Javier Fernandez Riva

| 6/28/2002 12:00:00 AM

Para lo que sirva

Hace cuatro años advertí, inútilmente, sobre la crisis que sobrevendría si no se reducían inmediatamente las tasas de interés. Es el momento de otra advertencia inútil.

por Javier Fernandez Riva

No suelo citarme , porque sé que es jartísimo para los lectores. Pero, qué diablos, cuando se habla de lo que puede venir el récord cuenta. Hace cuatro años, en medio del optimismo general porque se iba Samper, y el aplauso de todos a la firmeza demostrada por el Banco de la República para defender la banda cambiaria, señalé en mi columna de Dinero "El interés del país" (julio 21/98) que "no hay nada con mayor capacidad de daño económico inmediato y prolongado que el disparo de las tasas de interés, cuya causa es una política de impedir que el dólar alcance un nivel de equilibrio" y que una cosa era "reconocer la tradicional solidez de la banca colombiana y otra muy distinta engañarse pensando que es invulnerable y aguanta todas las barrabasadas de la política macroeconómica. (...) Si nos tiramos el sector financiero colombiano los esfuerzos que se hagan en otros frentes para corregir el déficit fiscal y para restablecer la confianza en el país fracasarán y la economía se enredará por largo rato".



Ya sabemos lo que vino después. Y también hemos visto que, aunque la relación de causa a efecto había sido señalada antes del colapso, quienes estuvieron a cargo de la política económica durante ese período todavía insisten en que todo se debió a factores externos e imprevisibles.



Hoy ni las tasas de interés ni el tipo de cambio son un problema. En realidad, después de muchos ensayos y errores, y de haber retrocedido 10 años en ingreso per cápita, hay cosas muy positivas con las que el próximo gobierno puede comenzar a trabajar. No solo las tasas de interés están bajas y el tipo de cambio real está más cercano al de equilibrio sino que hay una nueva política "macro", que incluye un tipo de cambio flexible, que evita que el pasajero tenga que servir como amortiguador de los choques externos, y un enfoque monetario de "inflación objetivo", que reduce los riesgos de que la autoridad monetaria vuelva a quebrar a todo el mundo para pulir una cifra monetaria. Además, se modificó la Constitución para desatar las transferencias regionales de los ingresos corrientes, se pasaron leyes para mejorar la disciplina fiscal, se aprobó una buena ley de regalías petroleras y se logró que hiciera "tránsito" a la próxima legislatura un proyecto de reforma de las pensiones.



Nada de lo anterior modifica mi opinión de que el país perdió el tiempo con Pastrana, pero la corrige ligeramente. No perdió cuatro años, solo tres y medio. Lo razonable habría sido definir el "marco" de las políticas en los primeros seis meses del gobierno y concentrarse luego en elevar la producción y el empleo. Aquí lo primero tomó todo el período. Pero, en fin, partimos de algo.



Mi mayor preocupación actual es que, nuevamente, estamos a punto de tomar decisiones económicas críticas usando una "teoría económica vudú" que supone que la demanda y la producción responden a los buenos espíritus del "optimismo" y la "confianza" y no a variables como el ingreso disponible, la rentabilidad después de impuestos, los precios relativos internos y externos y todas las otras variables que la teoría económica tradicional ha identificado como importantes.



Las notas de los analistas y los aplausos de los acreedores responderán en forma muy positiva a los anuncios de ajuste fiscal mediante una gran arremetida tributaria, por lo menos hasta que se perciba que algo falló y todo el mundo salga a buscar chivos expiatorios. Pero la economía no depende solo de la sicología. Para lo que sirva, que no será mucho, me siento obligado a señalar ahora que en la actual situación del país una gran arremetida tributaria, como la que se dispone a efectuar el gobierno de Uribe, tendrá un efecto depresivo tan fuerte que podría frustrar todos los demás esfuerzos para mejorar el fisco y comprometer la posibilidad de ganar la guerra.
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