Opinión

  • | 2004/03/19 00:00

    Negociando los tratados de libre comercio

    Estamos desenfocados al pensar que podemos negociar, y al suponer que los estadounidenses tienen razones para preocuparse por perder en las supuestas negociaciones del TLC.

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Debemos conformar un fondo, para dirigir los beneficios de la integración a las regiones menos desarrolladas y olvidar el cuento de que nuestros negociadores le impondrán a Estados Unidos condiciones favorables.

El argumento de que los tratados de libre comercio -ALCA y TLC- no son buenos o malos per se sino dependen de que se 'maneje bien la negociación' debería estar en la lista de aforismos de Pambelé. Quienes genialmente repiten esto evitan el análisis de en qué consistiría ese 'manejar bien' y qué tan posible es lograrlo. Como en ambos casos la contraparte es Estados Unidos, lo primero es entender su posición.

Mientras ellos representan el 40% de nuestro comercio exterior -es de lejísimos nuestro principal cliente-, nuestra participación en sus negocios no llega al 0,5%. Hay 50 interlocutores de más prelación. Por la diferencia en importancia y dependencia el uno del otro, nosotros somos infinitamente más vulnerables a la imposición de ellos que lo contrario.

El gobierno y los defensores de las negociaciones se enorgullecen de haber montado el mejor equipo posible de colombianos y de cómo llevan algunos meses organizándose en grupos de trabajo. Pero incluso siendo esto cierto, en ningún caso será comparable a lo que caracteriza el otro lado de la mesa: la mayor capacitación individual (con mucha más gente y más preparada de dónde seleccionar), la especialización (no entran accidentalmente a una negociación ocasional sino que es su actividad permanente profesional), la institucionalidad (infraestructura física, equipos, documentación, etc., organizados para ese propósito) y la trayectoria (antecedentes de decenas de tratados, con experiencia no solo en la negociación sino en el liderazgo de los procesos).

¿Qué hablar de los recursos? Los humanos ya señalados, y los económicos, tecnológicos, etc. Pero mucho más importante, su control sobre el conocimiento, ya que hoy se desarrolla bajo la égida estadounidense, y se divulga por medio de las entidades que ellos manejan.

En términos realistas es pretencioso creer que tenemos la capacidad de 'negociar bien', e incluso algo iluso decir que vamos a 'negociar'.

El verdadero argumento no es que es posible obtener un buen resultado, si nos preparamos y manejamos bien las negociaciones, sino que no hay alternativa porque 'el mundo está globalizado', etc. En otras palabras y usando una molesta comparación, que, obligados a negociar como pueden estarlo los familiares de un secuestrado, se trata de lograr el mejor manejo de una situación en que la contraparte tiene la sartén por el mango y es quien está en capacidad de imponer todas las condiciones.

Más que defender la falsa posición de que podemos aprovechar la coyuntura para obtener supuestamente toda clase de bondades, debemos entender bien la situación y a la contraparte para así minimizar los males.

En ese sentido es un escenario irreal el que presentan nuestros economistas y negociadores, cuando, para mantener la imagen virtual de que lo que se abren son oportunidades que nos favorecerán si ganamos en la negociación, hablan de que se van a confrontar los argumentos de unos y otros.

Si algo ha caracterizado la mentalidad estadounidense es su vocación autista. Sus gobiernos pueden tener vocación imperial, pero el estadounidense medio ni sabe ni quisiera saber nada del resto del mundo.

Eso se ha expresado en sus relaciones con el resto del planeta, siendo el único país que desconoce la supremacía de los tratados internacionales, que no acepta la jurisdicción de la Corte de la Haya o del Estatuto de Roma, que no suscribe los pactos mundiales de Medio Ambiente, que no cumple las obligaciones que tiene con la ONU; en fin, un país que no reconoce interés ni autoridad diferente de sí mismo.

Por eso, los presidentes que han adelantado aventuras internacionales han perdido la opción de reelección: Johnson por Vietnam (guerra perdida en los campus estadounidenses y no en el territorio asiático); Carter por los rehenes iraníes; el primer Bush por la guerra de Iraq (aunque la haya 'ganado') y para el segundo Bush parece ser esa la suerte más probable (y segura si mueren algunos estadounidenses en Haití).

Ese aislacionismo también tiene su manifestación en el campo económico. Mientras para Francia, Alemania, Suiza, Suecia o Japón el sector externo representa entre el 20% y el 30% del PIB, en Estados Unidos no contribuye ni a la cuarta parte de eso. Ellos giran alrededor del mercado interno y nada más; sus problemas cambiarios se ajustan automáticamente con el valor de su moneda, puesto que, por ser la mayoría de las reservas mundiales en dólares, un eventual déficit no es absorbido por los consumidores estadounidenses sino, a la larga, por todos los países del mundo.

Prácticamente, ninguna medida es tomada en función de sus efectos externos puesto que estos tienen mínima incidencia en el conjunto de la economía: las tasas de interés se bajan no para ganar competitividad internacional sino para reactivar el consumo y la inversión interna; el sector rural se subsidia no para poder exportar más sino para que tenga rentabilidades similares a otros rubros de la economía y así esa actividad no desaparezca; las protecciones aduaneras o fitosanitarias impiden la entrada de productos externos no para favorecer su balanza comercial con los países a los cuales se aplica sino respondiendo al lobby interno.

En otras palabras, estamos desenfocados al pensar que tenemos opción y capacidad de 'negociar', y al suponer que los estadounidenses tienen interés y razones para preocuparse por ganar o perder en esas supuestas negociaciones.

Es indiscutible, es cierto, que los gobiernos de Estados Unidos recientemente impulsan el libre mercado. Tiene la lógica de que, justamente por ser marginal, su sector externo permite grandes crecimientos y la de que el dólar ha perdido la condición de moneda hegemónica.

Pero eso no los lleva a cambiar su actitud prepotente -pero realista- de que no dependen de buenos o malos resultados en las conversaciones, y menos de tener que 'negociar' con 'paisillos' como nosotros. No por casualidad primero decidieron impulsar la OMC, y al encontrarse con dificultades con naciones y economías importantes (Unión Europea, Japón y los bloques de países subdesarrollados), cambiaron de escenario al ALCA donde el manejo del patio trasero parecía elemental, y ahora, ante las trabas que ponen Brasil y Argentina, se trasladan a los Tratados de Libre Comercio con cada país individualmente, donde no hay obstáculo que cuente.

Un mal situado orgullo de nuestros dirigentes, o la convicción de que la suficiencia con que manejan el país es aplicable al ámbito internacional (como sucedió cuando el Presidente pensó que iba a 'conquistar' Europa), les impide ver esas realidades.

En la Unión Europea, el libre comercio entre los países miembros estuvo acompañado de un propósito de igualar la condición de todas las naciones, para lo cual simultáneamente se montó un fondo que dirigiera los beneficios de esa integración en forma de subsidios a las regiones menos desarrolladas. De ahí el 'milagro' español, griego e irlandés. Modestamente, deberíamos pensar en ese ejemplo y olvidar el cuento de que nuestros negociadores van a lograr imponerle a Estados Unidos las condiciones que nos favorezcan.
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