Opinión

  • | 2003/11/28 00:00

    No todo vale

    Si el gobierno es incapaz de defender una reforma tributaria razonable sería preferible aceptar un aumento transitorio del déficit a crear un esperpento tributario.

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Las noticias sobre la posición del gobierno en materia tributaria son inquietantes. La prensa informa que en una reunión con congresistas el Presidente se manifestó dispuesto a voltear patas arriba su propuesta original, aceptando un aumento de un punto en el actual impuesto de 3 x 1.000 a las transacciones y la creación de un impuesto al patrimonio, a cambio de no elevar el IVA y no reducir el porcentaje exento de las rentas del trabajo. También dice que el Ministro de Hacienda les manifestó a los medios que el impuesto a las transacciones y al patrimonio "no le gustan" pero que el Congreso es quien finalmente decide en materia tributaria.

Por supuesto que el Congreso dirá la última palabra, pero es desconcertante que la propuesta oficial -a la que uno imaginaría que se había llegado después de sopesar cuidadosamente las alternativas, y con alguna previsión mínima sobre sus posibilidades de aprobación- haya quedado expósita menos de tres semanas después de presentada.

Me preocupa que el gobierno dé a entender que, en materia tributaria, aceptará cualquier cosa porque lo fundamental es generar recursos adicionales. De acuerdo, no importa si el gato es negro o gris mientras cace ratones, pero ya no estamos hablando de un gato sino de un elefante tributario, no especialmente ducho en cazar ratones pero capaz, eso sí, de hacer un gran estropicio.

La propuesta tributaria que diseñó el gobierno, que incluía una sobretasa del 10% al impuesto a la renta, un aumento del IVA del 16% al 17% (manteniendo las exenciones y exclusiones para alimentos básicos, educación, salud, arriendos de vivienda y transporte público), una reducción del 25% al 20% en la exención tributaria a las rentas de trabajo elevadas y un gravamen a las pensiones altas, era progresiva, fiscalmente productiva y en mi opinión tendría efectos muy tolerables sobre el crecimiento y la inversión. Lo menos que podía esperarse del gobierno es que defendiera su propuesta usando todos los medios a su alcance, sin perjuicio de aceptar modificaciones razonables propuestas por los legisladores.

Pero las modificaciones que, según se dice, ya ha aceptado el gobierno distan de ser razonables. Por razones de espacio solo voy a referirme a la propuesta de elevar del 3 al 4 x 1.000 el impuesto a las transacciones financieras. Con la autoridad que pueda darme haber sino uno de los analistas que en 1998 recomendaron la introducción de ese impuesto (a una tasa de 2 x 1.000, y deducible del impuesto a la renta) debo decir que me pareció muy discutible elevarlo luego al 3 x 1.000 y francamente peligroso que ahora se hable de subirlo al 4 x 1.000. El médico que receta una dosis de cortisona para tratar un caso crítico de reumatismo no tiene que estar de acuerdo en que el paciente decida duplicar la dosis. Siempre he considerado que las críticas al impuesto original del 2 x 1.000 a las transacciones, efectuadas durante años por economistas como el actual Ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, culpándolo de ser "el peor impuesto del mundo" fueron desproporcionadas y poco objetivas. No puede menos que asombrarme que hoy las mismas personas salgan con que elevarlo al 4 x 1.000 no es grave y que lo que mata es el escándalo.

No es cierto que en la actual situación fiscal todo valga, porque lo importante es elevar los recaudos. Si el gobierno es incapaz de defender una reforma tributaria razonable, en términos de su eficiencia y su balance distributivo, sería preferible financiar transitoriamente un déficit fiscal mayor que el programado. No hay almuerzos gratuitos, y no pretendo que en las actuales circunstancias un mayor déficit pueda financiarse sin consecuencias para la estabilidad macroeconómica, pero creo que los costos serían inferiores a los de la creación de un esperpento tributario.
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