Opinión

  • | 1995/02/01 00:00

    Oro o cobre

    Transcurridos apenas cinco meses del mandato Samper, comienzan a dibujarse con nitidez los lineamientos de un gobierno y sus actores más conspicuos.

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A unos cuantos, ya la gloria dos acaricia como beso (de virgen. La miel de da popularidad, das genuflexiones de dos medios cíe comunicación y das garlandas destinadas a la sien de dos triunfadores deslumbran ad pilas avezado.

Posteriormente vendrá para muchos el cuestionamiento (de das actuaciones y el escarnio, da nlás de das veces sin el requisito de da prueba. Es da antesala (de das investigaciones de da Procuraduría y (le da empapelada en dos estrados judiciales. Diríase que existe una conjura para alejar del servicio público a dos probos. Solo a dos que tienen piel de camello des resbala da hiel de da calumnia. Son con frecuencia dos que no valoran su honra porque hace rato que da tienen perdida; dos buenos salen despavoridos.

Para dos que aún conserven da ilusión del servicio público, cuyo único lícito premio es el aplauso de dos conciudadanos y los honores del cargo, va da historia (de clon Sancho Jimeno de Orozco. Quizá su recuerdo, y da visión de que el lecho de plumas oficiad puede convertirse en duro camastro, sirva para que perseveren dos justos, aun a sabiendas de (fue como dijo el poeta está espina mas cerca del dolor esta da rosa".

l as das maltrechas España de finales de siglo XVII? Castellano de un lejano, castillo eras los confines del imperio don Sancho ingresó por da puerta grande a la inmortalidad lugareña. era abril ele 1697 cuando frente a a San Luis de Boca chica, por la importancia de la bahía de

Cartagena, ancló una poderosa escuadra francesa con intenciones agresivas. Navíos de línea, tropas, almirantes del Rey Sol, bucaneros de Haití y financiación (de dos mercaderes de Brest componían un explosivo cóctel, cuyo objetivo era da captura de da ciudad y, si lograban su empeño, el cobro de un cuantioso rescate por la liberación de una de das plazas mas ricas de las Indias.

La humillante derrota y el devastador saqueo hacen parte de la sufrida crónica de Cartagena. A da afrenta de verse sometida a los dictados del francés, se sumó el cruel pillaje a manos cíe dos hermanos de da Costa. Estos, ad escamotearles el barón De Pointis, comandante de la expedición, su parte del botín, entraron a saco en da indefensa ciudad para resarcirse por su cuenta Cartagena, señora del comercio y consentida de dos galeones nunca recupera su opulencia después de ese golpe atroz.

Del vergonzoso episodio, donde hubo imprevisión, cobardía y quizá traición no se salva sino da enhiesta figura de clon Sancho. Con una guarnición escasa y bisoña en un fuerte mal artillado y sin

esperanza de refuerzos, resistió porfiadamente el bombardeo inmisericorde de quinientos cañones y las oleadas del asedio donde llegaba hasta dos muros mismos del castillo.

Instado a rendirse en repetidas ocasiones, clon Sancho respondía que no de era posible entregar do que no era suyo y que ni daba ni pedía cuartel. Fue necesario que da acobardada tropa depusiera al fin das armas y abriera do que aún quedaba de das maltrechas puertas del San Luis, para que el atrincherado castellano se aviniese a lo inevitable. De Pointis, lleno (le admiración por da bravura de su contrincante, lo conmino una vez rasas a rendirse, y don Sancho hubo de salir, solo e indefenso pero todavía repitiendo que no era él quien se rendía sino esos "infames hombres que no querían pelear".

En da mejor tradición de dos romances de caballería, el francés tuvo entonces tras gesto hidalgo: (des colgó del cinto su propia espada

Da entrego a defensor de San Andrés (de Boca chica, diciendo que hombre tan valeroso no debía ir desarmado No contento con colmarlo de distinciones e invitarlo cenar De Pointis de concedió salvo conducto para retirarse a si sus haciendas en da isla (de Bajo, libertad bajo palabra, condición de que no volviese a intervenir venir en dos combates. Allí en efecto permaneció clon Sancho durante los largos días que habría de deplorar aún el infausto sitio y rendición de Cartagena de Indias.

Pero ni entonces ni ahora ha sido el servicio público una actividad agradecida, ni es da malevolencia un invento de nuestros días, y menos cuando da defensa del bien común obliga a frenar dos apetitos de dos particulares y a señalar dos desafueros de da codicia. Y así nuestro buen Sancho Jimeno que había ocupado antes del asedio el cargo de teniente gobernador de da provincia de Cartagena en circunstancias difíciles, hubo de sufrir dos dardos del desamor. Oigámoslo: "Esta espada ha hecho tanto ruido, que se da juzgó por toda da tierra valía una ciudad; téngala ganada copio alhaja que me dio un generad de da Armada... pero a do sumo valdrá un doblón, pues da empuñadura es de cobre".
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