Opinión

  • | 2008/04/25 00:00

    ¿Para adelante o para atrás?

    Las condiciones del mundo cambiaron. Ni Estados Unidos ni el dólar son los reyes del globo y le ceden el espacio a China y a los países petroleros. Sin embargo, los medios de comunicación no muestran que eso está ocurriendo.

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Las cifras de crecimiento del país han producido tanta satisfacción como sorpresa -según los mismos funcionarios oficiales-; probablemente, deberían ser al mismo tiempo motivo de preocupación.

Nada más grave que el hecho de que las utilidades de las 20 primeras empresas sumen prácticamente esa misma cifra, lo que significa que ellas se llevaron todo ese crecimiento y que, en promedio, el resto del país no ha participado de este 'feliz momento'. Y, peor aún, que 15 de ellas sean extranjeras; luego, en la práctica y en últimas solo una mínima parte llegará a manos de los colombianos.

Si le agregamos a eso que simultáneamente tenemos el mayor desempleo del continente y que en ese aspecto el deterioro es tal que es más el aumento de la población que ingresa al mercado laboral que los puestos de trabajo que se crean y que por eso se ha disparado el subempleo (aumentando en órdenes del 8% ó 9%), podemos entender que la antigua frase del actual asesor presidencial de 'la economía va bien, pero el país va mal', se refleja hoy con más actualidad, ya que en las encuestas el número de personas que ven al país empeorando ha aumentado del 36% al 48%, mientras disminuye a la mitad las que lo ven mejorando. No quita que oyendo lo del 84%, los gobiernistas deben pensar: 'el país va mal, pero el gobierno va bien'.

Pero aún, en cuanto a ese crecimiento tenemos que, de acuerdo con los precios de referencia universales estamos echando para atrás: el aumento de 7,5% de nuestro PIB que es del orden de $300 billones, implica que nuestro país generó el equivalente a $22,5 billones; pero el mismo PIB en euros, en barriles de petróleo, en cantidades de trigo o de maíz, en gramos de oro, en bultos de café, en toneladas de carbón, sería hoy menos que hace un año, así como su crecimiento sería menos que el de años anteriores y eventualmente negativo, o sea que no estamos ante una situación en la que el país no mejora en cuanto a la capacidad adquisitiva ni productiva sino lo contrario.

El crecimiento coincidente con el de toda Latinoamérica, el aumento del valor de nuestros recursos naturales y la mayor actividad comercial internacional, no se deben a una buena gestión del gobierno sino a factores exógenos que deberían llevar a interesarnos más por saber en dónde quedamos ante ellos y dedicarnos menos a regodearnos en falsas bonanzas.

Debemos entender que estamos dentro de un nuevo contexto mundial en el que el 'patrón dólar' está desapareciendo, tanto en el sentido de 'el Amo', como en el de único y obligado valor de referencia.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, el valor de las monedas se medía por su equivalencia en oro o en plata, y la libra esterlina reinaba en el mundo económico. Los pactos de Bretton Woods para reordenar el sistema financiero, después de ese conflicto, declararon el oro como único patrón y el dólar, con el respaldo de las reservas de oro que tenía, pasó a ser la moneda de intercambio y de reservas internacionales.

El General De Gaulle trató de derrumbar esa hegemonía y, para debilitar la moneda americana, exigió que le respondieran en oro por la sumas que los dólares garantizaban; lo único que logró fue que el gobierno americano le enviara el metal y declarara que en adelante el respaldo en oro bajaría a la mitad y que lo que defendía el valor del dólar era la capacidad industrial de los Estados Unidos. Desde entonces, tanto las monedas como el comercio internacional han estado directa o indirectamente medidas en función del dólar.

Pero hoy, el mayor dueño de oro en el mundo es China; posee bonos del gobierno americano por un valor que supera ampliamente a cualquier otro país o al mismo PIB americano; podría desvalorizar el dólar y desestabilizar la economía mundial, con ofrecer al mercado tales títulos; pero hábilmente se convirtió en alguna forma en el dueño de esa moneda, utilizándola para adquirir empresas en el extranjero; como fenómeno de crecimiento de consumo subió los precios de las materias primas del mundo, al tiempo que, con la mano de obra barata, podría declarar que hoy el yuan no depende del respaldo del dólar ni del oro que posee sino de su infinita capacidad de conquistar mercados.

Europa, con el euro, se volvió casi totalmente independiente y compite no solo en valor sino en la función de moneda de reserva y de intercambio con el declinante dólar.

Y los países que realmente podrían decir que tienen 'moneda dura' son los dueños del petróleo que, además, de los llamados petrodólares y los innumerables bienes que han adquirido con ellos, tienen las infinitas reservas bajo el suelo.

En cambio, nuestra condición de semi-colonia americana no es solo en lo político, sino por supuesto también en lo económico -más del 70% de nuestras reservas son dólares; y Estados Unidos es el destinatario de más del 60% de nuestro comercio exterior y, de lejísimos, el primer aportante o donante al país (así sea para la guerra)-.

El medir cómo nos va dentro de los parámetros de medición del contexto antiguo nos puede mostrar resultados aparentemente satisfactorios; al fin y al cabo nuestras materias primas valen más y con su producto podemos importar más bienes y productos, gracias a la revaluación frente al dólar; esto genera mayor actividad comercial y nos permite vendernos fácil a las trasnacionales para mostrar una bonanza transitoria.

Pero en términos más serios, no podemos pensar que nuestro futuro está en sustituir nuestra capacidad productiva por la adquisición de bienes baratos producidos en China y compensarlo vendiendo nuestras empresas a manos extranjeras -que por supuesto rentan utilidades pero para remesarlas al exterior-.

Ni podemos seguir atados a la suerte de unos Estados Unidos que pasan por el peor momento de su historia, y menos a la de su líder que, en cuanto al país, pero más en cuanto al dólar, 'acabó con el poder del que era el país más poderoso que había tenido el mundo'.

No vemos lo anterior porque solo dos dimensiones determinan el comportamiento de los medios y su actitud en relación con la información y el ciudadano: de un lado están los aspectos comerciales, en el sentido de que lo importante es la noticia, el titular que produce rating, y el análisis para contextualizar o profundizar no solo es innecesario sino eventualmente contrario al impacto que debe producir el titular escueto; de otro lado está el interés y los compromisos de quien puede usar la información, es decir, de quien tiene influencia para orientar la forma en que se presenta, y de la cual dispone para formar una 'opinión pública' al servicio de sus propósitos.

El público es en efecto lo que interesa a todo medio de comunicación, pero no para mantenerlo informado sino para lograr los efectos que busca al tener el control de, y manejar la información: éxito comercial con noticias de impacto y uso del poder para beneficio de los propios intereses.

De ahí el interesante concepto según el cual, al igual que el analfabetismo funcional es el de quienes saben leer y escribir pero no viven en un mundo en el cual puedan aplicar estas habilidades, el 'analfabetismo del siglo XXI' consiste en que quien recibe una noticia no tiene acceso a elementos de información para reflexionar sobre ella para darle la dimensión y el contenido que realmente interesa.
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