Opinión

  • | 1999/04/23 00:00

    Para resucitar al muerto

    En lugar de seguir aumentando impuestos, el 2 x 1.000 se debería usar para bajar el impuesto a la renta.

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La idea de introducir en Colombia el impuesto a las transacciones, que discutí aquí hace unos seis meses, no fue mía sino del Gobierno y, hasta donde sé, del senador Víctor Renán Barco y del ex ministro Carlos Ronderos. Sin embargo, por haber comentado una iniciativa tan polémica poco antes de que cristalizara me parece que tengo cierta responsabilidad de pronunciarme ahora que el Plan de Desarrollo, a punto de ser adoptado por ley del Congreso Nacional, contempla la extensión de ese impuesto hasta el año 2000.



No me extraña que el gobierno busque la extensión ni que su propuesta sea de buen recibo en el Congreso porque, dejando de lado la irrazonable decisión de la Corte Constitucional de extenderlo al mercado interbancario, el tributo ha arrojado un buen dividendo fiscal, pero sin llegar a los excesos confiscatorios que muchos temían y sin generar los terribles efectos secundarios que le auguraban sus críticos más enconados.



Parece que el 2 x 1.000 producirá este año $1,2 billones. La suma es interesante pues equivale a un quinto del recaudo proyectado del impuesto a la renta, pero está muy lejos de los $8 billones que algunos decían que generaría, una carga que habría aplastado a los contribuyentes.



Por otro lado, hoy sabemos que el 2 x 1.000 no frustró la caída de las tasas de interés, como vaticinaba Anif. Mucho menos elevó la inflación. Y tampoco indujo el gran aumento en la preferencia por efectivo u otras "distorsiones económicas" que algunos presagiaban. Como sugiere el sentido común, mientras se excluyan del impuesto transacciones tan voluminosas y repetitivas como las del mercado interbancario, la tarifa del 2 x 1.000 es demasiado pequeña para que los contribuyentes hagan mayor cosa para eludir el impuesto.



En cambio, como el impuesto a las transacciones no se puede evadir, su aporte real a la equidad tributaria efectiva es mayor que el de un impuesto como el de la renta. En Colombia, con la precaria capacidad de su Estado para hacer cumplir la ley, la progresividad del impuesto a la renta es una ficción. Ese impuesto recae en forma desproporcionada sobre los asalariados del sector formal en contraste con los trabajadores independientes, los rentistas y el vasto mundo de la economía informal o semiformal, cuya tributación directa es insignificante.



Lo que me parece un grave error es concluir que, porque el impuesto a las transacciones dista mucho de ser el engendro que muchos decían, su extensión no responda a una decisión de optimizar la estructura tributaria, sino a la de elevar la carga total de impuestos. Y no considero un atenuante sino, por el contrario, un agravante de ese error el que la elevación de la carga tributaria se plantee como un mecanismo para allegar "recursos sanos" para la reconstrucción de Armenia. Como lo han explicado varios de mis colegas con columnas de opinión, en la actual coyuntura recesiva lo apropiado sería financiar esas inversiones con recursos de crédito, no con impuestos.



La carga tributaria colombiana ya es muy elevada cuando se compara con los servicios que los contribuyentes reciben del Estado. Seguirla aumentando sólo conseguirá desalentar todavía más la inversión y la creación de riqueza. Pero dentro de la estructura tributaria lo peor es la tasa del impuesto a la renta, del 35%. Esa tasa es un poderoso estímulo a la informalidad económica y un gran desaliento para la inversión.



Siempre he creído que uno de los peores errores de César Gaviria, como Presidente, fue haber vuelto a elevar del 30 al 35% la tarifa del impuesto a la renta que él mismo, como Ministro de Hacienda de Virgilio Barco, había logrado bajar en 1986.



En mi nota de hace seis meses sugería que el impuesto a las transacciones fuera deducible del impuesto a la renta. Ahora creo que una alternativa más simple y eficiente es que la adopción de impuesto del 2 x 1.000 a las transacciones, permanente, estuviera compensada con una baja de 5 puntos en la tarifa del impuesto a la renta, para mantener el equilibrio fiscal.



En el actual estado de postración económica y desánimo empresarial sólo un mensaje creíble y nítido de las autoridades sobre su disposición a recuperar condiciones favorables para la creación de riqueza podría volver a interesar a los empresarios en inversiones de largo plazo. Una reducción de la tasa del impuesto a la renta al 30%, definida de común acuerdo por el Congreso y el Ejecutivo, sería un mensaje contundente.
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