Opinión

  • | 1998/05/31 00:00

    Para la posguerra

    El Estado colombiano debe prepararse para iniciar las negociaciones que acaben, de una vez por todas, con la guerra que padece desde hace 40 años.

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Durante años los colombianos hemos pensado que el tema de la paz está o puede estar en las manos de un Presidente o de un consejero o quizá de un mediador.



Y que si es un mediador, éste será alguna vez Presidente. Se trata de una creencia que ha sido fortalecida por las campañas, por los gobiernos y aun por la guerrilla.



Algunas campañas (sobre todo una) lo dicen: yo soy la paz. Los gobiernos lo promueven: yo soy la paz. La guerrilla suele tener la mala costumbre de descalificar o alabar a ciertos funcionarios como negociadores. Todos fortalecen la idea romántica según la cual alguien, como Bochica, nos traerá la paz de un día para otro.



Pero la paz no será posible si en su construcción no está involucrada toda la sociedad. Es probable que lo que la gente quisiera sea ver a los sectores armados sentados un día firmando la paz y ya está. Todos tan tranquilos a ver el Mundial.



Pero mientras esto sea así, no habrá paz y la guerra se seguirá llevando a soldados y a civiles. Del proceso de búsqueda de la paz tendremos que aprender, más pronto que tarde, varias lecciones.



La primera de ellas es que la paz tiene precio y que ese precio no es deleznable. Lo debe tener para la guerrilla. Y para el Ejército. Pero también para el establecimiento político y económico.



La segunda es que la paz requiere un cambio de paradigma. Así como el país valoró tanto la paz con el M-19, el aprendizaje para la paz con las Farc y el Eln implicará dejar atrás el viejo paradigma e inventar uno nuevo. Y sobre todo aprender a vivir con él.



La tercera es que la paz nunca se termina de construir y requiere más valor que la guerra. Como se ve en Guatemala y en El Salvador, la guerra deja heridas y rencores y a pesar de los acuerdos, la guerra reaparece de cuando en cuando. Sostener la paz, en medio de los reclamos de venganza y represalias, requiere gobernantes serios, capaces de aguantar los gritos de la multitud.



Pero quizá la más importante lección que debemos aprender es que a la paz se llega con decisión pero también con seriedad. Los negociadores de la guerrilla tienen una estrategia clara y juegan a largo plazo. Al ver a los probables negociadores de la sociedad, no se ve en absoluto la dureza que se requiere para sentarse a la mesa. Ni la visión de largo plazo. Ni la paciencia para ponerla en práctica.
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