Opinión

  • | 2006/04/12 00:00

    Orgullo y Prejuicio: lección de límites para la mujer contemporánea

    Hemos avanzado en leyes que intentan proteger a la mujer, pero no hemos progresado en establecer un equilibrio entre las necesidades afectivas y las necesidades de la otra persona.

COMPARTIR

Cuando tenía como 15 años, leí el libro Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Todavía recuerdo la anticipación con la que leía sobre los encuentros de la protagonista con Mr. Darcy, a quien supuestamente ella odiaba. Al ver la película la semana pasada, quedé ubicada en mi adolescencia y en los sueños de entonces sobre el amor, las relaciones de pareja, el respeto, la autonomía, la complementariedad, el valor del misterio, en fin, todo un romanticismo propio de aquella época, así según algunos la autora fuera muy distinta a su momento histórico.

El momento actual es tan diferente para los jóvenes de edades como la de aquellos protagonistas, según lo que veo a mi alrededor en mis estudiantes y en las amistades de mi hija. Parece que hoy, después de los bienvenidos avances en equidad de género, se hubiera perdido algo muy importante: el respeto por el otro y por sus sentimientos, la conciencia de cómo cada uno afecta a los demás con su actuación y la expresión o inexpresión de sus sentimientos y la responsabilidad individual en todo ello. En esto hemos caído hombres y mujeres.

No pretendo que volvamos a la pedida de mano de rodillas, ¡claro que no! Como tampoco a los matrimonios acordados por conveniencia por parte de los padres o tutores -así en aquellos países en que se definen de esta forma, la tasa de divorcios sea menor a la nuestra-. Pero la manera como la mayoría de los jóvenes se refiere a las mujeres contemporáneas como si fueran un objeto y como muchas de ellas denotan una falta de límites en las relaciones, me hace preguntarme si hemos avanzado o retrocedido.

Una de mis alumnas afirmaba sentirse muy sola cuando se daba cuenta de que para ella un beso es algo muy valioso y por consiguiente lo reservaba para alguien especial, mientras la mayor parte de sus amistades lo veía tan distinto. A sus 20 años no ha encontrado una pareja que comparta su forma de ver las relaciones y se pregunta si estará equivocada en su concepción de la vida y de lo que puede dar y recibir en una relación de pareja.

Por otro lado, me entero con frecuencia del acoso sexual de algunos jefes con sus subalternas mujeres a quienes parecen considerar parte de su propiedad o de la definición de su cargo: las invitan insistentemente, intentan seducirlas y si no los aceptan, terminan despedidas o al menos amenazadas, mientras ellos -abusando de su poder- permanecen orondos esperando la próxima "víctima". No es que en el siglo XIX en Inglaterra la mujer estuviera mejor en este sentido, sobre todo si era de clase media o baja. El punto que quiero destacar es que si bien hemos avanzado en leyes que intentan proteger a la mujer y en oportunidades educativas que permiten que acceda a estudiar carreras que antes eran completamente masculinas, parece que no hubiéramos progresado en establecer un equilibrio entre nuestras necesidades afectivas -y la forma de expresarlas con amor y respeto- y las necesidades de la otra persona. Es bastante frecuente el abuso o la indiferencia en las relaciones entre hombres y mujeres.

Y en algún sentido, todo esto parece ser terreno de nadie. Los colegios, en su mayoría, se desentienden de algo tan importante como la formación del carácter y el desarrollo de la autoestima. Y qué decir de la educación superior, que en este sentido de superior no tiene nada, pues en general ignora su responsabilidad en todo esto. Los modelos para seguir se tienen en una pantalla de televisión donde la irrealidad seduce a identificarse con modelos de relaciones superficiales.

La invitación es a retomar el carácter de las mujeres de Jane Austen, que les permitía esa libertad de expresión tan maravillosa de Elizabeth Bennet, la protagonista, diferente a la libertad sexual que resultó tan engañosa para las mujeres porque las llevó a facilitar quizá demasiado las relaciones sexuales. Creo, sí, que corresponde aún a las mujeres ese manejo del misterio y ese poner límites que puede tal vez llegar a comprometer al hombre para que ambos disfruten del respeto mutuo y de la equidad.

conniedesantamaria68@hotmail.com
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?