Opinión

  • | 2006/05/12 00:00

    Pensando en el TLC

    El punto es si el eventual mayor ingreso para los empresarios que logren aprovechar el tratado representa un mayor bienestar para la mayoría de la población; o si, por el contrario, pagaremos esto con peores condiciones de vida.

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Es natural que, ante la propuesta de ordenar el mundo o la sociedad alrededor del principio de competencia, quienes tienen desventajas de partida se opongan a ello. Por eso, las mayorías en Latinoamérica están en contra del TLC: porque sus países no tienen condiciones competitivas y porque dentro de su propio Estado, la mayor parte de la ciudadanía está en desventaja respecto a las minorías privilegiadas locales y respecto a las clases similares en el primer mundo.

Instaurar el libre comercio entre dos naciones con desigualdades tan grandes como las de Estados Unidos y Colombia es como poner en un ring de boxeo a un principiante de alguna categoría inferior contra el campeón de pesos pesados. No tiene la menor posibilidad de ganar; pero, a menos que exista una verdadera solidaridad e interés por su pupilo de parte de su representante, este estará motivado a promover ese encuentro pues verá esa ocasión como la oportunidad de la vida. Por esa pelea obtendrá una bolsa superior a la que se conseguiría desarrollando toda una carrera convencional, e independientemente del resultado en el ring, de ese contrato como empresario él recibirá su parte (siempre le corresponde el mayor porcentaje de lo que produce la pelea); el castigo que recibirá el boxeador con las secuelas que le dejará de por vida, o incluso el peligro de muerte, no lo afectan pues además su futuro depende más de los vínculos y contactos dentro del círculo de quienes explotan a los boxeadores que de lo que a ese pupilo le pase.

El TLC es el epítome del modelo de mercado, del libre intercambio comercial, y maximiza sus bondades y defectos. Pero esas reglas y esa libertad son de la misma naturaleza que la de las sardinas para convivir con los tiburones. Quienes hablan a nombre de intereses concretos representan la visión del lado tiburón en las aguas, o la de la clase dominante, la de quien tiene respecto a la población en general una relación como en el boxeo la del apoderado con su pupilo.

Por eso, el tema debe ser analizado desde una perspectiva más académica. En la medida en que tiene repercusiones sociales, políticas, jurídicas, ambientales, culturales, etc., que su dimensión va mucho más allá del simple ámbito económico, y que respecto a esas otras dimensiones no hay una vocería de nadie, tomar sector por sector de la producción es una forma de manipulación para lograr un resultado favorable a ciertos intereses sin tener en cuenta ningún otro aspecto.

La teoría es que, si cada país se dedica a aquello en lo cual es más eficiente, el resultado por la especialización será mayor producción y menores costos y ambos se beneficiarán de un potencial mayor ingreso económico al intercambiarlos en el mercado. Esto es conocido como el principio de las ventajas comparativas, es aceptado desde el inicio del sistema capitalista y es tan obvio que no es necesario debatirlo.

La pregunta es respecto a si eso es lo único que se debe buscar, y si implica un mayor desarrollo, y de qué clase.

Siguiendo el análisis teórico, el primer problema es que el desarrollo es un concepto comparativo: como todos los países en principio avanzan, el referencial de cuán desarrollados están lo marca el nivel del más avanzado, y el subdesarrollo depende de la brecha que exista entre este y el que se está midiendo. Resulta que ese mismo análisis también demuestra que aunque ambas partes progresan la distancia entre ellas crece, es decir, el subdesarrollo económico del país atrasado se aumenta.

Este análisis teórico ha sido confirmado en forma empírica con las aperturas promovidas bajo la propuesta neoliberal de los últimos 15 años que muestran que la relación entre el ingreso de los países desarrollados y los del 'tercer mundo' era 25 a 1 y hoy es 40 a 1.

También esto tiene una lógica evidente, en la medida en que cada nación compite con sus ventajas comparativas. Las del país desarrollado son los avances tecnológicos y el capital, mientras que los países pobres se defienden con la venta de sus recursos naturales (o sea, consumiendo su patrimonio) o con la mano de obra barata. Así, por ejemplo, si en verdad llegara a haber interés en invertir trayendo tecnología, sería por lo barato del salario y además sería acompañado de una sustitución de hombres por máquinas, es decir, en una u otra forma a costa del empleo. Por eso, se genera una espiral viciosa en que además de que la brecha nace de las ventajas que inicialmente tiene un país sobre el otro, esta se marca, se concentra y se aumenta en los mismos elementos que le dan esa ventaja.

Ese mayor atraso en cuanto al conocimiento, la tecnología y la riqueza se acompaña de un retroceso en la armonía social, puesto que internamente la brecha entre los beneficiarios del modelo y los que por no ser 'competitivos' son excluidos lleva a tensiones que naturalmente revientan en actos o movimientos subversivos contra el sistema que así los discrimina. Responde esto a la lógica teórica de que son más quienes por su atraso no cuentan con el acceso a educación, financiación y demás necesidades que les permiten alcanzar el nivel de competitividad que exige ese 'libre mercado', que quienes sí lo logran. Y eso ya también la experiencia lo confirma, puesto que el coeficiente Gini de todos los países ha aumentado mostrando que se hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

El punto no es si el sector agrícola va a ser perjudicado (que sí lo va a ser), si el sector arrocero estaría condenado a desaparecer (que sí lo sería), si los avicultores no estarán en capacidad de competir con lo que para los estadounidenses son sobrantes (que en efecto no podrían), si los enfermos tendrían que pagar más por sus medicinas (lo cual en efecto sucedería), etc. A eso se le puede intentar dar respuesta con nuevos gravámenes —por ejemplo, a los consumos básicos de la canasta familiar—, y con exenciones tributarias o subsidios a esos sectores, o sea, cobrándole al conjunto de la población los perjuicios que esta clase de acuerdos trae.

El punto es si el eventual mayor ingreso para los empresarios que logren aprovechar el tratado representa un mayor bienestar para la mayoría de la población y una mejora en la organización política y las relaciones sociales entre los colombianos; o si, por el contrario, pagaremos con peores condiciones de vida individual y de convivencia ciudadana darles la oportunidad a algunas empresas para que mejoren sus balances.

Cuando el Presidente y los ideólogos del régimen respaldan la idea de que estamos ante el fin de las ideologías, y que no hay ni derechas ni izquierdas están tomando como premisa que no existe contradicción entre el gobierno del mercado y para el mercado, o sea la soberanía del mercado —de la cual ellos parten—, y el principio de la soberanía del pueblo (reflejada en el gobierno del pueblo para el pueblo); asumen que todo lo que responde a las condiciones del mercado representa algo bueno para la ciudadanía.

Para el enfoque de quienes ven el mundo en función de su majestad el mercado, los resultados del tratado como ha sido negociado son satisfactorios y su costo en otras dimensiones es irrelevante; no así para quienes piensan en función de la población y aspiran a producir una mejora en las condiciones que caracterizan la vida individual y colectiva de los colombianos.
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