Opinión

  • | 2006/05/12 00:00

    Ojalá funcione

    En los próximos meses, la junta del BR intentará moderar la demanda para mantener a raya la inflación sin frenar el crecimiento. Podría funcionar, pero los riesgos son elevados.<br><br>

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Muchas cosas buenas le ocurrieron a la economía en los últimos años. Aumentaron la producción, el ingreso, el consumo, la inversión, las exportaciones y el empleo. Cayeron la inflación, el déficit público y las tasas de interés. Y todo eso se logró con unos costos que todavía lucen livianos: cierta pérdida de competitividad internacional de las exportaciones debido a un dólar barato y una creciente filtración de la demanda hacia importaciones, en contraste con las compras a productores locales.

A pesar de los costos mencionados muchos querrían continuar por esa vía durante un tiempo, pero esa posibilidad no existe. La principal razón para ello es que en los últimos años la reducción de la inflación, que es una prioridad absoluta para la autoridad monetaria, se debió a una caída del dólar de más de 20% en tres años, que abarató las importaciones de bienes de consumo y los costos de insumos y capital para la producción local. Como nadie espera que el dólar siga cayendo, en el futuro esa influencia estabilizadora tendrá que ser reemplazada con un menor crecimiento de la demanda.

Ese es el significado inicial de la reciente decisión de la junta del Banco de la República de subir sus tasas de interés de "intervención": por ahora solo un cuarto de punto porcentual. El propósito inmediato es inducir aumentos en las demás tasas de interés. La meta intermedia es moderar la demanda y el objetivo final es contrarrestar presiones inflacionarias que la junta avizora y que ya mostraron sus cabezas en la inflación de abril para productores. Todos sabemos que vendrán más alzas de las tasas de interés del Emisor pero nadie, ni la misma junta, sabe cuánto será el aumento total requerido, o está en condiciones de precisar los efectos colaterales.

Es un truco económico de resultado incierto sobre la producción y el empleo por dos razones principales. La primera es que nadie está seguro de cuánto tendrá que desacelerar la demanda para mantener a raya la inflación, una vez deja de operar la influencia estabilizadora de un dólar barato. De pronto tenemos suerte, las cosechas ayudan, los precios internacionales se estabilizan o caen y el dólar sube poco, de manera que basta una palmadita sobre la demanda agregada, un leve aumento de las tasas de interés, para lograr mantener en cintura la inflación.

Pero de pronto ocurre lo contrario: el invierno pudre las cosechas, los precios del petróleo y los minerales siguen trepando y el dólar sube rápido. En ese caso, para mantener a raya la inflación habría que vapulear en serio la demanda con altas tasas de interés. Tan altas que, además de cortarles el apetito a los consumidores e inversionistas, pondrían a muchos deudores a saltar matones financieros.

La segunda cosa que hace incierto el resultado es que el efecto de cualquier reducción en la demanda interna sobre la producción y el empleo dependerá de cuánto vigor mantengan las exportaciones en los próximos meses y de cuánta demanda local pueda ser atendida por las empresas nacionales. Los cálculos en este frente nunca son fáciles pero se tornan de verdad peliagudos y arriesgados cuando se consideran, para los próximos dos años, cosas como el retiro de Venezuela de la CAN y las consecuencias inmediatas del TLC con Estados Unidos.

Ningún analista serio pretenderá tener seguridad sobre el curso futuro de variables como las cosechas, los precios de los productos básicos, el dólar y Chávez. Hay que reconocer que, una vez se acepta como objetivo absoluto una meta de inflación, aumentan los riesgos para la producción y el empleo porque, en el esquema de política económica de la junta, esas son variables de ajuste, cuyos valores serán los que resulten "compatibles" con la meta de inflación y todos los accidentes. Solo queda "hacer fuerza" y esperar lo mejor.

A algún heterodoxo se le podría ocurrir que, como las variables más importantes para un país pobre y violento como Colombia son la producción y el ingreso, sería más lógico operar con una "función de bienestar" donde tales variables sean las metas prioritarias y donde la inflación sea la variable residual, esto es, la que, una vez definida una política coherente y responsable, quede sujeta en parte "a la suerte", al menos hasta un límite razonable. Pero yo no puedo darme ese lujo: seguiré haciendo mis pronósticos de política económica usando la única función de bienestar que cuenta, esto es, la de la junta.
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