Opinión

  • | 1999/09/10 00:00

    Optimismo, productividad y miseria

    Una política incompetente podría convertir los recientes aumentos en la productividad laboral en más desempleo y miseria.

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¡Qué tristeza y qué vergüenza! Cuando usted lea este artículo ya se conocerá la estimación oficial sobre la caída de la producción en el segundo trimestre de 1999, alrededor del 7% anual. Y eso, dándole el beneficio de la duda al crecimiento de actividades sobre las que se sabe poco, como la agricultura no cafetera, la ganadería y los restaurantes. Porque si nos limitamos a aquellas con cifras más confiables, como la caficultura, la industria, la edificación, las comunicaciones y el sector financiero, la caída de abril - junio podría exceder el 10% anual.



El mismo gobierno acepta que la caída en todo 1999 rondará 3%. ¿Quién hubiera imaginado que en el año de la famosa "bonanza petrolera de Cusiana", con un alto precio para el petróleo y con una economía mundial pujante (excepto en los países que cometieron las mismas torpezas que el nuestro) la producción local sufriría una de las tres únicas caídas del siglo? Y, para colmo, la mayor de todas.



Las otras dos recesiones ocurrieron en los años 1930 y 1931 cuando el mundo entero se sumió en la Gran Depresión, que por fuera de Colombia duró cuatro años. Aquí, en cambio, salimos más o menos bien librados, con una caída tan moderada como ya la quisiéramos para este año.



Recuerdo que al comienzo de la década se decía que, gracias al nuevo modelo, sería posible superar la "baja" tasa de crecimiento de la segunda mitad de los 80, cuando el PIB apenas había crecido a un promedio de 4,7% anual. Pero si traigo a colación ese punto no es porque crea, como Eduardo Sarmiento, que el origen del mal está en la apertura económica y en la profundización del mercado. Mi fastidio (sí, fastidio, para qué negarlo) tiene que ver, precisamente, con el despilfarro de una magnífica oportunidad para acelerar el desarrollo.



Como ya veo venir los intentos de descalificación atribuyéndoles a estos comentarios motivaciones políticas me apresuro a declarar que, aunque "las cosas están tan mal que parece que hubiera ganado Serpa", con Serpa estaríamos peor. Primero, porque la Junta del Banco de la República, a la que le atribuyo las cuatro quintas partes del desastre, habría sido la misma. Y además, ya la había embarrado a fondo desde mucho antes de este gobierno, cuando entre 1992 y 1994 bombeó dinero como loca para apoyar el crecimiento del período Gaviria. Y luego cuando, a finales del gobierno de Samper, decidió estrangular y quebrar la economía para defender la famosa banda cambiaria.



Tras un año en el cual los supervivientes han quemado la grasa acumulada, la productividad laboral se disparará.



Además, con Serpa seguiríamos en el ostracismo internacional en lugar de haber sido, sencillamente, "degradados" por las agencias calificadoras de riesgo. Y los empresarios no habrían mostrado la paciencia de Job de los últimos doce meses. Los paros empresariales habrían acabado de enredar las cosas.



Lo dije hace meses y quiero repetirlo ahora, cuando las cifras de la depresión y del desempleo muestran que me quedé corto. A la economía le tiraron una bomba atómica en la forma de tasas de interés impagables, estrangulamiento crediticio, desplome de la inversión pública en medio de la recesión y represión deliberada del ajuste cambiario, mientras se pudo. ¿Dónde están hoy los que hace un año nos anunciaban que la ortodoxia fiscal bastaría para poner a fluir ríos de leche y miel y dispararía la inversión privada, en lugar de frustrarse por la misma recesión? ¿Dónde los que decían que la banda cambiaria que se defendió en junio de 1998 "contenía el tipo de cambio de equilibrio"?



En la Junta del Banco de la República y en el Gobierno, por supuesto. O preparándose para entrar.



Al abismo económico caímos por errores de la política económica, y de él no saldremos a punta exclusivamente de optimismo. Respeto y admiro a los empresarios que perseveran y se crecen ante el castigo, pero me revientan los optimistas de oficio que insisten en que el mal lo causamos precisamente los que detectamos los tumores y aconsejamos tratamiento. Los que nos dicen que, si todos confiáramos en la recuperación, ella vendría automáticamente. Son como los teguas que desaconsejan ir al médico y pretenden tratar un tumor canceroso a punta de optimismo, rezos y agüitas.



El optimismo ayuda, pero quienes dicen que es suficiente están haciendo mucho daño a pesar de sus buenas intenciones. He visto a economías y a enfermos de cáncer pesimistas recuperarse cuando son tratados bien y a tiempo, pero no conozco a economías ni a personas cancerosas que hayan salido, si no es para la sepultura, a punta de optimismo.



Mi preocupación es ahora mayor que nunca porque, tras un año en el cual las firmas supervivientes han hecho enormes esfuerzos para quemar la grasa acumulada, la productividad laboral se disparó o está a punto de hacerlo. Y eso, que con una política macroeconómica adecuada sería una oportunidad para recuperar al menos parte del terreno perdido, amenaza convertirse en una nueva y aterradora frustración. Los responsables de la política económica pueden aprovechar esa oportunidad dorada pero también pueden operar como reyes Midas al revés, transformándola en más desempleo y miseria.



La razón es simple. Un aumento de la productividad laboral significa que puede producirse más con los mismos recursos, pero también que la misma producción puede lograrse con menos trabajadores. Si el aumento de la productividad eleva el ingreso o aumenta el desempleo dependerá del comportamiento de la demanda agregada.



Una de las principales funciones de la política económica es asegurar que la virtud empresarial, conocida en la jerga como aumento de la productividad, pueda traducirse en mayores salarios reales, y por ende en un aumento del bienestar y la riqueza, y no en más desempleo, frustración y miseria.



Confiemos en que los responsables de la política económica demuestren, al menos por esta vez, estar a la altura del reto.
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