Opinión

  • | 2008/09/12 00:00

    Pasar la página

    Mientras exista el narcotráfico tendremos violencia, pero la violencia puede seguir disminuyendo para que podamos empezar a escribir el capítulo de las oportunidades.

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Cuenta el ex presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, en su libro de memorias The Accidental President of Brazil, que en alguna oportunidad Bill Clinton le dijo que todo país tiene una gran esperanza y un gran miedo. Afirma Cardoso que el miedo y la esperanza brasileñas son uno y el mismo. Siempre han creído que su destino es convertirse en una potencia mundial justa y poderosa, digna del tamaño de su territorio. Pero le comentaba a Clinton que la realidad ha estado mucho más cerca de su miedo nacional: que nunca realizarán su destino y que quedarán atrapados como sugiere la frase de Stefan Zweig: "Brasil es la tierra del futuro, y siempre lo será".

Si nos planteamos la pregunta para Colombia, es relativamente fácil ponernos de acuerdo. Nuestra gran esperanza: sin violencia, seríamos un país extraordinario y, nuestro gran miedo: nunca superaremos la violencia. Sin duda, en los últimos sesenta años, desde el asesinato de Gaitán, la violencia ha hecho parte integral de la vida de todos nosotros. Cada paso positivo que hemos dado se ha convertido, más pronto que tarde, en una nueva frustración, y el fantasma de la violencia ha reaparecido, una y otra vez, en alguna de sus múltiples formas.

Una rápida mirada a nuestra historia reciente, comenzando en el gobierno del presidente Betancur, nos muestra la violenta combinación de tres factores que nos han marcado, día a día, en estos últimos años: Farc, narcotráfico y política. Somos una nación que sigue prisionera de su gran miedo.

Con el gobierno del presidente Uribe y su política de Seguridad Democrática, hemos tenido avances considerables y tangibles en la disminución de la violencia y, por primera vez en muchos años, décadas, el escenario es otro. Con las Farc, los resultados de este año han servido para hacer añicos una apreciación que se había convertido en lugar común: en el conflicto colombiano teníamos un "empate militar negativo", con un Gobierno Nacional incapaz de derrotar a la guerrilla y una guerrilla lo suficientemente poderosa para golpear y sobrevivir. Las operaciones militares demostraron que tal equilibrio se podía romper y la ventaja pasó a estar del lado del Estado. La popularidad del Presidente demuestra con creces el impacto que esta nueva situación ha tenido en el espíritu del pueblo colombiano.

Nos preguntamos entonces, seriamente, qué tan cerca estamos de superar de una vez por todas la violencia. Después de tantos años nos acostumbramos a vivir con la violencia como parte de nuestras vidas y solo formular el interrogante produce inquietud y miedo. Miedo a superar nuestro gran miedo. Para algunos, la única alternativa posible para Colombia es que el presidente Uribe sea reelecto una vez más para que de su mano, algún día, se termine la violencia. Uribe se convirtió en la figura paternal protectora, y la vida de Colombia gira hoy a su alrededor, en todos los sentidos posibles, con todas las consecuencias posibles.

El éxito del presidente Uribe, como él mismo sugiere en algunas intervenciones. no es perpetuarse en el poder. Es todo lo contrario, hacerse prescindible. Esto significaría que durante su mandato pasemos la página: Colombia deja atrás el Miedo y queda en la puerta de entrada a la Esperanza. Ese sería su gran logro. Mientras exista el narcotráfico tendremos violencia, pero la violencia sí puede seguir disminuyendo de forma que podamos empezar con fuerza a escribir el capítulo de las oportunidades. Ese es el gran reto de Colombia. Construir sobre los avances, pasar la página y dar un paso adelante: pasar del miedo a la esperanza.

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