aunque las grandes se benefician de un sofisticado mercado de capitales inexistente en China).

Algunos de estos males son bastante comunes en el resto de América Latina. Varios países centroamericanos y andinos han logrado o están consiguiendo acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Como lo muestra la experiencia mexicana, el estímulo puede resultar pasajero. No basta con una macroeconomía sólida. Se necesita además ampliar las fuentes de crédito, invertir fuertemente en infraestructura y combatir la inseguridad.

Nota: el autor está vinculado al BID, pero se expresa aquí a título personal.
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