Opinión

  • | 2009/10/02 00:00

    No es sobre Uribe que decidimos

    Hoy se da la tremenda contradicción de que, lo que hace que el Partido Liberal sea la oposición, sea al mismo tiempo lo que acerca a quienes hoy ejercen la dirección de esa colectividad al actual gobierno.

COMPARTIR

No son pocos los temas o casos en que se puede decir que rompemos el récord mundial del cinismo en la forma de manejar situaciones políticas censurables: en vez del rechazo al oportunismo y a la deslealtad, aquí producimos una ley de 'transfuguismo' que los bendice y borra las sanciones que la misma ley establecía; ante los resultados que produce la Administración de Justicia en los juicios a los miembros del Congreso, en esta se propone crear una jurisdicción especial para sustituir la justicia que no es de su gusto en el momento que se pronuncia contra sus miembros; nos inventamos un 'carrusel'; según el cual, en caso de impedimento 'yo no puedo votar por determinada situación, pero autorizo a que tú en la misma situación lo hagas, y así tú me autorizas a mí'; el responsable institucional único de una entidad en la cual él es quien ha hecho los nombramientos bajo los cuales suceden toda clase de anomalías y delitos (el DAS), propone que por esa falla -solo atribuible a él- debe ella desaparecer (y con ello su función, su razón de ser, y el empleo de todos quienes en ella laboran); el repartir prebendas para conseguir votos de los congresistas dejó de ejercerse en forma vergonzante por ser una práctica indeseable, y nació la doctrina Uribe-Valencia de 'las cosas indebidas es mejor hacerlas de frente'; la escogencia de funcionarios públicos -el caso del Fiscal- dejó de ser en función de lo más idóneo para el servicio del bien público, y pasó a reivindicarse como un derecho y un poder personal que no tiene más restricciones que el mínimo que dice la Constitución.

Esto complementa una política bajo la cual se han dado 'falsos positivos', fosas comunes, ejecuciones extrajudiciales, 'chuzadas', cohechos unilaterales, violaciones al Derecho Internacional Humanitario; en la que se deja podrir en la selva a quienes se han enviado a defendernos, donde se han hecho trapos y harapos con las instituciones y la Constitución; donde se ha acabado la ética pública y suceden tantas otras cosas que en otras partes del mundo habrían no solo tumbado cualquier gobierno sino producido repudio y escándalo.

El cómo se ha llegado a este nivel de deterioro y de descaro, y por qué, a pesar de todos los conocidos cuestionamientos que acompañan al gobierno de Uribe sigue manteniendo grandes posibilidades de reelegirse, se debe a que no es él quien determina la suerte del país -o la suya propia- sino solo el representante de varios factores de mayor o menor respetabilidad que, unidos, conforman una fuerza que se impone por encima de cualquier orden legal, moral o racional.

El modelo y las políticas que implementa el actual mandatario son las que deseaba el paramilitarismo que lo ayudó a subir; las que convienen a todo el poder económico que encuentra en el ambiente neoliberal las posibilidades de acumular riqueza sin la enojosa intromisión del Estado; a los medios de comunicación afectos al establecimiento y defensores del statu quo, para quienes su coincidencia de intereses con el modelo y con quien lo aplica les garantiza trato preferencial desde el poder, para así mantener el monopolio y el control sobre la opinión pública; a los grandes terratenientes y pequeños pero poderosos dueños de fincas de recreo que no podían gozar tranquilamente de sus bienes por los ataques o vacunas de la guerrilla; a los capos de la droga que requieren simultáneamente que esta sea perseguida para que el negocio sea rentable, y que la capacidad institucional del Estado sea desmantelada para así permear más fácilmente la Justicia, la Fiscalía y los demás órganos de control y policivos; a los parlamentarios que ven su curul como una fuente de ingreso y de poder en función de sus intereses personales, y no la entienden al servicio de una causa, como un mandato y un deber que los compromete a cumplir con ciertas obligaciones con la ciudadanía y a hacerlo comportándose con un mínimo de ética; al poder de la derecha americana que encontró en el Presidente de Colombia el peón que necesitaba para adelantar todas sus políticas -las antidrogas, las guerras internacionales, y ahora la infraestructura de control sobre la región que había tenido que abandonar-; a unas fuerzas armadas que han tenido como nunca recursos y manos libres para ejercer la función bélica.

Por eso, lo que resulte de las elecciones del 27 aclarará el espectro político y las expectativas electorales para el próximo Congreso y algunas candidaturas presidenciales, pero lo realmente determinante será la posición que asuman esos factores de poder ante la posibilidad de continuidad de la política que hasta ahora se ha seguido. Ellos definen si es a favor de Uribe que movilizan a la ciudadanía, pero igual pueden imponer a cualquiera que llene la función que él ha cumplido.

Les toca sopesar lo positivo y lo negativo que les aporta y las alternativas que se les presentan. Por ejemplo, para los americanos el servicio que ha prestado contra Venezuela se confronta con el problema de lo que representa una segunda reelección como modelo antidemocrático y como justificación para atacar lo que hacen los mandatarios distantes de ellos; o los empresarios que se han beneficiado de medidas hiperfavorables y se encuentran con las dificultades de sus principales mercados de exportación; o los beneficios para los paramilitares los deben estar viendo como una forma de 'conejo' cuando se les trata solo como narcotraficantes; y así sucesivamente.

En otras palabras, esos 'factores de poder' están viéndose en la disyuntiva de cómo les convendría más la continuidad de las mismas políticas, si con Uribe o sin él. Y parece haber bastante tendencia a preferir la segunda opción. De ahí las declaraciones de presidentes de los gremios, cuasi unanimidad en los columnistas de opinión, indirectas directas de Obama o de medios internacionales que van desde The New York Times hasta The Economist, delaciones o amenazas de capos como Mancuso, 'Don Mario' o 'el Alemán', etc.

Pero de todas maneras, escogerán a alguien que siga esas políticas y esos modelos, a menos que entiendan que al elegir a quien las continúe se solidarizan tanto con lo que se ha hecho como con que ello se continúe; que han caído y respaldan sin restricción alguna el mundo del 'todo se vale', de 'el fin justifica los medios', etc.

¿Hasta dónde esos factores de poder que lo subieron y han respaldado las barbaridades que lo han acompañado se la seguirán jugando con él? O, ¿hasta donde lo negativo que les representa y lo peligroso de que se vuelva un poder más personal los lleva a reemplazarlo? Son esas las preguntas que fijarán la posición de la clase dominante y las que se expresarán en las corrientes de derecha del país (conservatismo, partido de la U, Cambio Radical, ala gavirista del Partido Liberal).

El otro determinante de la orientación del país -de la cual 'Uribe sí o Uribe no' es solo un accidente- es hasta dónde lo que sectores progresistas, con preocupaciones más sociales, que defienden más causas que intereses -como el Polo o los Liberales de Verdad-, logran romper la polarización maligna entre extrema izquierda armada y defensores del statu quo, y hasta dónde logran abrir nuevas esperanzas al país.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?