Opinión

  • | 1998/06/16 00:00

    No es una vaca cualquiera

    El problema de la Caja Agraria no es por plata o ineficiencia. A su alrededor se ha desarrollado una cultura del ordeño, que la hace irrecuperable.

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Es una lástima que Andrés Pastrana haya tenido que jurar que no va a liquidar la Caja Agraria, porque no hay duda de que ésa es una de las principales venas rotas del sector público y no tiene cura.



A simple vista, las cifras oficiales de la Caja son muy malas: un patrimonio negativo de $114.000 millones, pérdidas operacionales por más de $27.000 millones en el primer trimestre de este año, una cartera vencida equivalente al 17,3% de la cartera bruta, una cartera de consumo en mora por más de 12 meses que equivale al 40% de la de todo el sector financiero (13 veces más que la participación de la Caja en la cartera del sistema) y una relación de gastos no financieros a ingresos del 64%, más del doble de la promedio en el país, que ya es bien alta.



Pero la realidad es peor porque las cifras oficiales de la Caja tienen más maquillaje que una geisha, debido a ventas recientes de su cartera mala al Fondo de Solidaridad Agropecuaria (FONSA), para ocultar el pésimo récord de sus deudores y aportarle a la Caja "utilidades" que no son más que transferencias fiscales. Y también a recurrentes reestructuraciones disfrazadas de los créditos, que nadie paga.



Si hoy se ofreciera en venta la cartera de la Caja Agraria no se encontrarían compradores ni siquiera con un descuento fenomenal. Aunque de los $2,01 billones que valía la cartera bruta de la Caja en diciembre de 1997 "sólo" $222.000 millones se calificaban oficialmente como irrecuperables, teniendo en cuenta el récord de pagos dudo que alguien estuviera dispuesto a comprar esa cartera bruta siquiera por $1,2 billones, esto es, sin un descuento de al menos una tercera parte sobre la cartera teóricamente recuperable.



No obstante, sobre una gran parte de esa cartera de papel se siguen causando intereses a una tasa promedio anual de más del 33%. Si se trabajara con cifras más realistas tendría que reconocerse que las pérdidas operacionales de la Caja no son de unos $100.000 millones por año, como se proyecta para 1998, sino posiblemente del triple de esa suma.



Cada nuevo presidente de la Caja Agraria plantea alguna reestructuración de la entidad, y cada dos o tres años se hace alguna capitalización abierta, adicional a las ocasionales capitalizaciones disfrazadas como las de la compra de cartera por el FONSA. Pero el problema no puede resolverse con capitalizaciones ni con una reestructuración, incluso si ésta llegara hasta el cierre de las famosas "450 oficinas que dan pérdidas".



En un sentido real, toda la Caja da pérdidas y su problema va mucho más allá de la falta de capital o de la ineficiencia. La Caja está podrida hasta el tuétano y no tiene salvación porque en torno a ella se ha desarrollado una cultura ladrona y de ordeño.



Y no estoy pensando en la guerrilla, la única que roba, abiertamente, sumas en comparación menores. Los principales robos provienen de muchos de sus clientes que obtienen, con el concurso de sus amigotes o cómplices en la entidad, créditos mal respaldados que no van a pagar. Roban, también, muchos clientes que, aunque no tomaron los préstamos con esa malicia, han caído en las costumbres de reestructurar año tras año sus créditos incluyendo los intereses y de exigir condonaciones.



Roban, a manos llenas, muchos proveedores y sus cómplices internos, dedicados a ordeñar a la Caja. Y claro, también ordeñan a la entidad los cientos de empleados que, incluso cuando no se llevan un peso, no aportan un trabajo como honesta contraprestación a su salario sino que se mantienen mano sobre mano esperando la jubilación.



Hace unas días el doctor Gilberto Arango Londoño, en un excelente artículo que inspiró esta nota, señalaba que la Caja Agraria estaba en coma terminal y había llegado el momento de desconectarla. No puedo estar más de acuerdo con él sobre eso, pero disiento de su opinión sobre la conveniencia de crear una nueva entidad, quizás a partir de Finagro, para que reemplace a la Caja y atienda las necesidades crediticias del campo. Mucho me temo que, después de haber incurrido en un costo extraordinario para "desconectar" a la Caja cualquier entidad oficial que la sustituyera adquiriría sus viejos vicios y que los deudores verían la nueva entidad oficial como otra vaca lechera.



La Caja Agraria debe liquidarse, vendiendo sus activos por lo máximo que pueda lograrse aunque el gobierno deba asumir un pasivo pensional. La subsistencia de la Caja no aporta nada a la solución de ese problema fiscal, sólo lo agrava con cada año que pasa. Pero la entidad no debe ser sustituida por un nuevo banco oficial. La única solución permanente y de fondo es que la atención de las necesidades crediticias del campo, que hoy por hoy son una parte menor de las actividades de la Caja, se efectúe por parte del sector privado, en forma descentralizada.



Claro que la atención de esas necesidades será costosa y no sería realista suponer que los bancos privados atenderían ese mercado a menos que reciban compensación adecuada para cubrir los importantes costos administrativos de esas operaciones y, sobre todo, los riesgos de efectuarlas en un medio al que la Caja malacostumbró durante décadas a que los créditos no se pagan.



Sin embargo, un sistema de redescuento de los créditos de ese tipo, que ofreciera a los bancos la totalidad de los fondos requeridos (con base en los recursos de Finagro, que hoy sobran) y un margen de redescuento de unos 10 puntos anuales para que cubrieran los altos costos administrativos y el riesgo de esas transacciones, ofrecería una excelente rentabilidad a las entidades privadas con alguna tradición en ese campo y tendría un costo fiscal de no más de $50.000 millones, calculado sobre los $500.000 millones que hoy ofrece la Caja a los pequeños agricultores.



Ese costo sería una pequeña fracción de lo que, en realidad, la Caja Agraria le está costando cada año al país, incluso si optamos por no imputarle un costo directo a su importante contribución al fomento de una cultura ladrona.



La Caja Agraria debe liquidarse, vendiendo sus activos por lo máximo que pueda lograrse aunque el gobierno deba asumir un pasivo pensional.
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