Opinión

  • | 1998/11/17 00:00

    ¿Pasó la crisis?

    Amainó, pero no ha terminado la crisis financiera mundial. Nuevos brotes de contagio financiero son el mayor riesgo, pero ya hay estrategias para enfrentarlos.

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La crisis internacional parece estar llegando a su fin. O al menos así lo sugieren los acontecimientos de las últimas semanas. En Estados Unidos, la tasa de interés se redujo por segunda vez, lo cual propició un empujón a la bolsa de valores. El Congreso de Estados Unidos aprobó los US$17.000 millones pendientes para el Fondo Monetario Internacional y el G-7, que reúne a los grandes países industrializados, prometió US$90.000 millones adicionales para préstamos preventivos en todo el mundo. Y después de días de angustia, empezaron a tomar forma los programas de emergencia para apoyar a Brasil, Colombia y otros países amenazados por ataques a sus monedas. Las buenas noticias han aliviado las presiones cambiarias y facilitado la reducción de las tasas de interés en América Latina.



Casos críticos



Pero el terreno no está del todo despejado. De inmediato, Brasil continúa siendo el foco de las preocupaciones. Al momento de escribir esta columna se da por sentado que el FMI, el Banco Mundial y el BID conformarán un paquete de créditos por US$30.000 millones, al cual posiblemente se agregarán otros recursos bilaterales de Estados Unidos y otros miembros del G-7. El acceso a estos fondos dependerá de la aprobación en el Congreso brasileño del plan anunciado por el Presidente Cardoso, que busca corregir un déficit fiscal de más del 7% del PIB mediante expedientes muy polémicos políticamente, tales como gravar a los jubilados, poner impuestos a las transacciones financieras y desviar recursos de las transferencias para las regiones a un fondo de emergencia fiscal.



Más allá de la aprobación de estas medidas, habrá de todas formas un terreno cenagoso, que dependerá de lo que ocurra con el costo de la deuda ya que, debido al altísimo endeudamiento interno del fisco a corto plazo, el servicio de la deuda representa 7 puntos del PIB. Las autoridades esperan reducir a la mitad la tasa de interés del 43% que pagan los papeles del gobierno, algo esencial para detener el explosivo crecimiento de la deuda. Los recursos externos prometidos pueden generar la confianza requerida para que ello ocurra, pero no son garantía.



Brasil es el caso más extremo, pero hay otros en la cuerda floja. Los lectores conocen muy bien la situación colombiana y saben de sus riesgos, pero es importante señalar que el país ha ganado un tiempo precioso al tener prácticamente asegurados US$2.000 millones de los organismos internacionales con el compromiso de sacar adelante las reformas fiscales y de la seguridad social.



Venezuela es un caso mucho más problemático, pues la confianza está muy golpeada y la incertidumbre por la posible elección de Chávez es muy grande. Paradójicamente, Venezuela no tiene déficit externo y cuenta con una poderosa base de reservas internacionales y con un sistema financiero recién purgado que no representa mayores amenazas contra la estabilidad cambiaria. Pero es claro que tendrá que tomar medidas muy serias para evitar un déficit fiscal del orden del 8% del PIB en 1999, ya que, como están las cosas, sería imposible financiarlo.



Tampoco México está totalmente al otro lado, pues la incertidumbre cambiaria y la restricción monetaria han elevado las tasas de interés a un nivel que puede amenazar nuevamente su frágil sistema financiero. Para complicar las cosas, ha surgido un escándalo contra el gobernador del Banco Central por decisiones de rescate financiero que se tomaron cuando era Secretario de Finanzas, lo que ha puesto en duda la solidez y continuidad de las políticas macro.



¿Dónde nacen los huracanes?



Estas dificultades son cosa de todos los días en América Latina y no tendrían por qué ser motivo de preocupación, si no fuera porque el panorama mundial no está despejado. Vale la pena recordar que el fenómeno que causó el contagio en América Latina fue la crisis de Rusia en agosto pasado, que no tendría por qué haber tenido tal impacto. La crisis rusa alteró la percepción de riesgo sobre las economías emergentes y causó pérdidas a los fondos de inversión, obligándolos a liquidar inversiones en América Latina.



Por ése u otros canales, esta situación podría repetirse en los próximos meses. China es el mayor temor, debido a la acumulación de deudas incobrables de su sector financiero y al riesgo de que se repudien deudas externas de empresas estatales. Además, el deterioro de su situación política interna podría inducir una devaluación que afectaría el proceso de reforma en toda Asia. Proceso que no está consolidado y que ha tenido un serio revés en Malasia, donde se ha optado por el aislamiento y el populismo. A estos temores se suma el problema de Japón, donde la confianza del consumidor sigue muy precaria para hacer reaccionar la demanda y donde continúan sin convencer los planes de fortalecimiento del sistema financiero, agobiado por créditos de dudosa calidad.



Estos riesgos han dado pie para que algunos planteen un escenario extremo de derrumbe del capitalismo o, cuando menos, de regreso a las fórmulas intervencionistas y proteccionistas del pasado. En el otro extremo aún quedan unos pocos fundamentalistas de mercado, que abogan por menor acción de los gobiernos y de los organismos financieros internacionales en la solución de la crisis. Ninguno de estos extremos tiene mayor sentido ni probabilidad de ocurrencia.



Un escenario algo más sensato puede basarse en el presupuesto de que una buena identificación de los riesgos ayudará a algunos países a superar las dificultades, mientras que otros pueden hundirse en retrocesos prolongados. El mundo en desarrollo verá una brecha creciente entre países exitosos y países atrapados por la crisis actual. Entre los primeros estarán los que logren construir más rápido las líneas de defensa ante el contagio: un buen colchón de liquidez internacional en reservas y en recursos de crédito contingente; una posición fiscal holgada, cuyo financiamiento no dependa de recursos de corto plazo; y un sistema financiero con altos niveles de capitalización, elevadas reservas en recursos líquidos y supervisión estricta. Estos países podrán defenderse frente a la volatilidad y continuar avanzando en el proceso de reformas estructurales para mantener el crecimiento.



De todos los países latinoamericanos, Argentina y Chile son los que mejor han entendido esta estrategia. Atrás quedarán los países que opten por aplazar las medidas de estabilidad fiscal, que dejen rondando la incertidumbre cambiaria por carecer de estas defensas o que prefieran ocultar las dificultades de sus intermediarios financieros. Brasil, México y Colombia están luchando contra estos riesgos.
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