Opinión

  • | 2005/11/15 00:00

    No estoy en la oposición

    Invito a que se vea no como una línea oposicionista, ni terca, ni negativa, sino como consecuencia de un análisis.

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No estoy en la oposición y la razón es simple: porque no soy 'político', y esa clasificación es apropiada cuando se está hablando de lo que llaman 'hacer política'; es decir, vivir alrededor de ciertas aspiraciones y cierta vocación de poder, actuar en función de ello y por tanto, tener propósitos y propuestas para ofrecer al electorado. Y 'estar en la oposición', fuera del contexto de la política, sería simplemente la actitud negativa de actuar motivado por el simple prurito de llevar la contraria.

Cosa muy diferente es, como analista -y como consecuencia de lo que uno analiza-, tomar posición respecto a los procesos que vive el país. Creo conveniente desarrollar esta afirmación que parece de Perogrullo.

No me parece conveniente el TLC porque no he visto estudio alguno que muestre sus bondades y, en sentido contrario, todos los conocidos pronostican que incluso en el mejor de los escenarios el beneficio para el país será infinitamente menor que los problemas que lo acompañan. Su único sustento es un principio -que más tiene de eslogan- según el cual los TLC son buenos porque son buenos (o porque son inevitables), lo cual ha sido contradicho por la experiencia (al punto de que con la reciente legislación estadounidense de proteccionismo contra la amenaza china, los voceros del Partido Demócrata estadounidense han desistido del respaldo al libre comercio como política bipartidista, señalando la frustración de todas las partes en cuanto a los resultados esperados del Nafta).

No creo en la reelección como figura abstracta, tal como se 'constitucionalizó' aquí, pues, contrariamente a lo que se ha dicho y exceptuando en una forma muy parcial a Estados Unidos, ningún país desarrollado (en el sentido de que hayan logrado un orden político y económico satisfactorio) tiene régimen presidencialista y reelección inmediata. El principio de la continuidad es válido justamente cuando es revisable en cualquier momento porque tiene como complemento (o contrapeso) un régimen parlamentario. Pero lo escogido entre nosotros solo concentra más poder y más tiempo en una persona, lo que nos lleva simplemente a una autocracia o semidictadura institucional.

Y estoy francamente en contra de que el gobernante en ejercicio que adelante esa reforma pueda ser candidato a la reelección, porque defiendo los principios éticos universales de que no se cambian las reglas a la mitad del juego, de que no se puede ser simultáneamente juez y parte en un proceso, y de que no se debe legislar en beneficio propio. Pero con mayor razón por la forma en que tal proceso se hizo, legitimando vicios políticos, violando principios éticos, y desconociendo o atropellando el orden jurídico que nos rige (y, lo más grave y triste, dando carta de legitimidad a esto por vía jurisprudencial).

Por no considerar el caudillismo una forma apropiada de gobierno, no estoy entre quienes aplauden y respaldan el estilo de gobernante del doctor Uribe. Pero sobre todo lamento que haya tenido como efecto desaparecer el principio del gobierno de las instituciones, reemplazándolo por el de la dependencia de los 'salvadores' o 'seres mesiánicos' como única opción para el país.

Estoy en contra de la llamada 'seguridad democrática' por entender que es solo un eslogan de campaña sin compromiso concreto ni propuesta de contenido. Pero sobre todo porque los resultados que se le atribuyen, a más de ser en buena parte efectos mediáticos son insatisfactorios. Ni los medios que se utilizan ni los posibles beneficios que se obtienen corresponden a esas características: la 'seguridad' mediante el incremento de los tanques y los fusiles solo refleja una situación de mayor peligro y el abandono del propósito de buscar soluciones consensuales (democráticas) y poco 'democrática' es para los millones de desplazados, exiliados y desempleados la maravilla de 'seguridad' que significa que los dueños de fincas puedan ir a ellas los fines de semana.

No considero acorde a la situación del país y a las necesidades de sus habitantes la continuación o reforzamiento de un modelo que no ha solucionado para nada nuestros problemas de desarrollo en términos económicos (bajo el cual el crecimiento disminuyó, todos los déficits aumentaron, la población en promedio se empobreció y nos atrasamos en comparación con países que tomaron otros modelos). Pero más cuestionables aún me parecen los efectos que ha producido en cuanto al aumento de la población por debajo de las líneas de pobreza y de miseria, en cuanto a la profundización de la desigualdad, o en cuanto a la masificación del subempleo o la deserción escolar como políticas sociales.

No me gusta tampoco el proceso con los paramilitares: veo más un triunfo de los defensores del statu quo por la vía de las armas y las motosierras, que una reivindicación de un orden jurídico, o menos aún de un orden social aceptable. La Ley de Justicia y Paz -como se ha dicho hasta la saciedad- no llena ni remotamente los mínimos decentes de verdad, justicia y reparación. Por el contrario, parece haberse buscado el extremo opuesto en cuanto al máximo de impunidad, el mínimo de reparación, y el ocultamiento de los hechos y los responsables, aspirando a 'hacer tragar ese sapo' a una humanidad que cada vez valora más los principios éticos y humanitarios.

Pero justamente es la afirmación de 'no estoy en la oposición' la que me permite no tener que opinar en función de los vaivenes de la política; no tener que acomodarme a las situaciones que se crean alrededor de los partidos, de las cuotas políticas, de los nombramientos; no tener que explicar cambios de posiciones o inconsistencias entre lo que digo y lo que hago.

Es en efecto una posición cómoda. pero si no cambian los elementos que llevan a asumir una actitud ante un problema o un tema, no hay razón para cambiar de actitud. Por eso, mi visión -crítica, eso sí- no ha variado en razón de las encuestas, o de los fallos, o de las adhesiones; hasta cierto punto, por el contrario, me refuerzan en la convicción de que estamos viviendo un período lamentable (y ojalá no llegue a trágico) de nuestra historia; me confirma en la interpretación general de que sufrimos un proceso de desinstitucionalización (ya conocido universalmente en sus efectos), de imposición de una doctrina política de derecha, de culto de la personalidad y personalización del poder, de sustitución de las vías consensuales por la de la violencia de las armas, del debilitamiento de los derechos de las minorías bajo la falsa democracia de la tiranía de las mayorías.

No niego que existen otros elementos de juicio que pueden considerarse contrarios a los aquí mencionados; ni que, en todo caso, elementos positivos en todos esos temas también hay; solo que para mi apreciación no pesan lo mismo que los señalados. También es verdad que pueden aparecer argumentos nuevos, o que entre los que desconozco alguno ameritaría una reconsideración y puede que un cambio de posición; mientras estos no aparezcan seguiré pensando así.

Invito a que se vea no como una línea oposicionista, ni terca, ni negativa, sino como consecuencia de un análisis. probablemente todo aquel a quien se le presenten las mismas inquietudes llegaría a las mismas conclusiones.
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