Opinión

  • | 1994/10/01 00:00

    Pacto sin compromisos

    El pacto social es una herramienta que sirve para bajar la inflación, no para evitar la revaluación.

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Una de las banderas de nuevo equipo económico es la puesta en marcha de un pacto social de productividad, precios y salarios, el cual, entre otros objetivos, pretende bajar la inflación. Los pactos sociales para disminuir la inflación generalmente han sido concebidos como complemento a las tradicionales medidas de política monetaria, cambiaria y fiscal. Aquellos que han sido concebidos como sustituto de una prudente política macroeconómica siempre han fracasado.

Desde hace más de un año la economía colombiana está "recalentada". A pesar de que el producto ha empezado a crecer a tasas satisfactorias (5.3% en 1993), las mismas son pírricas comparadas con el crecimiento de la demanda del 12%: consumo total 10.1%, inversión pública 18.9%, inversión privada 43.3%. El nuevo Minhacienda ha señalado que en año completo a julio los giros de la Tesorería General habían aumentado más de 70%. Con algunas excepciones, a la mayoría de los sectores les está yendo bien. En 1993 la construcción creció 7%, la industria diferente a la trilla de café 5.7% y el agro diferente al café también 5.7%.

El lunar detrás de todo esto es la no despreciable apreciación de la tasa de cambio real El índice que elabora el Banco de la República (1986=100) alcanzó el insostenible nivel de 117 puntos en diciembre de 1990, bajó a 106 en 1991, a 104 en 1992, a 102 en 1993 y a 93 el pasado mes de julio El impacto de esta evolución sobre la rentabilidad de las exportaciones y de la industria nacional que compite con las importaciones es bien conocido.

La apreciación tiene muchas causas, entre las que se destacan la afluencia de financiamiento externo, la política de tasa de cambio y las presiones de demanda, tanto del sector público como del privado. El nuevo gobierno está preocupado porque el sector privado gasta mucho. En lugar de proponer un (impopular) aumento de impuestos, ha optado por encarecer el endeudamiento externo. En el pasado esta medida ha probado ser poco efectiva más allá del corto plazo. También se ha mostrado preocupado por el gasto público, pero, al igual que el anterior gobierno, ha afirmado que, infortunadamente, el mismo es bastante inflexible.

La estrategia del gobierno podría leerse de la siguiente manera: "controlado" el crédito externo privado y acordados algunos precios y salarios, sólo faltaría acelerar la devaluación para frenar la apreciación cambiaria. Una lectura alternativa diría que con controles poco efectivos al endeudamiento externo y sin voluntad de mayor ajuste fiscal, una aceleración de la devaluación con seguridad aumentaría la inflación.

Por lo tanto, pareciera ser que el gobierno tiene en mente un pacto en el cual el Banco acordaría prevenir que la tasa de cambio real se continúe apreciando, objetivo loable, pero en el cual el peso del ajuste podría terminar recayendo en el Banco (acelerando la devaluación) y no en el gobierno (recortando el gasto público) o en el sector privado (pagando más impuestos). En tal sentido, distaría mucho de ser un pacto para bajar la inflación.

Si la anterior interpretación es correcta, hace bien el Banco, o por lo menos algunos miembros de su directorio, en ser escépticos respecto a la bondad de que el manejo de la tasa de cambio haga parte del pacto de marras. Una alternativa podría ser que el Banco actúe como garante del pacto, asegurando que, independientemente de que alguien lo incumpla, los instrumentos bajo su control serán los encargados de prevenir aumentos en la inflación.

Se suele señalar a México como ejemplo de un pacto social exitoso. Allá, el manejo de la tasa de cambio ha sido parte integral del pacto, que data de 1987: entre 1987 y 1993 la devaluación acumulada ha sido de 41%, la inflación de 241% y la apreciación real, después de corregir por la inflación y devaluación de los socios comerciales, de 41%. Como si fuera poco, el déficit fiscal, que era 15.5% del PIB en 1987, se convirtió en un superávit de 1% en 1993. El pacto se considera exitoso porque la inflación anual bajó de 159% en 1987 a 9% en 1993. Queda claro que dicho pacto ha sido uno en el cual se ha buscado bajar la inflación, no uno en el cual se haya pretendido mantener estable el tipo de cambio real.

En resumen, sería un error pensar que los pactos son una forma "poco costosa" de bajar la inflación. El ejemplo mexicano, considerado por muchos como exitoso, ha estado acompañado de apreciación cambiaria y de austeridad fiscal. Acá no se está contemplando aceptar mayor apreciación ni se está hablando de austeridad fiscal. En ese caso, se corre el peligro de desprestigiar una herramienta que, en otras circunstancias, podría ser bastante útil.
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