Opinión

  • | 1995/08/01 00:00

    País petrolero?

    Colombia parece ser más un país con petróleo que un país petrolero.

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Todo negocio sensato se concreta cuando alguien quiere lo que no tiene y está dispuesto a dar algo a cambio. El petrolero no es distinto. Algunos países poseen el recurso -o por lo menos perspectivas de descubrirlo- sin adecuado capital y técnica para llevarlo al mercado, mientras otros, generalmente agentes económicos independientes, carecen de petróleo suficiente para sus fines, pero son dueños de los elementos para convertirlo en bien transable. Entre estos dos polos existe una obvia comunidad de intereses y al mismo tiempo un amplio campo de confrontación.

El quid estriba en definir la equidad en el reparto de la renta petrolera. Colombia entró en la partija con el pie izquierdo. En ello no se diferenció del resto de los países prospectivos en la parte baja de la escala del desarrollo. Los hubo, inclusive, más indefensos. Irán o los emiratos del Golfo Pérsico, cuya extrema debilidad frente al proponente era aún peor que la colombiana, pactaron originalmente condiciones hoy inimaginables. Todo era cuestión de poder relativo. Las Siete Hermanas (Shell, Exxon -entonces Standard Oil de Nueva jersey-, British Petroleum, Texaco, Chevron, Mobil y Gulf Oil) se repartieron el globo subdesarrollado, no por maldad, sino por avidez sin contrapeso.

Con el tiempo, tres cosas han modificado el balance de poder de negociación en favor de los débiles:

a) La facilidad demostrada, dentro de cada territorio nacional, para encontrar y llevar al mercado el recurso petrolero.

b) Su posición estratégica en términos geopolíticos.

c) La acumulación de capital y conocimientos que permitan la alternativa de la explotación propia.

Un cuarto aspecto influye para separar un país petrolero, de un país con petróleo: la postura de la sicología colectiva con respecto al significado del recurso y su traducción en términos políticos. Colombia es un ejemplo de camisa de fuerza impuesta por la historia, que ha condicionado el mejor aprovechamiento de su potencial petrolero, sacrificando, a veces, los verdaderos intereses nacionales. Este posicionamiento se origina en una desafortunada coincidencia para el país: uno de los períodos más álgidos del imperialismo petrolero en el mundo entero empalma con la pérdida de Panamá y con el marchitarse de la influencia europea en aguas del Caribe. La relación de subordinación en una actividad donde se era neófito, se exacerbó con el sentimiento de impotencia por la debacle panameña.

El petróleo se entremezclaba con la normalización de las relaciones colombo-americanas después de la separación. El tratado Urrutia-Thompson se enredó en los entretelones de los esfuerzos de empresarios costeños por vincular (en Urabá y el Sinú) empresas europeas al país; los interesados en los Estados Unidos consideraban esas alianzas una intromisión en su área de influencia y dizque una amenaza para la seguridad del recién estrenado Canal de Panamá. Desde entonces el síndrome Panamá ha coloreado las percepciones del subconsciente colombiano en todo lo que tiene que ver con relaciones de dependencia del exterior. El particularismo nacional y su mentalidad mediterránea se han encargado de mantener vivo el recuerdo. Al petróleo le tocó, por su visibilidad, y por tratarse realmente de la primera experiencia gruesa con el capital norteamericano, ser el catalizador del complejo de inferioridad. Complejo que la arrogancia, la hermética reserva y la inflexibilidad de las compañías petroleras internacionales no hicieron nada por desmontar.

Durante cincuenta años se laboró en un clima de profunda desconfianza de los interlocutores petroleros. Al recuerdo de Panamá; se sumó el virulento activismo marxista, que influyó en la caricaturización de las transnacionales como ogros infames y su repercusión en las actitudes políticas. Como consecuencia, durante largo tiempo no se pudo saber si se era un país con petróleo, porque no existió la mentalidad para ser un país petrolero. Después del descubrimiento de la Cira-Infanta, Colombia hubo de esperar hasta el hallazgo de Caño Limón -sesenta y cuatro años más tarde- para registrar un nuevo mega-yacimiento. En el intermedio se descubrieron infrecuentemente algunos campos significativos, pero nada que se registrase, como está sucediendo ahora, en las bolsas de valores de los países desarrollados.

Estas consideraciones sicológicas tendrían menos impacto si los otros factores que determinan el

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balance de poder con las transnacionales hubiesen estado a favor del país. Pero no, desde el punto de vista petrolero, Colombia ha sido históricamente un área de geología pobre. Con razón la clase dirigente colombiana miró el petróleo como un aporte complementario y no como un aspecto central de la vida económica del país. Durante casi todo el siglo XX, Colombia ha sido considerada como una zona mediocre por las compañías petroleras. Las batallas jurídicas, las luchas sindicales y los nacionalismos hirsutos se han apoyado en suposiciones fantasiosas sobre el subsuelo colombiano, no en hechos reales. En el concierto mundial se ha sido una estrella de tercera magnitud. La verdad es que hasta el descubrimiento de un golfito en Cusiana, el modesto total de las reservas encontradas en Colombia era inferior a 3.000 millones de barriles, después de casi un siglo de vida petrolera; con esa gota de crudo no se consigue figurar, con nombre propio, en ninguna estadística seria.

Tampoco posee Colombia una posición estratégica privilegiada, que la convierta en ombligo del mundo para mejorar su calificación en las negociaciones previas a la búsqueda de hidrocarburos. Eso es evidente desde la pérdida de Panamá. El no ocupar una esquina riesgosa en términos geopolíticos le ha evitado los horrores de la participación directa en dos guerras mundiales, pero al mismo tiempo la ha relegado a geografía marginal. No es entonces la ubicación de la propiedad raíz la que ha estimulado la inversión de capitales de exploración en Colombia. Sin petróleo fácil de encontrar, sin significación estratégica y, como es obvio, sin experiencia técnica, la participación del esfuerzo mundial por localizar crudo en territorio colombiano fue relativamente mezquina, y lo poco que se captó fue negociado en condiciones no del todo desventajosas, en su momento. Es erróneo comparar a Colombia con Venezuela, donde Juan Vicente Gómez, con astucia primaria y petróleo cerca del mar, obtuvo para su patria términos aparentemente extraordinarios, dada la época. La simplicidad y generosidad del subsuelo de nuestros vecinos, y por lo tanto la disminución del riesgo geopolítico, era comparable con el colombiano en relación cuarenta a uno.

De la postración petrolera, en la que el país se debatía impotente entre la pobreza y el miedo, se empezó a salir gracias a dos factores que modificaron la balanza de poder: la envidiable tradición de seguridad jurídica de Colombia y la creación de Ecopetrol. La primera está ligada a la historia civilista colombiana y a su respeto abstracto por la ley. Con el tiempo, y por comparación con las expropiaciones y arbitrariedades que ocurrían en otras partes, Colombia empezó a distinguirse como una isla de garantía para los compromisos adquiridos. No es un accidente que una de las primeras concesiones en el mundo que revirtió a su madurez y sin conflictos fue la Concesión de Mares. Eso mismo, sin embargo, impuso cautela, por la certeza de tener que vivir con las equivocaciones. Pero en cambio, ha contribuido a hacer más flexible la posición negociadora de las contrapartes.

La creación de Ecopetrol ha venido confiriendo un grado de seguridad creciente, en la medida en que se profundiza la experiencia. La invaluable contribución de la empresa consiste en ser depositaria de conocimientos penosamente adquiridos durante los años de transferencia de tecnología. Transferencia que comenzó a materializarse desde el momento de su fundación, cuando el gobierno de 1951 consiguió -hecho insólito para la época que la Standard Oil le alquilase técnicos para entrenar personal, y para ampliar y administrar la refinería de Barrancabermeja. Estos modestos avances eran insuficientes, sin embargo, para adquirir turbante y encaramarse en el camello, o para convertirse en país petrolero.

L a modalidad de Contrato de Asociación, en vigencia desde 1969 y perfeccionada en 1974, alcanzó a abrir brechas en la xenofobia petrotransnacional, porque la necesidad tiene cara de hereje, como dice la sabiduría popular. Fue aleccionante

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el perder la autosuficiencia petrolera en 1975, durante un momento muy crítico de la historia del petróleo como proveedor esencial de las necesidades energéticas del mundo. Sobre todo que llegó cuando la carga de suspicacia nacional, catalizada por corrientes de izquierda, parecía triunfante. Los años sesenta fueron los más chauvinistas de la historia petrolera colombiana. Por la vía de decidir que frente a las transnacionales se estaba siempre en inferioridad, y que por lo tanto Colombia no podía sino perder, se suspendió casi todo esfuerzo por buscar hidrocarburos. Esta postura se reforzó con los pronunciamientos del Club de Roma, según los cuales los recursos del planeta estaban camino de extinción; ¿qué mejor entonces que sentarse sobre ellos y esperar?

Pasada la crisis, y cuando el Contrato de Asociación había demostrado sus bondades, los ancestrales complejos de génesis panameña y provincial volvieron a levantar cabeza. Ahora ya no se podía argüir que se era menor de edad. Ecopetrol constituía ya una empresa madura, y si bien no estaba siempre en la vanguardia tecnológica, por lo menos discernía entre lo óptimo y las falsificaciones. Ecopetrol es una aceptable contraparte, a nivel local, de cualquier gran empresa petrolera. Se optó, sin embargo, por cuestionar su capacidad técnica para sentarse a la mesa de igual a igual y enfrentarse a las ahora Seis Hermanas (desapareció Gulf Oil), y sus competidoras y se la castró en materia exploratoria, con el plausible argumento de que el Estado colombiano tenía otras prioridades (la notable excepción reciente es el permiso de perforar en Medina, sobre cuyas perspectivas se debería ser, de todas maneras, más pruedente). Al mismo tiempo, durante la última década -después de Caño Limón, y en parte a causa de él- se ha ignorado olímpicamente lo que está pasando en el resto del globo.

En efecto, varias cosas han variado radicalmente en el negocio de hidrocarburos después de los "shocks" (1972 y 1979). Ante todo, el precio del petróleo es inferior hoy, en términos reales, a lo que era antes de 1972. Por otra parte, las oportunidades exploratorias en áreas tan o más prospectivas que Colombia se han duplicado. Países que por razones políticas o de desconocimiento geológico no figuraban -como China o Noruega- en el mapa petrolero ahora son preeminentes y, lo que es crucial, están ofreciendo condiciones de remuneración para el socio capitalista y tecnológico bastante mejores que las colombianas. Mientras el mundo se abría, Colombia se cerraba. En los últimos diez años el país ha endurecido las condiciones para la participación del socio potencial y actuado con ceguera en materia tributaria, totalmente en contravía de las realidades internacionales. También la orgullosa tradición de equidad jurídica se ha desdibujado. Arbitrariedades aquí y allí han desteñido la confianza en la legitimidad colombiana. Como resultado, la exploración y la relación de perforación a éxito han caído paulatinamente a niveles similares a los de los sesenta, poco antes que se dejara de ser autosuficiente.

Es peligroso obnubilarse con Cusiana, que amenaza estimular otra vez la suspicacia xenófoba. Esos hallazgos son el fruto de esfuerzos exploratorios iniciados cuando el Contrato de Asociación todavía era equitativo. Centenares de millones de dólares se enterraron en el Piedemonte antes de que el conocimiento geológico de la zona y los avances en las técnicas exploratorias a gran profundidad (en áreas de frecuente actividad sísmica) rindieran fruto. Mirado sólo desde el punto de vista de las estadísticas de frecuencia exploratoria hoy, el éxito reciente en las estribaciones cordilleranas es una anomalía. Cusiana es producto de la tenacidad de la British Petroleum, y también de otros antes de ella (incluyendo a Ecopetrol y al legendario Dr. Taborda que hizo perforar los Unetes y Tauramena, a principios de los setenta. Como se sabe, el petróleo nace en la mente del geólogo...).

Parecen soplar vientos de cordura sobre la necesidad de replantear las relaciones con futuros socios externos (en cuanto a los actuales: "a 1o hecho, pecho"), para reconocer las realidades globales de la contratación. En esas elucubraciones no hay cupo para la emotividad o para el lejano recuerdo del istmo de Panamá. Es en la abundancia, pasajera quizás, del Piedemonte llanero que sabremos si Colombia ha dejado de ser un país con petróleo para convertirse en un país petrolero.
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